16/03/2020
Relato III - CONFINAMIENTO.
(I).
Despertar en sus orillas como en aquella tarde de invierno, con un lamento que martillea como fieras olas las entrañas. Atrapándome en las garras de la desdicha que me sospecha sola, a pesar de no haberme contemplado nunca abandonada. Condenándome a ver a lo lejos el desconocido placer por la vida que se enfrenta en cada mañana, aunque siempre me es tan ajeno. Porque el sueño me pude con su derrota, con sus lágrimas rotas de tanta calma y misericordia. Y grita en silencio, susurrando mi nombre. Ahogando mi llanto con las temibles carcajadas que envuelven al que se ve desnudo ante el odio, ante el desengaño de la maldad y las miradas asesinas de los que destripan a un mentiroso.
Y tal vez yo sea el sueño, que iracundo avanza en la niebla. Tiniebla en sombras que aborrece el desconocimiento de cualquier causa, siendo errante y maldita. A veces innecesaria pero siempre tan precisa. Presentándose abundante en los temores que murmuran desde la soledad de mi habitación. Mostrándose siempre al acecho, mientras el candor de una dulce llama que danza alrededor de mis ruinas, las abraza. Demostrándome que el miedo es menos miedo cuando la culpa no te pesa, cuando el odio no te abrasa y cuando en el silencio te logras ver completa.
De este modo el fuego comienza a alzarse incorruptible desde mi propio centro, haciéndome reconocer las sombras que me rodean. Las cuales bailan para huir temerosas de su propia quema. Pero sin ser jamás capaces de llegar a convertirse en cenizas. Porque en ningún momento la propia luz nos aleja de la oscuridad que nos moldea, pero al hacernos conscientes de los monstruos que nos visten con desesperación, ellos empequeñecen. Juego de claroscuros que conforman el alma. Convirtiéndome, de este modo, en una niña que solo juega con sus extremos para comprenderse. Dejando atrás todos los miedos que en mí misma propago. Pero esta vez permitiéndome afrontarlos.
@ Zaragoza Ciudad, Aragón - España