03/05/2026
Era un insecto mecánico que nunca tuvo ojos propios. Durante años vivió en silencio, hecho de fragmentos: un resorte de un motor, perlas de un collar roto, esferas de aluminio que fueron parte de una lámpara, y alambres que antes sostenían otras formas.
Junté todo. No con fuego ni soldadura. Solo con paciencia y nudos. Nacieron dos ojos centrales para ver el presente, dos ojos laterales para vigilar el pasado y el futuro, y un resorte colgante como nariz para oler el metal de la lluvia.
Cuando alguien se lo pone, el insecto despierta. Mira a través de ti. Te presta su visión fragmentada: un mundo donde nada se desecha, donde lo roto se vuelve antena, donde cada amarre es una cicatriz que eligió no esconderse.
No vuela. No necesita. Su viaje es quedarse quieto y hacer que quien lo use vea distinto por un momento.