28/04/2020
El tiempo es impredecible en estas latitudes, un factor imprevisto que siempre tienes que tener en cuenta. En ocasiones te retrasan las operaciones, esperando en el hotel a que cesen las tormentas o pase la cola de un huracán, y en otras, como mi último trabajo en Panamá, favorece el desenlace final.
Llevaba toda la noche camuflado en los tejados de los edificios que enfrentaban con el objetivo, diluviaba de forma torrencial, tapado en mi capote ladrillo pasaba la tensa espera aguantando los avatares del viento y del agua. El rifle, perfectamente preparado y cubierto en su funda del piel impermeable, aguardaba su momento de gloria. Las calles vacías, siempre es mejor trabajar sin público, sumideros desbordados convertían el asfalto en ríos sin retorno. En este oficio las esperas se hacen eternas, no son fáciles de llevar a pesar de las horas de vuelo, repasar el plan una y otra vez hasta el más mínimo detalle, calcular la velocidad del viento, la visibilidad en la lluvia. Me encanta fumar pero nunca en horario laboral, los restos de una colilla han quitado de circulación a más de uno. Era mi último trabajo, solo yo lo sabía, y eso me daba fuerza. Era un golpe solitario, imprevisible e inesperado, que por audaz no tenía más riesgos que otros que me han tocado lidiar en la profesión. Encaramado en aquellos viejos tejados soñaba con mi nueva vida lejos de aquel universo criminal al que debo todo lo que soy, imaginando un mañana sin sombras ni cadáveres colgados.
El cortejo se hizo esperar, supongo que los problemas de tráfico serán caóticos bajo la lluvia torrencial. Tres coches, tanques blindados en Estados Unidos a prueba de misiles y bombas, y el objetivo en el primer vehículo. Aparcaron frente a la sede el dos y el tres, cuatro hombres saltaron en marcha más preocupados de colocarse bien los impermeables que de vigilar el cielo, acercándose al coche principal. Lo tenía todo en el punto de mira, esperando el instante mágico. Se abrió la puerta, primero un guardaespaldas. El grupo de cuatro vigilaban en todas las direcciones, sin cerrar filas. Nadie mira hacía arriba con la que estaba cayendo. Salió el paquete, afirmativo, se puso derecho mientras se acercaba un segundo paraguas. Tiempo suficiente para enviar dos regalos; el primero le acertó en la frente, el segundo le atravesó el corazón. Gritos, disparos sin destino. El caos se había apoderado de la guardia pretoriana. El más listo de la clase miró a los tejados de enfrente. Tuve que disparar y aparcarlo, no estaba previsto, ahora lo llaman daños colaterales. Apunte hacía una papelera cercana a la puerta de la sede bancaria, una explosión rompió los cristales de medio barrio, y una segunda, hizo volar por los aires dos coches aparcados en frente. El humo, el fuego sobre la lluvia. Hora de marcharse. El objetivo permanecía tendido en el mojado suelo. Más hombres armados salían del edificio. Los vecinos salían a las ventanas. Una tercera explosión les quitó la vocación de reportero de sucesos.
Desmonte el arma mientras corría tejado arriba, arrojando los fragmentos por las salidas de humos. Alcancé las escaleras, saqué la pi***la, y sin quitarme el pasamontañas y el traje caqui corrí. Era un inmueble antiguo de cuatro plantas, gente mayor que no quiere problemas. Sin salir del portal miré la calle. Libre. Un coche con la luces encendidas y los parabrisas a pleno rendimiento esperaba mi llegada. André arrancó sin darme tiempo ni a saludar. Me dio una bolsa donde metí los guantes, el pasamontañas, botas y el traje caqui. Me puse la ropa que me tenía preparada. Ligera y rápida para ocasiones apuradas. Nos cruzamos con media dotación de la policía panameña, que aullaban con sus sirenas en sentido contrario. André se adentró en la ciudad antigua, desbrozando con suavidad por callejas y cataratas de agua. Alcanzó una antigua fábrica en ruinas, abriendo la verja metálica con un mando. Aparcó el coche en un cubierto, corrió a desplegar una lona en mitad del patio, descubriendo un helicóptero con pegatinas del ejercito. Cuando me hizo la señal de que todo funcionaba, salí del coche.
-¿Podrás volar?,-le pregunte sabiendo la respuesta.
- Cuando te he dejado colgado en una fiesta, respondió André, sin dejar de mirar la lluvia.