22/04/2024
La mujer de mi soledad
Al apagar las luces, y recargar mi cabeza en la almohada, su voz me acaricia los oídos con promesas de lujuria. Con susurros, que erizan mi piel, describe mil formas extraordinarias con las que me hará alcanzar el más placentero de los éxtasis. Para mi soledad y hambre de caricias, esas proposiciones son más que convincentes.
Las noches se manifiestan en sueños atiborrados de erotismo con un toque exacto de perversión. Los anhelos que me acompañan desde mi adolescencia se materializan en una realidad tan palpable que llega a producirme temor.
La luz matinal rompe el hechizo nocturno. De mi amante soñada quedan solo bocetos y dibujos regados sobre la cama. Ni siquiera mis dotes artísticas, especializadas en dibujar el cuerpo femenino, alcanzan para reflejar la perfección del ser sublime y sensual que satisface mis deseos nocturnos.
La quiero conmigo. Ya no soporto que desaparezca cada mañana. Necesito estar con ella para siempre. Esta noche le preguntaré si ella sabe cómo lograrlo.
La impaciencia me consume. Siendo aún de día intento dormir, pero no funciona. La espera es inevitable, debe caer la oscuridad para que mis sueños sean visitados por ella.
Es puntual. Aparece con la caída de mis párpados, luciendo más bella que nunca.
Bamboleando sus formas voluptuosas en esa desnudez que le sienta perfecta, se sitúa a mi lado y empieza a instruirme con lo necesario para no volver a separarnos.
Ella habla y ordena, yo escucho y obedezco. Dibujo, pinto y corrijo trazos que al asentarse en el lienzo se convierten en piel y cabello, ojos y boca, piernas y brazos. Todos ellos alineándose a la perfección de la retratada.
En algún momento cercano a la salida del sol debí quedarme dormido. Despierto y ella se ha ido. Otra vez. Sin embargo, en esta ocasión permanece su reflejo, capturado por los colores y las líneas de su retrato. Compruebo que no lo soñé, voy al cuadro y acaricio su piel de tela, huelo sus cabellos de óleo y me miró en sus ojos, en sus ojos. Sus ojos azules y profundos reflejan el café de los míos…
Debo estar soñando, imaginé despertar, pero sigo dormido. Eso debe ser.
La sonrisa en su boca, mientras sus piernas se abrazan a mi cuerpo para arrastrarme hacia ella, me convencen de que todavía sueño. Imploro que así sea cuando veo que fallé, que no logré sacarla de los sueños. La noche no nos alcanzó, se quedó en el lienzo… Estamos en el lienzo.
RaS [22.4.24