12/10/2026
ME DESPIDIERON CON TRES MONEDAS Y UN PERRO VIEJO… PERO ÉL SABÍA DÓNDE BUSCAR
Don Rogelio dejó tres monedas en mi mano y me ordenó salir de la hacienda antes del mediodía. A mis setenta y seis años, tenía los tobillos tan hinchados que apenas podía cerrar los botines. Guardián, echado junto a mis pies, levantó el hocico lleno de canas cuando escuchó que Rogelio también quería echarlo.
"Llévate al perro", dijo él, sin apartar la vista de sus documentos. "Ya no sirve para nada."
"Llevo cuarenta años aquí", le recordé. Había cuidado a su madre enferma, criado a su hijo Julián después de que enviudó y cocinado para generaciones de trabajadores. Durante una epidemia pasé cuatro noches despierta para que los peones tuvieran agua caliente y comida. No esperaba que me agradeciera cada cosa. Solo había pensado que, cuando mis piernas ya no resistieran, podría conservar el cuartito detrás de la cocina.
Rogelio alzó la mirada. "Precisamente, Jacinta. Esta propiedad no es un asilo. Puedes llevarte tus cosas, pero quiero el cuarto libre hoy."
Le pedí que me dejara quedarme y ayudar con lo que todavía pudiera hacer. Él volvió a sus papeles. "Eso debiste pensarlo antes de volverte una carga." Cerré los dedos alrededor de las monedas para que no viera cómo me temblaba la mano. Si respondía, iba a llorar frente a él, y no quise darle también eso.
Guardé una muda de ropa, un peine roto, una estampita de la Virgen y una fotografía borrosa de mi madre en mi bolsa de manta. Guardián se puso de pie con dificultad cuando tomé su cuerda. Al cruzar el portón verde de Santa Lucía, seguí caminando sin volverme hacia el cuarto donde había vivido la mitad de mi vida.
San Miguel de los Sauces quedaba a cinco kilómetros. Tardamos casi dos horas. Yo necesitaba detenerme por los tobillos; Guardián se detenía conmigo, aunque la tierra estuviera caliente bajo sus patas. Fui al taller de costura de Martina Ríos, una amiga a la que no veía desde hacía más de veinte años. Estaba barriendo la entrada cuando llegamos.
Martina miró mi bolsa, la cuerda y mi cara. Me hizo pasar sin pedirme explicaciones. Sirvió frijoles con tortillas calientes y esperó a que terminara de comer. Cuando le conté que Rogelio me había echado, abrió mucho los ojos. Yo le mostré las tres monedas, todavía marcadas en mi palma.
"El cuarto del fondo está vacío", dijo.
"No puedo pagarte, Martina."
"Ya encontraremos la manera. Ahora necesitas sentarte."
Esa noche dormí en una cama ajena, dentro de una casa que olía a madera y jabón de lavanda. Guardián se acomodó junto a la puerta. Me desperté varias veces pensando que debía levantarme a encender el fogón de Santa Lucía. Cada vez tardaba un momento en recordar que ya no tenía permitido entrar en aquella cocina.
Durante los días siguientes barrí el taller, ordené hilos y preparé comida. Martina decía que descansara, pero mantener ocupadas las manos me ayudaba a no pensar en lo poco que poseía. Guardián también encontró algo que hacer: todas las mañanas iba a una esquina del huerto, junto a la barda de piedra, y escarbaba entre las plantas.
"Va a destruir el epazote", se quejó Elena, la sobrina de Martina. Fui a apartarlo y le limpié un poco de tierra del hocico. "En la hacienda hacía lo mismo debajo del fresno viejo", expliqué. "Rogelio lo golpeaba para que se alejara, pero siempre volvía." Martina se agachó a mirar el hoyo. Dijo que los perros regresaban a un lugar cuando reconocían un olor o habían aprendido a buscar algo allí.
Guardián tenía un objeto atorado entre los dientes. Se lo quité con cuidado: era un pedazo de tela azul, sucio y endurecido por la tierra. Lo extendí sobre mi falda. En una esquina había una puntada amarilla que conocía muy bien, porque yo misma la había cosido años atrás.
Era parte de la funda donde doña Mercedes, la madre de Rogelio, guardaba sus papeles importantes. No la había vuelto a ver desde que ella murió. Miré a Guardián, que seguía escarbando, y recordé todas las veces que Rogelio lo había apartado del fresno.
¿Volverías a buscar el resto de esa funda? La Parte 2 está en el primer comentario. 👇
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