25/04/2026
LORGIA JOVINA ÁLVAREZ: SE GRADUÓ DE LA UNIVERSIDAD A LOS 74 AÑOS DE EDAD
LA PERSEVERANCIA QUE DESAFÍA EL TIEMPO
En un país donde muchas historias se diluyen en el olvido, la vida de Lorgia Jovina Álvarez se levanta como un testimonio firme de dignidad, lucha y esperanza. Nacida el 2 de marzo de 1947 en Trujillo, Colón, su existencia no ha sido un camino llano, sino una travesía marcada por la adversidad y sostenida por una voluntad inquebrantable.
Huérfana a los ocho años, encontró en la dureza de los campos bananeros sus primeras lecciones de vida. Entre el cuidado de sus sobrinos y el peso de responsabilidades prematuras, dio sus primeros pasos en la Escuela José Trinidad Cabañas, donde, entre esfuerzos silenciosos, cursó sus primeros años de educación primaria. Más tarde, en la Escuela Socorro Sorel, continuó sus estudios, pero la vida —siempre exigente— la sorprendió a los 16 años con la maternidad.
Lejos de rendirse, transformó la necesidad en oficio: con aguja en mano, sin más herramienta que su determinación, comenzó a confeccionar prendas de vestir. Su búsqueda de un mejor destino la llevó a San Pedro Sula, donde trabajó en la industria textil, y luego a Tegucigalpa, persiguiendo oportunidades que no siempre se concretaron. Sin embargo, cada intento, aun fallido, fue semilla de su fortaleza.
De regreso en Trujillo, su espíritu emprendedor la mantuvo activa: rifas, ventas, cualquier medio honrado era válido para sostener a su familia. A los 25 años, en 1968, ingresó como vendedora de la Lotería Nacional, labor que desempeñó durante 37 años, hasta el 2005. Paralelamente, en 1972, se formó como modista profesional en el INFOP, consolidando así otra herramienta para la vida.
Pero su historia trasciende lo individual. En 1975, como primera presidenta de la Feria de San Martín, impulsó un sueño colectivo: la creación de una escuela para su comunidad. Con apenas 38 lempiras y una convicción inquebrantable, junto a un patronato, gestionó incansablemente hasta lograr la aprobación del proyecto. Así nació la escuela que hoy lleva el nombre de Rafael Pineda Ponce, símbolo tangible de que los sueños, cuando se trabajan, se convierten en legado.
Ante la falta de maestros, no dudó en enseñar de manera voluntaria. Fue en ese acto generoso donde redescubrió su vocación: educar. Retomó sus estudios, completó su primaria en Guaticanola y continuó en jornada nocturna en el Instituto Departamental Espíritu del Siglo, mientras criaba a sus hijos. Posteriormente, se graduó como secretaria taquimecanógrafa en la Escuela La Milagrosa.
Su amor por la enseñanza la llevó a desempeñarse como facilitadora en programas nocturnos desde 1982. Pero su sed de conocimiento no conocía pausas: en 2003 obtuvo su Bachillerato en Ciencias y Letras, y en 2005, a los 58 años, se graduó como Maestra de Educación Primaria.
Cuando muchos considerarían cumplida la meta, ella apenas comenzaba otro capítulo. Ingresó a la Universidad Pedagógica Nacional Francisco Morazán, donde obtuvo su Técnico en Educación Básica el 6 de enero de 2022, a los 74 años de edad. Hoy, con la licenciatura prácticamente concluida, sigue demostrando que el tiempo no es límite cuando la voluntad es auténtica.
Madre de seis hijos y guía de ocho más de crianza, su legado no solo se mide en títulos, sino en vidas transformadas. Actualmente continúa ejerciendo como maestra en la Escuela Elsi Esther Pérez, en la comunidad de Villa Hermosa, Santa Rosa de Aguán, Colón.
Lorgia Jovina Álvarez no es solo una mujer: es una lección viva. La encarnación de una verdad profunda y sencilla: la educación no tiene edad, y la pobreza más dura es la ignorancia.
A la juventud deja un mensaje claro, casi como un susurro que atraviesa generaciones: estudiar es el camino para romper cadenas invisibles; la riqueza no es solo material, también es intelectual y espiritual. Invita a buscar en el conocimiento y en la fe las herramientas para apartarse de los caminos que destruyen.
Hoy, a sus 81 años, goza de buena salud y de un reconocimiento que trasciende homenajes formales. Porque hay vidas que no solo se cuentan: se honran.
Orgullosamente coloneña. Homenajeada en vida.
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