27/07/2026
Cada verano, al terminar la temporada de conciertos, Gustav Mahler se retiraba entre los lagos y las montañas de Austria para consagrarse por completo a la composición. Necesitaba un silencio absoluto: el menor ruido podía romper su concentración, especialmente si procedía de su propia familia. Por eso mandó construir pequeñas casitas de composición (Komponierhäuschen), donde podía trabajar en completo aislamiento.
Aquellos veranos dieron vida a algunas de sus obras más extraordinarias, entre ellas la Tercera Sinfonía (1895). Mahler afirmaba que aquella partitura era «la naturaleza entera, que encuentra una voz», y concibió cada uno de sus movimientos como un capítulo de la creación: las rocas, las flores, los animales… Aunque antes del estreno decidió eliminar esos títulos, nunca ocultó que el paisaje había sido su principal fuente de inspiración.
Un año después, el joven director Bruno Walter visitó a Mahler en Steinbach. El compositor le mostró los bosques y el lago junto a los que había compuesto la sinfonía. Mientras paseaban, Walter contemplaba fascinado aquel paisaje cuando Mahler, con ironía, le comentó: «No hace falta que sigas mirando. Ya lo he puesto todo en mi sinfonía».