26/02/2018
Solo soy una mamá que quiere ayudar a romper el silencio. Y decido escribir un libro al morir mi hija y descubrir también que no solo tenía que aprender a vivir sin su presencia, sino que tenía que aprender a convivir con una sociedad que no sabe lo increíblemente esencial que es , para no sumar más desgarro y desconsuelo a este dolor sin piedad. La muerte de los hijos al nacer es tan cruel que comprendo que nos resulte imposible darle una palabra que lo defina, porque rompe todas las reglas de lo que se supone es el curso natural de la vida. Pero por eso mismo la sensibilidad social debería ser extraordinaria en humanidad, llena de empatía y protección ante una desgracia que deja absolutamente vulnerables, en todos los aspectos, a las personas que lo viven. Cada detalle cuenta. Está claro que nada nos va a quitar el dolor punzante que nos atraviesa, pero al menos no suma más dolor, y eso ya es mucho, de verdad que sí. Y empezar por no tener que discutir, nada más morir nuestros hijos, para poder inscribirlos y usar las palabras, las únicas que sí definen lo que somos, sin duda alguna: madre, padre, hija, hijo. Es ahí cuando el peso de su muerte se hace aún más insoportable. ¿Qué ganamos como sociedad, cuáles son las ventajas?, porque yo no las veo. ¿Qué se gana cuando se le niega a unos padres poder decir que son padres? O es que dejamos de ser hijos o hermanos cuando fallecen nuestros familiares. Yo me siento madre no solo por mí sino por ella, por respeto a mi hija. ¿Por qué este vacío tan cruel? Solo suma desgarro y desconsuelo. Es terrible no poder sentirte madre por derecho y que de esa manera nuestros hijos no solo hayan mu**to sino que no han existido. Déjennos al menos usar la palabra, ésta no lleva consigo el desgarro de su muerte, pero si la realidad de su existencia.
Mi Bella durmiente está escrita para acompañar y dar voz al silencio. Ojalá llegue a todos los hogares, donde los días son muy largos y las noches eternas.
Pilar Mena