06/08/2022
LATÍN, CULTURA GRECOLATINA Y DERECHO ROMANO (PARS PRIMA)
¡Saludos cordiales, amig@s juristas y amantes de la cultura grecolatina!
Mucho se ha difundido en la cultura popular una idea de sentido común: el latín es una “lengua mu**ta”. Nadie lo habla, nadie lo lee, nadie lo escribe, y frente al embate de lenguas “modernas” que vienen colocándose con fuerza, como el inglés, el ruso, el chino, el alemán, el francés, el italiano y sin duda el español, todas ellas útiles para intercambios comerciales, diplomáticos o políticos, el latín aparece como un “recuerdo” obsoleto de una época ya pasada, de una cultura desaparecida que es revivida en museos u ocasionalmente en series de televisión y películas, pero nada más.
La división radical, casi maniquea, entre “lenguas vivas” y “lenguas mu**tas” nos juega una engañosa broma a nivel intelectivo, porque, en realidad, esa división adolece de la falacia de la observación incompleta. Tiene sin duda vigencia a nivel popular, ahí donde Juan Pueblo no exige mucha erudición, pero en los ámbitos cultos, tanto de la academia como de la vida científica y profesional, cometeríamos un penoso error de apreciación si afirmamos la muerte del latín, cuando, en realidad, lo seguimos hablando “mutado”, por ejemplo, en el idioma de Cervantes. El Dr. Gumesindo Padilla Sahagún, maestro de Derecho Romano de quien esto escribe, solía decir con humor: “el español tan solo es un latín mal hablado”, y ponía algunos ejemplos inmediatos: “nómina”, “memorándum”, “domicilio”, “matrimonio”, “usucapión”, “ciencia”, etcétera (¡este vocablo mismo es latino!: “et cetera” puede significar “y demás”, “y el resto” o “los restantes”); luego, con punzante y elegante ironía agregaba: “el latín solo es lengua mu**ta en el cerebro de quien no lo estudia”.
A lo largo de los siglos, el latín no solo se volvió una de las “linguae quotidianae” (lenguas de uso diario) del imperio romano; su influencia se dejó sentir en ámbitos como el religioso, el social, el político y el jurídico, imponiéndose con el tiempo sobre los idiomas locales de las poblaciones absorbidas dentro del “orbis romanus” (mundo romano), con la excepción obvia del griego; la universalidad del latín le permitió estar presente en la literatura, el comercio, las relaciones diplomáticas, la burocracia imperial y la “iurisdictio”, la administración de justicia. Al mismo tiempo, y tal cual sucede hoy con los idiomas vigentes, la lengua latina evolucionó naturalmente: la lengua de la plaza, del bu**el, del ejército, de la convivencia, tenía matices diferentes a la lengua que vemos en las fuentes literarias: nos hallamos ante la brecha naturalísima que se da entre el “lenguaje literario”, “culto”, y el “lenguaje popular”, el “coloquial” (de “colloquium”), el “vulgar”, si se nos permite el vocablo, no usado en sentido peyorativo, sino para denotar lo usado por el “vulgus”, el pueblo llano.
