28/01/2026
Defender que los niños puedan ir a los toros es, ante todo, defender su libertad y su derecho a conocer, elegir y construir su propio camino. Los niños no son propiedad del Estado ni un proyecto ideológico que deba moldearse desde los despachos. Son personas en formación, sí, pero también son el futuro de nuestra sociedad, y ese futuro solo puede ser fuerte si se basa en la libertad, la cultura y el respeto a las ilusiones individuales.
La tauromaquia forma parte de la historia, la tradición y la identidad cultural de muchas familias. Para muchos niños, acudir a los toros no es una imposición, sino una vivencia compartida con sus padres y abuelos, una experiencia que despierta admiración, vocación y sueños. Prohibirles el acceso no es protegerlos: es privarlos de la posibilidad de conocer una realidad cultural que, les guste o no en el futuro, deberían tener derecho a entender por sí mismos.
El gobierno no puede ni debe imponer qué ilusiones son válidas y cuáles no. No puede decidir qué tradiciones merecen ser vividas y cuáles deben desaparecer a base de prohibiciones. Educar no es censurar, y proteger no es encerrar. La verdadera educación consiste en acompañar, explicar y permitir que los niños desarrollen criterio propio, no en cortar de raíz aquello que no encaja en una visión política concreta.
Si queremos niños libres, responsables y capaces de luchar por sus sueños, debemos permitirles conocer el mundo en toda su complejidad, sin miedos ni dogmas impuestos. Porque ellos son el mañana, y un futuro sin libertad no es progreso: es retroceso