03/05/2026
Cuentan las viejas leyendas que, cuando la noche se posa sobre el antiguo cauce del Turia y las acequias susurran secretos de otro tiempo, incluso los ángeles caídos encuentran su reflejo en el agua…
Bajo esa noche tibia, donde el río ya no es río sino memoria, laten aún las antiguas acequias, venas abiertas por manos de sabios y labradores, herederos de un tiempo en que la tierra obedecía al ritmo de las estrellas.
Aquella noche, entre el murmullo líquido y la piedra iluminada, descendió él.
No cayó como cuentan los libros, envuelto en fuego y castigo. No. Cayó en silencio. Como caen las hojas cuando el otoño decide escribir su propio evangelio. Luzbel, el portador de la luz, se posó junto a las musas de agua, esas figuras eternas que ignoran el paso de los siglos y repiten, una y otra vez, el gesto de dar vida.
Sus alas, negras como la noche primera, rozaron el estanque. Y el agua —que lo recuerda todo— tembló.
—También tú fuiste corriente —parecieron decir las acequias—. También tú llevabas vida.
Luzbel observó las figuras: cuerpos de piedra que, sin embargo, daban más vida que muchos hombres. Ironía antigua. Castigo perfecto.
En tiempos remotos, cuando los dioses aún discutían sobre el destino de los mortales, él cuestionó el orden. No por soberbia, como repiten los cronistas, sino por duda. Y la duda, en los cielos, pesa más que el pecado.
Por eso cayó.
Pero allí, junto al antiguo cauce del Turia, comprendió algo que ni los dioses supieron prever: que la caída no siempre es condena. A veces, es descenso hacia lo esencial.
Se inclinó, tocó el agua.
Y por un instante —breve, imposible—, sus alas no fueron sombra, sino reflejo.
Las acequias siguieron su curso. Las musas, su gesto eterno. La ciudad, su vida.
Y Luzbel…
Luzbel entendió que incluso un ángel caído puede convertirse en guardián de aquello que fluye, de aquello que resiste, de aquello que, pese a todo, sigue dando vida en la tierra de los hombres.