11/06/2026
Hay un rumor bajo la tierra,
una voz suave y serena,
que conoce el nombre del barro
y el secreto de dónde se encuentra.
Escucha la noche con quien madruga
antes que despierte el día,
y baja al encuentro del barro,
con respeto y sabiduría.
No busca riquezas,
ni coronas de grandeza;
busca la humilde sustancia
con la que él sabe dar forma a la tierra.
Porque el barro guarda la lluvia,
el volcán, el viento, la sal, el agua y la arena,
y en las manos del artesano se van convirtiendo
en hermosas piezas.
Que nadie diga que es pequeña ni insignificante
la labor del viejo alfarero;
él sostiene con sus manos
un puente entre ayer y el mañana, con el agua, el barro y el fuego.
Y cuando su obra ya terminada descansa
sobre una mesa, una estantería o en cualquier otro lugar,
la tierra misma sonríe
al verse convertida en arte.
Si el barro pudiera hablar,
diría el nombre que la tierra guarda;
si la tierra pudiera cantar,
entonaría la voz del alfarero que la amasa.
Y mientras haya manos que amasen la tierra,
con memoria, valor y esperanza,
ninguna tradición estará perdida,
porque el fuego, el agua y la tierra nunca descansan.
Pobre de mí, que no busco poder ni fama, solo lucho porque
nunca desaparezca la alfarería tradicional canaria.
Van quedando pocas voces que griten, porque si se escuchan
es pecado y se van dejando aisladas y olvidadas de los dioses
del Olimpo. Esos que hablan y hablan.
No hay peor veredicto que ser rebelde en solitario, ni hay peor calvario
que te mientan en tu cara.
Así seguirá el alfarero canario,
frente al tiempo y la marea,
levantando con sus manos el barro y manteniendo
con esperanza , la casa invisible de su herencia.