20/06/2026
“LOS COMPINCHES”
Doña Tencha, ya estaba un poco…, bueno, tal vez bastante cansada de las escapadas de don Paco, su esposo, el que siempre se escapaba con sus congéneres a la cantina más famosa del pueblo, y aunque él lo negara, con un abanico de mentiras, ella nunca le creyó realmente.
Esas escapadas eran más frecuentes los días sábados, y como ya no había consuelo con los hijos realmente, porque ya todos habían dejado ese nido, doña Tencha pensó, que ciertamente, solo podía contar con el Tunco, si… con el perro sabueso de la casa, que ya llevaba varios años haciéndoles compañía, haciéndolas del único hijo que les quedaba para regañarlo.
Entonces, doña Tencha, con mucha paciencia, entrenó a su perro, para que, cada vez que a don Paco, no se le viera la coronilla en el hogar, él lo siguiera…, y unos minutos después, ella confirmara a dónde había parado su esposo, y según sea, irlo a traer de una patilla cercana a su oreja, de regreso a casa.
Dicho y hecho, el Tunco, no solo aprendió a seguir disimuladamente a don Paco, sino que raudo regresaba por su comisión comestible, para informar del paradero de su dueño, como si hubiera sido contratado formalmente.
Sin embargo, don Paco, pronto se dio cuenta de la actitud traicionera del tal Tunco, y se le ocurrió chantajearlo… Así que, notando que ya lo seguía ese sábado de farra, lo llamó por su nombre, y ofreciéndole unos retazos de oreja de cerdo horneada, hizo que lo acompañara hasta ese dichoso centro de perdición.
Doña Tencha, notó que el ingrato perro no regresó tan rápido como siempre ese día, pero claro, asumió que don Paco, por fin había aprendido la lección, y que seguro, hoy sí habría cumplido con la ruta y destino que le había avisado, que, de hecho, era de trabajo.
Pasaron las horas, y nada del Tunco, ni de don Paco… hasta ya entrada la noche, que incluso doña Tencha, ya había decidido mejor ir a acostarse, con algo de preocupación, claro… Cuando escuchó que alguien venía cantando en el camino, como muy melancólico.
Al salir por el balcón, pudo ver un par de siluetas, una grande y otra chiquita… que se hacían de un lado al otro del sendero que llevaba a su casa, y cabal, eran su esposo y el traicionero perro… Don Paco venía tan borracho que daba tres pasos y regresaba uno, y el tal Tunco, venía aullando al ritmo de lo que entonaba su dueño, y también venía trastrabillando de un lado al otro del camino.
Efectivamente, don Paco, para retenerlo en el bar, le convidaba de las deliciosas boquitas o pasabocas, que en ese lugar le ofrecían, para que no regresara con el chisme, y claramente, de vez en cuando, también le compartía un poquito, de esas bebidas espirituosas.
Doña Tencha, al ver esa denigrante e inesperada escena, en lugar de enojarse y recitarle uno que otro exabrupto a sendos compinches, mejor se sonrió algo resignada, y ya luego se carcajeó por unos minutos, reconociendo, que al final de cuentas, era más seguro que esos dos anduvieran juntos, que, extraviados solo Dios y su peinador, sabrá dónde.
Saludos cordiales, Miguel Angel.