04/12/2022
Mínimo de hipocresía vital
El mundial me atrapó. Ya mis jornadas productivas se redujeron. Pienso en resultados, sueño con goles, hago apuestas, hablo con extraños de momento; celadores, policías, lavacarros, domiciliarios y taxistas, sobre resultados y sorpresas de la fecha.
Hoy, por ejemplo, me detuve al final de una reunión laboral a ver cuánto iba Uruguay vs Ghana. Me alegré en voz alta de la victoria parcial uruguaya, con este hálito guevarista trasnochado de que Latinoamérica gane el mundial, de que en la ficción del fútbol el chico le puede ganar al grande. A lo que mis compañeras me reprocharon por "apoyar a ese mundial corrupto". O sea, verlo era ignorar a los trabajadores mu***os, las represiones a los derechos humanos y la población LGBTIQ+. Tenían la razón. Tienen todas las razones sobre la porquería de Catar. Igual que la gente vegana en su permanente evangelización.
Sin embargo, tan pronto se fueron, me devolví excitado al TV del pasillo, a ver el remate del partido, que, en este mundial gracias al enorme tiempo adicional, se ha vuelto el tramo más interesante de ver. Todo está pasando los últimos 20 minutos.
Entonces, sentado en un banquito improvisado, un poco a escondidas, mientras veía con la pantalla con el rabillo del ojo, pensé en que se necesita un mínimo vital de hipocresía para ser feliz, en que la coherencia de monje de abadía es una promesa delirante. Qué carga enorme ser abstemio, célibe, fit, ecológico, deconstruido y activista todos los días, 24 horas, ininterrumpidamente. Nos quedan solo los sueños para ser libres y sin culpa. Y eso, porque ahí estamos dormidos y las pesadillas son formas raras de esas represiones y miedos. P**a, ya me perdí el final del partido por estar escribiendo esto. Uruguay quedó por fuera al último minuto. ¿No les digo?