Ambas esferas del habla siguieron caminos y destinos diferentes. El conocido fenómeno del “romanceamiento” o “degradación” del latín coloquial en las diversas regiones del imperio romano dio lugar a las “lenguas romances”, justamente ese “latín mal hablado” al que el Dr. Padilla se refería, donde Juan Pueblo hablaba como quería y como podía, sin preocuparse por declinar debidamente, o por colocar debidamente el verbo en el sitio adecuado de la frase. Por otra parte, el latín “literario” sufrió un fenómeno de “petrificación” conforme la gente se alejaba más y más del habla educada, exactamente como sucede hoy en día, pues un idioma es un ente rabiosa y apasionadamente vivo. Gramáticos de diversos siglos posteriores a la caída del imperio romano, como Paulo el Diácono (circa 720-799 d. n. e.), ya lamentaban lo mal que se hablaba latín en su tiempo. Veamos un ejemplo sencillísimo. “Equus” es el vocablo literario, el “culto”, pero el vocablo “del pueblo” era “caballus”; así, el primero se conservó en cultismos como “equitación” o “equino”, mientras que el segundo se conservó en las lenguas romances… ¡y el femenino de “equus” (equa) dio lugar al vocablo “yegua”! Otro ejemplo: el “tripalium” era un instrumento de castigo compuesto por tres palos (tri-palium) en los que se colocaba al esclavo para infligirle martirio por alguna falta cometida. Con el tiempo, el sustantivo “tripalium” dio lugar a una forma verbal, “tripaliare”, para denotar la dura fatiga que implica… ¡trabajar! Por el contrario, la forma latina culta para denotar dicha actividad es “labor”, y la conservamos en vocablos como “laborar”, “elaborar”, “laboral”. En esta pugna sobre cómo hablar, el pueblo reprobado ganó… y así surgieron el francés, el español, el italiano, el portugués y demás lenguas que en sus raíces poseen un “latín mal hablado”.
¿Pero entonces qué destino tuvo el “latín culto”? Podemos afirmar que no desapareció, sino que pasó a tener una “vida discreta” a nivel religioso y secular. En el primer ámbito, se convirtió en el lenguaje de la Iglesia: bulas, encíclicas, códigos y documentos eclesiásticos se emitían (y siguen emitiéndose en cierta medida) en latín. Es prácticamente infinita la cantidad de tratados y documentos eclesiásticos (baste tan solo pensar en los 221 volúmenes de la serie latina del “Cursus Patrologiae”, la imponente compilación de los textos de los Padres de la Iglesia; en este enlace pueden conocer el volumen 1, dedicado a Tertuliano: https://archive.org/details/patrologiaecurs137unkngoog/page/n4/mode/2up) emitidos en latín y que sirven de fundamento teológico y racional para la formación de futuros sacerdotes y teólogos eminentes. En el segundo ámbito, el secular, el latín se mantuvo en las escrituras públicas, en los decretos gubernamentales e imperiales… y en el Derecho: leyes, tratados, comentarios doctrinales, por no mencionar versiones del “Corpus Iuris Civilis”, fueron escritos y conservados en latín. ¿Por qué? Porque, sobre todo en los siglo XIV a XVI, el periodo Renacentista, la lengua latina se consideró una lengua “de estudio”: dado que el latín literario ya no mutó, se le atribuyó un carácter de “permanencia”, y por tanto, inmutable y “elevado”, propio de estudios@s y reflexiv@s, tal como sigue siendo considerado a la fecha en círculos académicos e intelectuales.
Así, a la visión cuasi maniquea que divide a las lenguas en “vivas” y “mu**tas”, podemos oponer otra: es posible hablar en nuestros días de “lenguas de uso” y “lenguas de estudio”, las primeras de tipo coloquial y en constante evolución, las segundas propias de ámbitos cultos y científicos, donde la exigencia de precisión en los vocablos insta a expresarse, por ejemplo, en latín. Piénsese en la terminología científica para la clasificación taxonómicas de las especies (el caballo doméstico recibe el lindo nombre científico de “equus ferus caballus”), o en los cultismos y aforismos que circulan en la vida forense: “ad quem”, “pacta sunt servanda”, “non bis in idem”, “in dubio pro reo” y muchísimos más que una mente disciplinada y cuidadosa puede hallar en las fuentes jurídicas antiguas.
¿Qué razones hay entonces para el estudio moderno del latín, especialmente para l@s juristas si, a la luz de lo disertado, deseamos superar la idea de que la lengua de Séneca está “mu**ta”? ¡No se pierdan la continuación de esta fascinante reflexión sobre la importancia del latín en nuestros días!
¿Qué cultismos latinos recuerdan y que han llegado a usar en alguna ocasión?
Valete iurisprudentes et amici omnes!!! Vis et honor!!!