19/08/2026
Durante quince años ningún coche japonés pasó de 280 CV. Y no había ninguna ley que lo prohibiera.
Empecemos por el principio: a finales de 1988, con Japón en plena burbuja y más de diez mil mu***os al año en carretera, los fabricantes se sentaron y firmaron algo que no firmó ningún gobierno. Toyota, Nissan, Honda, Mazda y Mitsubishi acordaron que nadie anunciaría más de 280 CV en el mercado interior. A eso sumaron un limitador de 180 por hora en todos los coches. Un pacto de caballeros, sin multas, sin inspecciones y sin una sola línea legal detrás.
Y ahí está la trampa: casi ninguno lo cumplió. El Mitsubishi GTO declaraba 280 CV en Japón y 320 en Estados Unidos con exactamente el mismo motor. Los Skyline GT-R salían de catálogo con esa misma cifra y daban entre 300 y 350 reales en el banco. Supra, RX-7, NSX, Impreza, Lancer Evo. Todos con el mismo número escrito, todos distintos por debajo del capó.
Lo interesante es que ese techo no frenó nada. Lo desvió. Si no podías vender potencia, tenías que vender otra cosa: tracción total, cuatro ruedas directrices, turbos secuenciales, reparto de pesos, motores rotativos. Toda la ingeniería que convirtió a los japoneses de los 90 en leyenda nace de no poder competir en la única cifra que la gente miraba.
El pacto se rompió en 2004. Y no lo rompió un deportivo: lo rompió una berlina, el Honda Legend, con 300 CV declarados. Después vino el GT-R R35 con 480 y ya no hubo vuelta atrás.
Ahora que el JDM está más caro que nunca, la pregunta de verdad es otra: cuál de aquella lista te habrías quedado cuando todavía costaban lo que costaban. Yo lo tengo claro, pero quiero leeros primero.