03/08/2026
Hoy celebro, por fin, la libertad.
No porque la opresión haya desaparecido,
sino porque las cadenas, una a una,
He logrado abrir.
Respiro.
Y en ese gesto tan pequeño
cabe un universo entero.
Ya no están.
Ya no pesan.
Ya no nombran mi silencio.
Todo intento de retener
lo que hacía tiempo dejó de pertenecerles
se deshizo entre los dedos,
como arena incapaz de volver a ser roca.
La paciencia fue mi refugio,
mi escudo, mi única arma.
No fue una guerra eterna,
pero sí tan lenta
como la gota que, sin hacer ruido,
termina por partir la piedra.
Estuve a punto de romperme,
de estallar en mil pedazos,
de olvidarme de quién era.
Pero no lo consiguieron.
Porque incluso hecha de grietas,
seguía siendo imposible de vencer.
Hoy te digo adiós
con el puño cerrado
protegiendo el músculo más valiente que tengo.
Que aprendió a latir sin pedir permiso.
No voy a decir que no duele.
Duele.
Pero duele infinitamente menos
que vivir sin aire,
que respirar al ritmo de otro,
que olvidar cómo suena la libertad.
Y si algo he aprendido
es que hay despedidas
que no marcan un final,
sino el primer aliento
de una vida que, por fin,
vuelve a pertenecerte.