09/07/2026
Hoy mi padre habría cumplido 76 años. Murió a los 48. Yo tenía 10. Desde entonces, todos sus futuros han sido míos.
Y desde entonces no he tenido un solo padre. He tenido muchos. Los he ido fabricando a trozos, cosiendo uno con el otro con lo que tenía a mano: recuerdos vagos, fotografías, gestos prestados. Algunos eran atentos, sabían escuchar. Otros eran duros, callados, casi inaccesibles. No. No tengo un solo padre. Tengo una colección de figuras que he ido imaginando con los años. No son homenajes ni fantasmas. Son invenciones, defensas, contradicciones. Padres funcionales, padres lejanos, padres que solo aparecían cuando necesitaba que alguien hablara con autoridad para defenderme de un mundo que no entendía. Todos fueron míos, aunque ninguno era él.
También su voz dejó de pertenecerle. Primero era profunda. Luego, más aguda. Hasta que un día desapareció. Ahora no sabría reconocerla. ¿Cómo suena la voz de un padre cuando se tiene diez años? ¿Esa fue su voz o fue la proyección de lo que necesitaba oír?
Su muerte más allá de una biografía interrumpió una cadena: no tengo padre, no soy padre, no tengo hermanos. No hay descendencia, no hay herencia, no hay patrones. Arranqué mi apellido de cuajo como un diente y sin ceremonia.
Ahora, al recordar su cumpleaños, no pretendo llenar un hueco. No me interesa reparar una ausencia, ni restaurar una figura que se rompió demasiado pronto. Lo que me importa es entender qué se hereda cuando no se hereda nada. Qué tipo de libertad o de desorden nace cuando se corta la cadena. Porque un padre no es solo un padre: es una forma de organización, una estructura, una manera de ordenar el mundo. Y yo, sin eso, he aprendido a mirar desde otro sitio.
Sin embargo, a veces, cuando me descubro hablando a solas en voz alta, hay un ritmo en mis frases, un tono en mi entonación, que me recuerda a alguien. No sé si es memoria o ficción. Pero en esos momentos, por un segundo, vuelve. Y no le pregunto nada. Solo lo dejo estar.