06/09/2026
La luz que todavía quedaba
Había una vez una mujer que llevaba mucho tiempo caminando.
No sabía exactamente cuándo había comenzado a cansarse.
Tal vez fue después de una decisión que no salió como esperaba.
Tal vez después de otra.
O quizá fue simplemente la suma de tantos días intentando, corrigiendo, volviendo a empezar y diciéndose a sí misma:
“Mañana será diferente.”
Ella tenía un pequeño lugar al que quería mucho.
No era solamente un negocio.
Ahí había dejado horas de sueño, ideas, dinero, ilusiones y una parte enorme de su corazón.
Había aprendido cosas nuevas. Había trabajado con sus manos. Había imaginado que aquel pequeño proyecto algún día crecería y que todo el esfuerzo tendría sentido.
Pero llegó un momento en que, por más que intentaba hacerlo bien, no alcanzaba.
No alcanzaba el dinero.
No alcanzaban las ventas.
No alcanzaban las fuerzas.
Y algunas noches tampoco alcanzaba la esperanza.
Entonces comenzó a hacer algo que hacemos muchas veces cuando la vida pesa demasiado:
comparaba su tristeza con la de los demás.
“Bueno… al menos tengo un techo.”
“Al menos tengo algo para comer.”
“Hay personas que están pasando cosas mucho peores.”
Y era verdad.
Pero también era verdad que tener techo no significa que no puedas sentir frío.
Tener comida no significa que no puedas sentir hambre de que las cosas vuelvan a tener sentido.
Y tener un lugar donde dormir no significa que el corazón encuentre descanso.
Ella sabía que quizá había tomado decisiones equivocadas.
Lo sabía.
Y algunas noches se reprochaba cada una de ellas.
Pensaba en todo lo que pudo haber hecho diferente.
En todo lo que no vio a tiempo.
En todo aquello que había construido con tanto amor y que ahora parecía hundirse lentamente frente a sus ojos.
Y llegó a pensar:
“Quizá no fui suficientemente buena.”
“Quizá no trabajé lo suficiente.”
“Quizá mi amor por esto no alcanza.”
Hasta que un día, cuando ya sentía que no podía cargar una cosa más, alguien apareció.
No llegó con grandes discursos.
No prometió arreglarle la vida.
No le dijo que todo iba a salir bien.
Simplemente se acercó.
Y ayudó.
Ayudó porque quiso.
Ayudó sin pedir explicaciones.
Ayudó desde ese lugar extraño y hermoso donde algunas personas ayudan:
desde el corazón.
Y por un momento, aquella mujer pudo respirar.
No porque el problema hubiera desaparecido.
Seguía ahí.
Las cuentas seguían existiendo.
El proyecto seguía estando en dificultades.
Las decisiones equivocadas seguían siendo decisiones equivocadas.
Y el camino seguía siendo difícil.
Pero ahora había una mano sosteniendo una parte de aquel peso.
Y a veces eso es suficiente para poder dar un paso más.
Aquella noche, la mujer se sentó sola.
Miró todo lo que había construido.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no pidió que apareciera dinero.
No pidió que desaparecieran los problemas.
No pidió que alguien llegara a rescatarla.
Solamente cerró los ojos.
Y habló con Dios.
Le dijo:
“No sé qué hacer.”
“No sé cuál es el camino.”
“Estoy cansada.”
Y después de un largo silencio, dijo algo más:
“Pero todavía tengo esperanza.”
No sabía si aquello que había construido podría levantarse.
No sabía si tendría que cambiar de rumbo.
No sabía si tendría que comenzar otra vez.
No sabía siquiera cómo sería el día siguiente.
Así que hizo la única petición que en ese momento pudo hacer:
“Dame sabiduría para tomar mejores decisiones.”
Y después:
“Dame fuerzas para atravesar este trago amargo.”
La mujer abrió los ojos.
Afuera todavía estaba oscuro.
Nada había cambiado.
Las cuentas seguían ahí.
El miedo también.
El camino seguía siendo incierto.
Pero, en algún lugar muy pequeño de su corazón, todavía quedaba una luz.
No era grande.
No iluminaba todo el camino.
Pero todavía estaba encendida.
Y quizá…
solo quizá…
eso era suficiente para levantarse al día siguiente.
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