16/08/2026
“DESNALGADOS”
Cuatro años habían pasado, desde la partida de mi padre…, y de alguna forma, tenía entre mis pendientes, llevar a mi madre a las ruinas patrimoniales de Tikal, porque con él, simplemente, no pude hacerlo…
Aunque ella ya había cumplido los 72 años, y sabía que el viaje por tierra, sería algo complicado, con mucha emoción, todos esperábamos salir ese fin de semana, ya todo estaba reservado en un hotel, en la famosa playa del Lago Petén Itzá, en el encantador Remate.
Pero una llamada de madrugada, de esas que solo traen malas noticias, nos avisó que el abuelo materno de mi esposa, había fallecido…
Tenía varios meses enfermo don Santiago, así que no fue tanta la sorpresa, como el pesar… pero claro, el dilema de suspender el viaje se dio, pero decidimos cumplir con las exequias y modificar nuestra ruta hacia Petén, pasando por la zona de Quiché, en realidad, la muerte del abuelo, me seguía dando motivaciones para aprovechar a mi mamá, en ese momento en el año 2010, aún la tenía con vida.
Viajamos con un sentimiento agridulce y algo de maletas, al velorio en el pueblo natal del abuelo, yo, por pura precaución, no velé toda la noche, sobre todo, por la seguridad al conducir al otro día, de hecho, mi mamá, solidariamente, acompañó a don Santiago, prácticamente, toda la noche…
Luego del funeral, nos despedimos de los familiares de mi esposa, y emprendimos la larguísima ruta, que sinceramente, nunca la había tomado antes…
Pasamos por el río La Pasión, mediante un ferry, y mis hijos estaban tan cansados, que decidí no despertarlos, para que disfrutaran de esa experiencia, ni tampoco a mi mamá, la que también estaba cansadísima.
Ya en territorio petenero, aún nos separaban al menos unos 200 kms de nuestro destino y la noche nos estaba atrapando… pero comenzamos a notar, que nadie se nos cruzaba en la carretera, y pocos vehículos iban hacia nuestra ruta…
Totalmente ajenos a lo que pasaba, se había declarado estado de excepción, por lucha intestina de narcotraficantes en la zona de las Verapaces… y nos enteramos, porque justamente, nos detuvo un comando militar en la carretera.
De colmo, mi mamá, comenzó a tener incomodidad, también intestinal, y nos urgía hallar un sanitario… pero claro, tuvimos que detenernos ante dichas autoridades.
Cual, si fuésemos delincuentes, nos encandilaron con sus linternas, y comenzaron a hacernos preguntas sobre nuestro destino, con lenguaje soez nos recriminaron, y que si no sabíamos que estábamos infringiendo la ley en ese momento…
Claro, le explicamos de dónde veníamos y por lo que habíamos pasado, vieron que mi mamá, no podía ser la Jefa de ningún Cartel, que mi esposa no era tampoco una de esas que salen en las noticias amarillentas, y que mis pequeños, aún no se percataban casi de nada…
Como comprendieron, que, en realidad, yo viajaba con lo más valioso que me quedaba en la vida, y que veníamos de un entierro, casi sonriendo y suavizando mucho su lenguaje, nos dejaron ir… con la promesa de no hacer nada extraño en el camino, y con la indicación de que, solo a unos kms estaba una estación de bomberos, para pasar al baño.
Efectivamente, así lo hicimos, mi mamá pudo aliviar la pena, pero al bajar del vehículo, comenzó a decir: creo que quedé “desnalgada” … con tantas horas de viaje… Y la verdad, nos matamos de la risa, porque creo que todos estábamos bastante desnalgados, aunque tal vez no tanto, por no estar, particularmente dotados por la genética.
Al filo de la media noche, llegamos al bendito hotel, el que, para por si todo había sido poco, aún nos recibía con una cantidad incontable de escalones, muy bellos, pero para nosotros, prácticamente una tortura…
Nos acomodamos, como pudimos dormimos, hasta sin desempacar, el agotamiento de todos era extremo, al grado que yo me quedé en una de las hamacas disponibles, logrando dormir completamente pando, como banano maduro.
Al otro día, ya recuperados por el desayuno, y la motivación de que los septuagenarios ojos de mi mamá, pudieran ver algo que jamás en su vida habían visto, emprendimos el camino a Tikal.
Y efectivamente, debido a su edad, logré que la llevaran en uno de los carritos disponibles para los turistas de la tercera edad, y pude ver su rostro iluminado de admiración, por ver esas famosas maravillas de la cultura maya… imagen absolutamente imborrable en mis recuerdos.
Todavía logró a subirse a una que otra ruina, nosotros con mis hijos, a casi todas… pero fundamentalmente, había sanado para mí, esa parte de mi conciencia, que no me perdonaba que mi papá, se hubiera ido de este mundo, sin conocer este lugar.
Luego de varias noches en la fantástica y siempre sorprendente Isla de Flores, nos regresamos, haciendo varias paradas para no agotarnos tanto… y afortunadamente, regresamos sin novedad de ese viaje, el que, en realidad, se convirtió en una compleja, pero inolvidable odisea.
Este tipo de viajes, con nuestros padres, sigue siendo uno de los mecanismos de agradecimiento más satisfactorios, que podremos darles, por tantos silentes e invisibles sacrificios, que ellos han hecho por nosotros.
Los años pasaron, y mi mamá, siempre recordó ese viaje, en el que todos, nos “desnalgamos”, bueno, un poco más de lo que ya estábamos… o queríamos admitir….
Saludos cordiales, Miguel Angel