21/08/2026
LEÉLO COMPLETO ANTES DE CRITICAR: LA VENERACIÓN DE LOS SANTOS Y DE SUS RELIQUIAS NO ES IDOLATRÍA 👇
Por el P. Luis Alfonso Ayala Mazariegos
Arquidiócesis de Santiago de Guatemala
La veneración cristiana de los santos no es paganismo, idolatría, hechicería, espiritismo ni sincretismo. La razón fundamental es sencilla: el cristiano verdadero (el Catolicismo) no considera a los santos como dioses ni les atribuye un poder autónomo o independiente de Dios.
La fe cristiana reserva la adoración únicamente al Dios uno y trino. Cristo mismo responde al tentador: «Al Señor, tu Dios, adorarás y a él solo darás culto» (Mt 4,10; cf. Dt 6,13). Por tanto, cuando la Iglesia honra a la Virgen María, a los ángeles o a los santos, no los coloca al nivel de Dios: reconoce en ellos criaturas salvadas y santificadas por la gracia de Cristo. Toda verdadera veneración cristiana conduce finalmente a Dios, porque aquello que admiramos en los santos es precisamente lo que Dios ha realizado en ellos.
Tampoco la comunión con los santos significa espiritismo o evocación de los mu***os. La Escritura condena expresamente la nigromancia y las prácticas destinadas a invocar a los mu***os mediante medios ocultos: «No haya entre los tuyos [...] quien practique adivinación, astrología, hechicería o magia [...] ni quien consulte a los mu***os» (cf. Dt 18,10-12). Pero esto es algo completamente distinto de la comunión de los santos. Para el cristiano, quienes han mu**to en Cristo continúan vivos en Él. Jesús lo afirma expresamente: «No es Dios de mu***os, sino de vivos, porque para él todos viven» (Lc 20,38). Y san Pablo enseña que ni siquiera la muerte puede separarnos del amor de Cristo: «Ni muerte, ni vida [...] podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro» (cf. Rm 8,38-39). La muerte física, por tanto, no destruye el Cuerpo de Cristo ni rompe la comunión entre sus miembros.
Desde aquí se comprende la intercesión de los santos. La Biblia no solo permite, sino que manda a los cristianos interceder unos por otros: «Orad unos por otros, para que seáis curados. Mucho puede la oración insistente del justo» (Sant 5,16). Si la oración de los justos tiene valor mientras viven en la tierra, no existe razón bíblica para afirmar que quienes ya están perfectamente unidos a Cristo en el cielo hayan dejado de orar. Más aún, el Apocalipsis nos permite contemplar precisamente esta realidad: los veinticuatro ancianos aparecen ante el Cordero con «copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos» (Ap 5,8); y, en otra visión, el incienso es ofrecido ante el trono de Dios «con las oraciones de todos los santos» (Ap 8,3-4). Pedir a un santo que interceda no significa sustituir a Cristo, único mediador de la salvación (cf. 1 Tim 2,5), sino participar de la intercesión de los miembros de su Cuerpo, exactamente como cuando pedimos a otro cristiano: «Ruega por mí».
ADORAR NO ES LO MISMO QUE VENERAR
Una confusión frecuente consiste en identificar cualquier gesto de reverencia, inclinación o postración con la adoración. Sin embargo, la propia Biblia distingue claramente ambas realidades. Dios manda: «Honra a tu padre y a tu madre» (Ex 20,12), y san Pablo enseña: «Dad a cada cual lo que se le debe [...] respeto a quien respeto; honor a quien honor» (Rm 13,7). Honrar a una criatura por aquello que Dios ha hecho en ella no significa convertirla en Dios.
La Escritura contiene incluso numerosos ejemplos de inclinaciones y postraciones realizadas ante seres humanos sin intención idolátrica. Abraham «se inclinó ante la gente del país» (Gn 23,7); los hermanos de José «se postraron ante él rostro en tierra» (Gn 42,6); y Betsabé «se inclinó y se postró ante el rey» David (1 Re 1,16). Evidentemente, Abraham no adoraba como dioses a los hititas, ni los hermanos de José pensaban que José fuera Dios, ni Betsabé consideraba divino a David. Esto demuestra que el gesto exterior no determina por sí solo si existe adoración: lo decisivo es su objeto, significado e intención.
