04/10/2024
Esta pintura parece un ejercicio de egocentrismo puro. Aquí estoy, pintándome a mí misma por decimosexta vez. ¿Por qué? Pues, porque mi carrete está lleno de fotos mías. Si tuviera fotos tuyas, a lo mejor te pintaba a ti. Pero si tuviera fotos tuyas, igual deberías preocuparte y preguntarte qué está pasando aquí.
He pasado tres semanas sola, con la única obligación de trabajar, sin más alternativa que observarme a mí misma. En ese tiempo, he sentido curiosidad por mis actos y emociones, sorprendiéndome al enfadarme sin razón y riéndome de lo absurdo. Decidí volver a pintar, sin saber, inocente de mí, que se convertiría en una tortura.
Cada vez que miraba lo que estaba pintando gritaba por dentro. Los colores estaban demasiado amalgamados. A mi me gustan las manchas, de esas que dan personalidad y carácter a la pintura. Llevaba tres meses sin tocar un pincel, demasiado ocupada bailando samba y bebiendo caipirinhas en Río de Janeiro. Así que, al ponerme a pintar de nuevo, la pregunta: “¿Y si ya no sirvo para esto?” me abofeteó. Ahí estaba yo, pincel en mano y con tres meses sin pintar sobre los hombros, convencida de que mi carrera artística había terminado para siempre. La puñetera caipirinha.
Repetí el cuadro. Y en cada intento parecía que la cosa iba a peor. Luego vino el gran clásico: “Has dejado de ser creativa; mejor deja de pintar y dedícate a otra cosa”, porque claro, es lógico pensar que si fallas en un cuadro, tu única opción es dejar de pintar para siempre. Pero AJÁ! No me detuve ahí. Eso es de primerizos. Aproveché el momento para castigarme por un sinfín de cosas que no tenían absolutamente nada que ver. Cosas como: ¿Por qué he malgastado todo mi dinero en vuelos impulsivos? ¿Por qué respondí así a mi madre en 2015? ¿Por qué a veces me comporto como si fuera Buda Siddhartha Gautama, soltando sabiduría a desconocidos en un bar? ¿A quién demonios estoy tratando de impresionar?
👇🏻sigo dando la turra abajo