30/08/2025
En 1986 se publicó por primera vez la novela El ameritado profesor Urzúa, escrita por el economista Carlos Torres Manzo. Se trata de una obra desarrollada en 28 capítulos, cuyo escenario es Coalcomán y sus alrededores en los años treinta del siglo pasado. El autor describe con detalle los entresijos de la política local en vísperas de un proceso electoral para la renovación de la autoridad municipal, en un contexto de renovados intereses políticos que reflejan un sistema de ejercicio del poder en escenarios más amplios y que, en ocasiones, entran en conflicto, como expresión de los cambios y las continuidades.
Asimismo, por las páginas de El ameritado profesor Urzúa desfilan las vivencias de los personajes, mostrando al lector las aspiraciones, virtudes y pasiones de los integrantes de una clase política que ha conducido los destinos tanto de la localidad como del país.
En el último capítulo, el autor narra el trágico desenlace de la aventura política a la que fue arrastrado un respetable maestro rural —el protagonista de la novela—, y describe, de forma magistral, lo que acontece hora por hora un domingo en la plaza y las calles de Coalcomán, así como el fluir de la vida cotidiana.
Nos dice:
“Es domingo. Los domingos se distinguen fácilmente en Coalcomán sin necesidad de mirar el calendario.
Antes de que amanezca, en la iglesia de cierto tinte renacentista, con una sola nave y una torre mocha, se desgañitan las campanas llamando a misa. No se darán punto de reposo hasta pasado el mediodía.
La luz de la mañana, que se asoma por el camino de La Lobera, sorprende a los habitantes, en traje de faena, regando y barriendo el frente de sus moradas, o bien, arrodillados o en cuclillas, desenraizando la grama rastrera que se aferra tercamente en los intersticios del empedrado de la calle. Para desempeñar esta tarea no hay ricos ni pobres.
Por la mañana, las nubes blancas amanecen besando los techos de las casas. […] Como a las siete de la mañana, las vacas regresan, orondas y parsimoniosas, a los potreros cercanos… a partir de las nueve se inicia el bullicio de la gente en la Plaza de Armas y en sus alrededores. Se anima la población… por que se olvida el trabajo, las tiendas permanecen abiertas y el mercado se alegra… Los labriegos, tomados inocentemente de la mano, como los novios, tanto hombres como mujeres, platican de todo y de nada.
Por las calles cruzan burros que llevan cantaros con agua de El Rincón.
A las cuatro de la tarde disminuye la algarabía. Es el intermedio de la sobremesa o de la siesta. Los pichones, en el atrio de la iglesia, silenciosos recorren interminablemente su laberinto programado sobre los ladrillos.
Las muchachas del pueblo regresan de la doctrina, caminando con donaire por las banquetas.
Luego aparecen los puestos de fruta de horno… El olor del pan caliente se mezcla… Los quicios y las bancas, que bordean la Plaza de Armas, van ocupándose, paulatinamente, por ciudadanos que gustan de la contemplación sin complicaciones.
A las seis de la tarde, las campanadas se desgajan de la torre chata, al tiempo que anuncian el rosario, también vocean la noticia de la proximidad de la serenata.
Es la hora en que regresan… los que salieron de día de campo por la mañana. A Camachines por alfeñique; al Rincón por uvalanes o por huajucos al Cerrito de Guzmán… Ya obscureciendo, se encienden las bombillas mortecinas, que son, para los enamorados, indeseables faros refulgentes […].
Todo mundo se dispone a lucir sus mejores prendas. Hasta La Peñita parece que también se ha vestido de gala […].
El pueblo entero se vacía en la plaza para escuchar la banda de música del Bayito Torres.
Los viejecitos se acercan lentamente por las aceras y se sientan en equipales de baqueta y carrizo, colocándose en las banquetas de las casas cercanas a la plaza. Así no estorban, escuchan las melodías, y pasan el tiempo fumando y tomando atole.
Los dos sexos dan vueltas alrededor de la plaza en sentido contrario… al cruzarse, los jóvenes ofrecen a las muchachas una flor.
A las nueve en punto de la noche, suenan las esquilas por última vez. Pero es solamente la más grave: una, dos, tres… hasta nueve campanadas ceremoniosas. Al oír la primera, toda voz se congela. La música calla de inmediato. La gente camina, se detiene de súbito, y quedan encantados, como estatuas de sal. Los que están sentados se ponen de pie. Todos permanecen quietos y solemnes. Es que se está impartiendo la bendición desde el interior del templo. Luego se santiguan, y continua la serenata.
A las diez de la noche termina la embriaguez de movimiento. De música y de rosas. La gente se retira a dormir saturada de ocio y ávida de reposo. Solo queda flotando en el ambiente el aroma de las flores marchitas que yacen sobre el suelo. La fiesta dominical ha llegado a su fin.
En el momento que los gallos cantan a las once de la noche, el profesor Urzúa deja la casa de los Bertier y se encamina rumbo a su domicilio…”.
Dr. Gerardo Sánchez Díaz