14/04/2026
Iba caminando con las manos en los bolsillos, pensando en cualquier mi**da, cuando levanté la vista justo antes de cruzar la calle.
Y ahí estaba ella.
Al otro lado del semáforo, riéndose de esa forma que yo conocía demasiado bien. Esa risa que antes era mía. Iba agarrada de la mano de un tío alto, con pinta de que nunca le han roto el corazón. Ella lo miraba como si él fuera el p**o centro del universo.
Me quedé congelado en la acera. El semáforo cambió a verde, pero mis pies no se movieron.
Llevaba el pelo suelto como a mí me gustaba, ese abrigo que le regalé en su cumpleaños… y una sonrisa que ya no le había visto en los últimos meses que estuvimos juntos. Iba feliz. De verdad feliz.
Y yo ahí, como un id**ta, sintiendo cómo algo se me rompía por dentro otra vez.
En un segundo pasaron mil cosas por mi cabeza: las noches que se quedó a dormir, las promesas que nunca cumplimos, las veces que me dijo “te quiero” mientras me miraba a los ojos. Todo eso ahora se lo estaba dando a otro.
Ella levantó la vista un segundo y nuestras miradas se cruzaron. Solo un instante. Vi cómo su sonrisa se congeló un poco. Me reconoció.
Pero enseguida apretó más fuerte la mano de él y siguió caminando, como si yo fuera un fantasma del pasado.
El semáforo volvió a ponerse en rojo.
Me quedé ahí parado, viendo cómo se alejaban. Ella apoyando la cabeza en su hombro, riéndose de algo que él le decía al oído.
Y por primera vez entendí de verdad que ya no era mía.
Que su felicidad ya no tenía que ver conmigo.
Dolió como la hostia.
Pero también, en el fondo, me alegré un poco por ella.
Aunque esa pequeña parte de mí que aún la quería… esa se murió un poquito más hoy, en medio de la calle, mientras el mundo seguía avanzando.
AMR