El Apocalipsis muestra perfectamente dónde se encuentra el límite. Cuando san Juan intenta postrarse ante el ángel, este lo detiene porque el gesto, en aquel contexto, estaba adquiriendo el sentido de culto que corresponde exclusivamente a Dios: «¡No lo hagas! [...] A Dios tienes que adorar» (Ap 19,10). Esta es precisamente la doctrina católica: se puede honrar a las criaturas; solamente Dios puede ser adorado como Dios. María no es una diosa, los santos no son dioses, una imagen no es Dios y una reliquia tampoco lo es. La adoración pertenece exclusivamente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
¿POR QUÉ LOS CATÓLICOS VENERAN LAS RELIQUIAS?
La veneración de las reliquias tampoco consiste en atribuir poderes mágicos a huesos, vestiduras u otros objetos. Su fundamento se encuentra en una característica esencial del cristianismo: Dios es creador de la materia y puede servirse de ella como instrumento de su gracia. El cristianismo no considera el cuerpo humano algo despreciable. El Hijo de Dios asumió verdaderamente nuestra carne (cf. Jn 1,14), y san Pablo recuerda a los cristianos: «¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo?» (1 Cor 6,19). El cuerpo que ha servido a Dios durante la vida está, además, destinado a resucitar, porque el mismo Dios que resucitó a Cristo «dará vida también a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rm 8,11).
La propia Biblia proporciona un ejemplo extraordinariamente claro de lo que hoy llamaríamos una reliquia corporal. Después de la muerte del profeta Eliseo, unos hombres arrojaron el cadáver de un difunto en su sepulcro. La Escritura relata: «Cuando el mu**to tocó los huesos de Eliseo, recobró la vida y se puso en pie» (2 Re 13,21). Los huesos no eran dioses ni poseían un poder mágico independiente. Dios realizó el milagro sirviéndose de los restos mortales de su profeta. Por tanto, resulta difícil sostener que cualquier veneración de los restos de un santo sea necesariamente contraria a la Biblia cuando la propia Escritura presenta un milagro obrado por Dios precisamente mediante los huesos de uno de sus servidores.
El Nuevo Testamento presenta ejemplos semejantes. La mujer que padecía hemorragias pensaba: «Con solo tocar su manto, me salvaré»; tocó el manto de Jesús y quedó curada (cf. Mt 9,20-22). En los Hechos de los Apóstoles, la gente sacaba a los enfermos a las calles «para que, al pasar Pedro, siquiera su sombra cubriese a alguno de ellos» (cf. Hch 5,15-16). Todavía más explícito es el caso de san Pablo: «Dios obraba por medio de Pablo milagros no comunes, de modo que bastaba aplicar a los enfermos pañuelos o delantales que habían tocado su cuerpo, y las enfermedades los dejaban y los espíritus malos salían de ellos» (cf. Hch 19,11-12). Nadie adoraba aquellos pañuelos, delantales o la sombra de Pedro. Era Dios quien obraba, sirviéndose de realidades materiales relacionadas con sus servidores.
Por eso una reliquia cristiana no es un amuleto. No tiene un poder mágico propio, no controla fuerzas sobrenaturales ni actúa independientemente de Dios. Es el resto corporal de un santo o un objeto legítimamente relacionado con él que recuerda concretamente la acción de la gracia divina en una persona real. La veneración se dirige al santo y, a través del santo, conduce a la glorificación de Dios. Ante las reliquias, el cristiano agradece a Dios la santidad concedida a sus servidores, pide su intercesión y recuerda que también él está llamado a la santidad y a la resurrección.
Hay además una dimensión profundamente cristiana en conservar los restos de los santos. La salvación cristiana no es solamente salvación del alma, como si el cuerpo fuese una envoltura inútil destinada a desaparecer para siempre. Confesamos en el Credo «la resurrección de la carne». Los huesos de un mártir recuerdan que aquel cuerpo sufrió por Cristo y que un día será resucitado y glorificado. La reliquia proclama silenciosamente que la materia pertenece a Dios, que el cuerpo humano tiene dignidad y que la muerte no posee la última palabra.
Por tanto, veneración, idolatría, magia y espiritismo son realidades esencialmente distintas. La idolatría concede a una criatura el lugar que corresponde a Dios; la magia pretende manipular poderes sobrenaturales; el espiritismo busca establecer contacto con los mu***os mediante prácticas ocultas; la veneración cristiana, en cambio, honra la obra de Dios en sus santos y pide la oración de quienes viven eternamente en Cristo. Un católico que besa una reliquia, se arrodilla ante ella o la lleva en procesión no está diciendo: «Este hueso es mi Dios», sino reconociendo: «Dios ha santificado a esta persona; doy gracias por su obra, honro a su servidor y pido su intercesión». En pocas palabras: a Dios se le adora; a los santos se los venera; y en los santos se glorifica la obra de Dios.
