15/05/2026
LA INTIMA GEOGRAFIA DE LO INVISIBLE
Autor: Manuel F. Romero Mazziotti Tucumán, Argentina
© Todos los Derechos Reservados del Texto 14/05/2026
He cargado con verdades que nadie se animó a decirme,
y aun así esperé escucharlas de las bocas que se callaron.
Hay dolores que aprendí solo, como quien aprende a sangrar sin ruido.
Lo que perdí me sigue, incluso cuando ya no tengo fuerzas para recuperarlo y nombrarlo.
Y en este tramo final, la vida me pesa mucho más por lo que no me dijeron muchos:
que por lo que, en silencio, viví…
“Montecristo”
LA INTIMA GEOGRAFIA DE LO INVISIBLE ,
A esta altura de mi vida he comprendido que la memoria y el cuerpo se olvidan cosas, pero el alma no.
Ella siempre guarda sus íntimos y propios mapas secretos:
En nevadas cordilleras donde aún resuena el eco de lo que fui,
torrentes que alguna vez llevaron risas, hoy arrastran silencio pesado, desiertos donde la esperanza floreció una sola vez y dejó su perfume atrapado en la arena:
como bellos recuerdos que se niegan a morir.
Cada emoción que viví dejó un trazo de alegría, pero más de dolor.
Las calumnias y las mentiras destruyen familias, y sin consuelo.
Las muchas cicatrices que cargo por años no son medallas:
son marcas de heridas que me acompañan, que a veces duelen y arden cuando los recuerdos y el día se vuelven largos.
Los suspiros me empujan, aunque ya no sé hacia dónde;
y los silencios…
los silencios se han vuelto como océanos donde aprendí a sostenerme para no hundirme.
Hay días en que siento mi alma como si fuera un archipiélago roto:
Con islas dispersas, cada una con su clima,
su fauna de pensamientos que muerden,
su geografía marcada por pérdidas que todavía duelen.
Y otros días, pocos, pero lindos, luminosos, se abren como una llanura sin bordes, donde el horizonte parece prometer algo, aunque no sé si aún tengo fuerzas para alcanzarlo.
Los amores que tuve son como ciudades en mi mapa:
algunas amuralladas, otras derrumbadas, otras habitadas por fantasmas que caminan entre ruinas que ya no me reconocen.
La infancia, en cambio, fue y es como un bosque tibio, que mi memoria las visita cada tanto:
allí camino despacio, con pasos temblorosos, porque cada árbol guarda una historia mía y que todavía me mira desde lejos.
Y el duelo…
el duelo es una caverna sin nombre ni luz, que aprendí a recorrer a tientas.
Oscura, húmeda, pero con estalactitas que brillan como los recuerdos buenos, cuando uno las mira con los ojos del tiempo.
Cada decisión que tomé fue una bifurcación de mi sendero de la vida
Cada palabra que callé, un sendero que se perdió para siempre.
Y aun así seguí avanzando:
con brújulas rotas, con las manos vacías, dejando atrás cosas que no volverán, confiando en estrellas que a veces se apagaron antes de mostrarme el camino.
Y hay algo más que quiero decir, ahora que escribo estas líneas como quien deja una carta sobre la mesa antes de partir:
todavía espero que me cuenten verdades que conozco desde hace años. Verdades que otros ya me dijeron en voz baja, en tiempos lejanos, y que sin embargo sigo esperando escuchar de quienes deberían haberlas dicho primero.
No por curiosidad, sino por ese extraño consuelo que da la sinceridad cuando llega tarde… aunque me parta el alma.
Hoy sé que la cartografía ni la brújula de mi alma no buscan exactitud, sino sólo la verdad.
El sendero de la vida no se mide en kilómetros, sino en latidos.
No se recorre para llegar, sino para aceptar que en cada paso dejamos algo malo o bueno atrás… y que lo que queda, lo que realmente queda, es lo que fuimos capaces de amar.
Si estas palabras llegan a mis amigos, sepan que cada uno de ustedes es un punto muy importante en mi mapa.
Un faro, una sombra, un abrazo, un recuerdo que todavía me sostiene.
Y aunque no sé cuánto camino me queda, sigo andando…
despacio, con la serenidad de quien ya entendió que el viaje nunca termina del todo…
“Montecristo”.