04/07/2022
¡Ya tenemos listo nuestro número 2 de PAN Magacín, y acá te dejamos la editorial escrita por nuestro director Ignacio Fritz
«Solo los que no saben nada de la muerte no le tienen miedo. Nosotros sabemos demasiado».
Rafael Bernal, El complot mongol.
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Había una edición de Anagrama del libro Nadar de noche, de Juan Forn, que con el tiempo se me perdió, definitivamente, de las manos. Hace años, ya. De tapas amarillas, había caído en mis arcas por allá en 1999, y lo leí recién en 2000, dos años antes de la propia y sentida muerte de mi padre, a quien no le iban mucho los temas literarios porque en varias oportunidades esgrimía que la literatura era «evasión de la realidad»; postura que creo muy generalizada para denominar lo que en cierta forma me atrae desde esa época, 1999 o 1998 o 1997.
Creo haber comprado esa edición de Nadar de noche en una librería del centro, una a la que íbamos con mi padre, que si bien decía «eso» de la literatura, iba conmigo y era capaz de gastar dinero en libros para que los leyera en esa época en la que yo había decidido, sin analizar los pro y contras, convertirme en un escritor de fuste —sí, de fuste—, de aquellos que han concebido la literatura como una forma de vida: asunto bastante bobo porque, aquí, salvo casos contados con los dedos de la mano, nadie vive de la literatura. Vivir en el sentido alimenticio, ese de pagar las cuentas como la luz o el agua y trabajar cada día.
En 1999 estaba —demás está decir—, gracias a la literatura, o, mejor dicho, la narrativa, en un terreno movedizo, lleno de claroscuros, con una ambigüedad patente que me hacía dudar de todo y de todos, un «iconoclasta», como también decía mi padre, esta vez no de la literatura pero sí de mí mismo, que no dejaba títere con cabeza y la apertura hacia ese mismo mundo me incomodaba, no sé si en un afán en cuya mi propia interpretación del mismo me había perjudicado de tal manera que solo deseaba «hablar del mundo» a través de la escritura.
Aunque cada vez que escribía, más que hablar con el mundo, o del mundo, yo quería narrar una buena historia, aunque al final terminé contando siempre la misma boludez que desde hace centurias se está exhibiendo a través de los principios retóricos. En otras palabras, no estaba contando nada nuevo con lo que escribía; nihil novum sub sole. En estricto rigor, nadie cuenta nada nuevo en esta odisea que se llama literatura. Aunque, claro, algunos sí lo han hecho y por eso están en el panteón. Autores como Shakespeare o Cervantes. De alguna manera muy prosaica yo estaba a décadas luz de ellos, apenas podía compararme con otros narradores púberes y en esa época mi capacidad de narración se metamorfoseó con una incapacidad patológica de querer pertenecer a este mundo; quizá de ahí mi padre, al verme, dijera que la literatura solo era «evasión de la realidad», estar en «otra parte».
En mi caso, el asunto literario estaba fuera de control, el extravío y la narración me alejaban mucho más de lo que cualquier hombre sensato tendría por norma cuando primero se obtiene lo mínimo y después se realiza la excentricidad; no sé si me explico; escribir era una excentricidad, una droga que me transformó en un yonqui literario. Para colmo de males, la soledad era elemental para estar en la postura del yonqui literario y si bien vivía con mis padres, ellos tampoco estaban capacitados para lo que un psiquiatra de la época definió como «trastorno de personalidad» y «fobia social».
Probablemente para los psiquiatras, el hecho de escribir como grafómano ensimismado era indicio de ese «trastorno», aunque cada día que pasa creo que escribir es un proceso que aleja al escritor de lo que es la normalidad, vaya uno a saber qué diablos es esa «normalidad»: para algunos es la funcionalidad, sin más. El trabajo, sin duda (algo que obsesionaba a mi padre, incluso era su especialidad como abogado). El mundo, esa esfera del universo, ese punto mínimo, algunos no tienen tiempo para analizarlo, sobre todo en estos días de inmediatez y globalización y, es válido que mi escritura y mi postura, vista desde hoy, haya sido naíf, merluza, tonta.
