14/05/2026
Muchas veces, en sesión, cuando invito a la persona a seguir el impulso de su cuerpo —después de compartir emociones difíciles, sensaciones incómodas o situaciones de mucho dolor—, el cuerpo la lleva a un lugar que observo repetitivamente: recogerse. Hacerse pequeña. Cerrarse.
Y al explorar juntas ese gesto, esta postura corporal, ese lugar físico y emocional, suele aparecer algo muy profundo: una sensación de no valer, de no ser suficiente, de estar “mal” por ser quien una es.
Debajo de todo eso, muy frecuentemente encontramos una de las culpas más profundas que existen:
la culpa de no haber sido quien mamá, papá o las figuras parentales necesitaban, esperaban o intentaron moldear.
Y también la culpa de sí ser quien realmente somos.
Esa culpa silenciosa condiciona vidas enteras.
Nos desconecta de nuestros impulsos genuinos, de nuestra verdad, de nuestros talentos, de nuestra vitalidad.
Reconocerla es empezar a dejar de convertirnos en otra persona. Es dejar de abandonarnos para poder pertenecernos.
Y ofrecer al mundo lo que genuinamente tenemos para ofrecer.
En junio vamos a mirar todo esto juntas.
A darle espacio, cuerpo, conciencia y transformación. ✨
Si sientes que este camino resuena contigo, puedes encontrar toda la información en el link de la bio. 🤍