05/03/2026
Les presento a Eevee, uno de los mejores seres vivos que he conocido; una perrita que, de alguna manera incomprensible, era capaz de regresar el mismo amor que le daban cinco personas. ¿Han escuchado la frase de «No fuiste un buen perro, fuiste el mejor de todos»? Esa frase no alcanza a describir lo que fue Eevee para la familia. No tienen idea de la energía que tenía: era como comprimir a un husky en un cuerpo chiquito. Siempre estaba feliz y de buenas. De su inteligencia les puedo presumir que, evidentemente, ella nos entendía mucho más a nosotros de lo que nosotros a ella, y no me refiero solo al vocabulario; entendía la dinámica familiar. Ella sabía que todos comíamos juntos en el comedor; lo entendía tan bien que se sentaba en su silla y, cuando llegaba el momento de que ella comiera sus croquetas, te pedía que te quedaras con ella, que la vieras y le platicaras, porque así era la hora de la comida, ¿no?
Su comida favorita: los hot cakes o, tal vez, el pollo rostizado. Y obviamente sabía que íbamos a comer eso no solo por el olor; estoy seguro de que sabía que eran domingos de hot cakes y miércoles de pollo. En verdad era una perrita muy inteligente. Tan inteligente que el día que me dio mi primer ataque de ansiedad y me tiré al suelo en posición fetal, ella comprendió que algo no estaba bien e hizo lo que no muchos hubieran hecho: solo se acurrucó conmigo y me acompañó sin decir nada, sin pedir nada a cambio. Carajo, que era inteligente en verdad.
¿La voy a extrañar? Como no tienen perra idea. ¿A quién le voy a compartir de mi pizza? ¿A quién le voy a dar probaditas de lo que estoy cocinando? ¿Quién me va a esperar siempre en la ventana cuando escuche el carro? ¿Quién me va a poner su naricita húmeda para exigirme que la acaricie? ¿A quién voy a tratar de mover con mis piernas de la cama sin tener éxito? ¿A quién le voy a decir «Wibins» o «Poncha»?
Me quedo con todo lo bueno que nos dejaste, Alfonsa. Sigue jugando con la misma energía, sigue defendiendo con el mismo ímpetu, sigue intentando agarrar la pelota debajo de los sillones, sigue revolcándote en los sillones y camas; sigue siendo tú donde quiera que estés. TE AMO Y AMARÉ UN CHINGO.