21/07/2026
No es solo fútbol. Pasolini y De André ya lo sabían. Es lo que no dejo de repetirme en estos días de un dolor inmenso. Nada es verdaderamente lo que parece cuando elegimos darle un valor distinto, cuando decidimos entregarnos por completo a ello. No puede ser solo un deporte si nos condena al duelo, si nos hace sentir huérfanos del niño que alguna vez fuimos, si nos arranca de golpe el pasado. Hace tiempo que vengo trabajando sobre esa certeza, pero recién ahora siento que terminó de llegar. Ojalá la hubiera entendido antes. Pero el engaño de ser niños, de mirar el mundo con ojos de asombro, hace que nos aferremos a aquello que, tarde o temprano, de grandes, tenemos que aprender a soltar.
Uno se siente perdido, con las certezas derrumbándose, en un mundo que cambia, donde vos también cambiás; entre seres queridos que se van, entre canas que aparecen y otros cabellos que se caen. Hay cosas que, para algunos de nosotros, simplemente siempre fueron así, y sin embargo cambian, despacio, en silencio, de manera implacable; infames como el tiempo, obstinado y contrario. Muchos años de mi vida estuvieron moldeados por certezas que al final resultaron ilusiones; veinte de esos años fueron encontrarme ahí, cada cuatro años, con un Mundial marcando el ritmo de las estaciones de mi vida y con esa imagen de Lionel Messi vestido de albiceleste que yo creía eterna. Y con él, también creía que mi adolescencia iba a durar para siempre.
Toda mi vida pasó ahí, en ese pie izquierdo de ese pibe de Rosario que nunca debía crecer. Todo se movió desde la admiración, desde una ósmosis espontánea, desde haber elegido ser hincha de la Argentina incluso antes que de Italia. En esa pasión desmedida, en la esperanza de que algún día iba a jugar a su lado; en comprarme sus botines, en cortarme el pelo como él, en llevarlo conmigo en los ojos y en el corazón, en cada entrenamiento y en cada partido, detrás de un pupitre, en el FIFA y frente al televisor. En su manera de ser, en su número de camiseta, que también terminó siendo el mío. En esos colores que aprendí a amar y en todas las veces que lo defendí de las acusaciones de su propia gente. Porque yo estuve ahí cuando le reprochaban que