EL CASO RECIENTE DE LA RELIQUIA DE SANTA ÁGATA EN ITALIA
Hace unos días, se celebró en ITALIA el IX centenario del regreso de las reliquias de Santa Ágata a Catania (1126-2026).
El busto-relicario de Santa Ágata, una extraordinaria obra medieval de plata dorada y esmaltes que custodia la reliquia de su cabeza, fue sometido en 2026 a una importante intervención de conservación y restauración realizada por especialistas de los Museos Vaticanos. Para poder efectuar los trabajos, el cráneo de la santa fue retirado temporalmente del interior del busto relicario y colocado en una urna o teca especial, lo que permitió además su excepcional exposición directa a la veneración de los fieles. También fue restaurado el célebre Velo de Santa Ágata. Los trabajos fueron presentados solemnemente en la Catedral de Catania el 20 de julio, y los días 21 y 22 de julio tanto el busto restaurado como la reliquia del cráneo quedaron expuestos extraordinariamente a los fieles.
El momento que ha causado tanta crítica por parte de fariseos hipócritas y de católicos mal formados ocurrió precisamente durante las grandes celebraciones del 17 de agosto de 2026, exactamente 900 años después del tradicional regreso de las reliquias desde Constantinopla, el 17 de agosto de 1126. Después de permanecer separada del busto durante los trabajos y la ostensión extraordinaria, la reliquia del cráneo de Santa Ágata fue colocada nuevamente dentro de la calota del busto-relicario restaurado, en presencia de los obispos y de las autoridades. Posteriormente, el busto fue solemnemente coronado por el cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede y legado pontificio enviado por el Papa León XIV para las celebraciones del centenario.
El acontecimiento tuvo, por tanto, una fuerza simbólica extraordinaria: después de la restauración, la cabeza de la mártir volvió a ocupar su lugar dentro del busto que desde hace siglos presenta su rostro a los fieles de Catania. No se trató simplemente de guardar nuevamente una reliquia, sino de hacerlo exactamente en el aniversario de aquel 17 de agosto de 1126 en que, según la tradición histórica catanesa, Gisliberto y Goselmo devolvieron a Catania las reliquias de su patrona después de su permanencia en Constantinopla. Por eso las celebraciones de este año fueron excepcionales y el 17 de agosto adquirió una solemnidad que difícilmente volverá a repetirse en las mismas circunstancias.
En Catania nadie adoró el cráneo de Santa Ágata como si fuese una divinidad. La Iglesia lo custodió, restauró dignamente el relicario que lo contiene, lo expuso a la veneración y finalmente lo restituyó solemnemente a su lugar porque ese cráneo perteneció a una mujer real que entregó su cuerpo y su vida por Cristo en el martirio. La reliquia remite, por tanto, a Santa Ágata; y ella remite a Cristo, por quien murió; y toda la veneración termina dirigiéndose a Dios, autor de la santidad.
Finalmente, un católico puede sentir mayor o menor afinidad personal por la veneración de las reliquias; sin embargo, esto es distinto de rechazarla como si fuera idolátrica, supersticiosa o contraria a la fe, pues la Iglesia reconoce legítimamente la veneración de las reliquias como parte de su antiquísima tradición. Ya entre los primeros cristianos encontramos testimonios muy claros: hacia el año 156, después del martirio de san Policarpo de Esmirna, su comunidad recogió sus huesos, «más preciosos que las piedras preciosas y más estimados que el oro», y los depositó dignamente para reunirse allí a celebrar el aniversario de su martirio (Texto original del Martirio de Policarpo, 18); asimismo, desde los primeros siglos las tumbas de los mártires se convirtieron en lugares de oración y celebración de la Eucaristía. Esta práctica concuerda además con la Escritura, que presenta a Dios obrando incluso mediante los huesos de Eliseo (2 Re 13,20-21) y objetos que habían estado en contacto con san Pablo (Hch 19,11-12). Por eso, nadie está obligado a tener una devoción particular a una reliquia, pero un católico debería distinguir sus preferencias devocionales personales de la doctrina y tradición de la Iglesia: puede legítimamente no sentirse atraído por esta forma de veneración, pero no sería correcto condenarla en sí misma como contraria al cristianismo, cuando pertenece a una práctica antiquísima que la Iglesia ha recibido, discernido, custodiado y continúa proponiendo legítimamente a los fieles.
+ Bendiciones
P. Luis Alfonso Ayala Mazariegos
Arquidiócesis de Santiago de Guatemala