23/06/2026
NO ERA UNA MONEDA OSCURA. PARA VOLVERME BLANCA, PRIMERO TENÍA QUE MORIR.
Me viste cuando bajó la marea.
Redonda.
Plana.
Morada y gris, cubierta por algo que parecía terciopelo mojado.
No era la pieza blanca y limpia que habías imaginado colocar sobre una repisa.
Tal vez pensaste:
“Está manchada.”
“El sol la va a blanquear.”
“Me la llevaré como recuerdo.”
Entonces me levantaste de la arena.
Y bajo tus dedos, miles de pequeñas espinas todavía se movían.
No parece una batalla. Pero lo es.
Yo soy una galleta de mar.
No soy una co**ha vacía.
No soy una moneda abandonada por el océano.
Soy un animal vivo, pariente de los erizos y las estrellas de mar, adaptado a moverse y enterrarse en fondos arenosos. En la costa occidental de Baja California y Baja California Sur vive la especie Dendraster excentricus, que incluso tiene un pico reproductivo durante el verano.
La forma blanca con una estrella grabada que conoces no es mi aspecto natural.
Cuando estoy viva, puedo ser gris, café oscuro o morada. Mi cuerpo está cubierto por pequeñas espinas móviles que le dan una apariencia aterciopelada. Cuando muero, esas espinas y mis tejidos desaparecen, dejando expuesto el esqueleto rígido y claro que las personas recogen como adorno.
Para convertirme en el recuerdo blanco que querías…
primero tenía que dejar de estar viva.
Esas pequeñas espinas que sentiste bajo los dedos no eran suciedad.
Las uso para desplazarme.
Para introducirme en la arena.
Para transportar alimento hasta mi boca.
Las que cubren la parte superior de mi cuerpo también participan en mi respiración.
Pero yo no tengo un rostro que pueda mostrarte miedo.
No tengo ojos grandes que te obliguen a sentir compasión.
No grito cuando el sol empieza a secarme.
No puedo aferrarme a tu mano para pedirte que me regreses.
Solo dejo de moverme poco a poco.
Y quizá, cuando notes que aquel “terciopelo” ya no se agita, pienses que por fin estoy lista para llevarme.
Pero no estaba secándome para convertirme en recuerdo.
Me estaba muriendo.
Durante las vacaciones, una sola playa puede recibir miles de manos.
Una persona levanta una galleta de mar para enseñársela a sus hijos.
Otra la coloca sobre una toalla para tomar una foto.
Otra se lleva varias porque parecen abundantes.
Cada gesto dura unos minutos.
Para el animal, puede ser toda la vida que le quedaba.
Si encuentras una galleta de mar oscura, aterciopelada o con pequeñas espinas que todavía se mueven, no te la lleves.
No la rasques para “limpiarla”.
No la dejes secándose al sol.
No la guardes en una cubeta ni la pases de mano en mano.
Déjala en la arena húmeda y permite que el agua vuelva a cubrirla. Si quedó lejos de la marea y puedes ayudar sin ponerte en riesgo, muévela suavemente y en posición horizontal hacia agua somera. Nunca la lances.
Porque aquella moneda oscura no necesitaba que el sol la volviera bonita.
Ya estaba completa.
Ya estaba viva.
Y para ocupar un lugar blanco sobre tu repisa…
primero tenía que desaparecer todo lo que era.