La imposibilidad de «pertenecer a algo» sin frisar los veinte años y encontrarme con escritores ombliguistas que se ayudaban a sí mismos, cada uno haciendo lo suyo, cada uno cuidando su parcelita, no permitiendo entrar en un mundillo mu**to desde el comienzo, donde tener poder lo es todo: sin él nadie te ubica. Debes ser un negocio ante todo, vender tus libros y pertenecer a una tribu de cínicos con la vara baja y, lo más paradójico, con el encanto suficiente para entrar por los palos en una editorial con sede en el extranjero. Mirar esa edición amarilla de Anagrama, que dicho sea de paso tenía el color que tanto le gustaba a mi padre, me dejaba solo como el simple sujeto que está en otra parte sin moverse de su casa.
Llevaba cinco años en el periplo narrativo cuando mi padre falleció de un día para otro por un derrame cerebral implacable que lo llevó a una tumba del Parque del Recuerdo tres días después del accidente. Era el año 2002 y a ojos vista yo era un paria que solo había terminado un libro de cuentos que publicaría en Cuarto Propio en un intento de dejar de ser un paria, aunque a qué rato ya sabía que debía ir a contracorriente en este orbe donde moverse es la panacea, donde tener un trabajo es la mejor forma de presentarse a otro; ojalá de esos trabajos que se forman en la Universidad, sea abogado o médico o ingeniero.
«Voy a estar en otra parte, a partir de ahora» le dice el padre al protagonista de Nadar de noche. Ese cuento lo leí en voz alta una vez realizado el funeral de mi padre en octubre de 2002, la misma tarde en que volvimos del cementerio y mi madre y yo estábamos destrozados, aunque en mi caso no sé cómo abordé el luto. Creo que ambos, mis padres, no estaban capacitados para formar una familia como corresponde, ni tan siquiera tener hijos. Solo fui yo, y ni eso pudieron controlar, aunque mi padre era un controlador (a su manera) y contradictor y un hombre de frases hechas y supongo que el hecho de que yo fuese un paria le importaba un huevo, aunque en realidad dijera lo contrario. «Voy a estar en otra parte, a partir de ahora» y el hijo y el padre hablan de lo que nunca hablaron. Hablan del tiempo después de la desaparición, de la fuga y estar en esa «otra parte». Y no me vengan con que la vida está en otra parte, ese postulado kunderiano que, lo reconozco, puede extrapolarse a cualquier universo familiar. Forn no es Kundera y Kundera no es Forn y yo estaba ahí para leer ese cuento en voz alta, que en su primera lectura me trajo un sentimiento epifánico y que en esa otra lectura, después del funeral y el cementerio, logró que mi madre llorara ante mí, o que ambos llorásemos por la partida de mi padre. Reprimir los sentimientos siempre fue una característica de mi padre, aparte de las frases hechas o hablar todo el santo día de su trabajo y mi madre era una mujer débil, y esa fractura familiar en una familia que no era familia lograba que pensáramos en lo que vendría después, en algún momento: la muerte. La eterna huida se representa incluso con la muerte porque con la muerte huyes de tu propia vida.
Nunca tuve una conversación con mi padre al estilo de Nadar de noche. No tuvimos la oportunidad, supongo: yo era muy joven y él muy chapado a la antigua. Con mi madre otro tanto, aunque su personalidad intratable desmejoraba nuestra relación en una familia que no era una familia; los tres encadenados en las dársenas del cliché de la base de la sociedad y del deber ser.
Nunca he tenido una conversación con el fantasma de mi padre luego de que falleciera en 2002, solo visitas de él en mis sueños, en los que no sé de qué carajos hablamos. Nada más. Él ya no existe y ha corrido mucha agua bajo el puente y yo ya no soy ese hijo que él conoció…
En este segundo número de PAN Magacín, tenemos —a propósito de fantasmas— una entrevista a fondo con el investigador paranormal César Parra, trabajos de Sergio Alejandro Amira, Pablo Rumel, cuentos de Roberto Meesz y Felipe Marilao y poemas de Roberto Contreras y textos de los colaboradores habituales como Bartolomé Leal y el Top ten literario por Diego Muñoz Valenzuela y la sorpresa habitual de Mad Dog in Piccadilly Circus, un auténtico desacralizador de la literatura.