12/07/2022
CARNE PICADA.
Comenzaba su ronda a eso de la una y media. Primero rebuscaba en los contenedores de la calle Miguel de Unamuno. Luego enfilaba el callejón de los Cautivos, al que daban las traseras de “La dama y el vagabundo”, un restaurante italiano que anunciaba como reclamo su “deliciosa especialidad de pizza con berenjenas”. El caso es que algún incauto la pedía cada día y, por lo general, cada noche el plato acababa en la basura prácticamente intacto. Zacarías no le hacía ascos a las berenjenas. No le hacía ascos a casi nada, la verdad. Pero aquella noche se estaba dando fatal. Las reclamaciones de los operarios municipales del servicio de limpieza habían dado sus frutos, de manera que el camión de la basura comenzó su periplo una hora antes de lo habitual. Uno tras otro, Zacarías solo encontró contenedores vacíos.
Acuciado por el hambre, el anciano recordó que habían abierto un nuevo Burguer en la plaza Dos de Mayo y decidió probar suerte. Cuando llegó serían las tres de la madrugada pero el establecimiento aún no había echado el cierre. Se sentó en un banco de madera y esperó. Al poco bajaron las persianas y apagaron las luces. Dos tipos salieron por la puerta trasera cargando una gran bolsa de basura que intuyó bastante pesada pues tenían que manejarla entre ambos con no poco esfuerzo. A pesar de ello, no arrojaron su carga al contenedor más cercano sino que la transportaron hasta los depósitos de un centro comercial situado a unos cien metros. Acto seguido, un todoterreno negro enfiló la calle, recogió a los hombres y se alejó por el bulevar en dirección sur.
Zacarías no perdió comba. Se encaminó al lugar y pronto localizó lo que buscaba. Sacar aquello no iba a ser sencillo. Empezó metiéndose dentro del contenedor y, apoyando la espalda en la pared de plástico, puso su cuerpo en cuclillas para ejercer toda la fuerza de tracción con las piernas. Tiró de la bolsa con toda su alma pero fue inútil. Ap***s logró levantarla unos centímetros. El enorme esfuerzo, sumado al hambre, lo habían dejado exhausto; así que decidió cambiar de estrategia. Tomó “prestado” un carro del supermercado y lo acercó al contenedor. Se introdujo de nuevo en él y rasgó la bolsa para poner al descubierto su contenido. Carne picada. Bandejas de corcho blanco envueltas en plástico transparente. Cada una debía pesar medio kilo y allí había más de cien. Eran, como poco, cincuenta kilos de preparado para hamburguesas. Si los colocaba al día siguiente en el barrio podía meterse un buen bajo en el bolsillo. No le costó mucho tiempo llenar el carro. Luego, cubrió la mercancía con el plástico negro de la bolsa y se marchó.
En el camino de vuelta a su chabola tuvo la incómoda sensación de que los perros callejeros lo seguían. Parecían vigilarlo, le salían al encuentro en cada esquina, se paraban a una distancia prudente y no dejaban de mirarlo con gesto amenazante. Alguna vez se detuvo para intentar ahuyentarlos. Les tiró piedras y les gritó, pero los animales siguieron tras el todo el trayecto. Cuando por fin llegó al suburbio estaba amaneciendo. Al entrar a su covacha lo recibió ese familiar olor a rancia podredumbre. Olor de hogar, se dijo. Aunque estaba muy cansado, sabía que el hambre no lo dejaría dormir, así que sacó una de las bandejas del carro y la abrió. La carne parecía en buen estado. Tomó una pequeña porción de aquel grasiento amasijo con los dedos y se la metió en la boca. La masticó, la saboreó, dejó que su suave y untuosa consistencia se pegase al paladar y, finalmente, la tragó. No sintió asco. Es más, al instante se encontró reconfortado. Así que tomó otra porción y siguió comiendo.
-…-
Cuando despertó debía ser mediodía. Se sentía cansado y hambriento. Al instante recordó lo acontecido la noche anterior. Miró hacia el lugar donde había dejado la mercancía. El carro de la compra seguía allí pero vacío. Aquello era un desastre. Todas las bandejas de corcho esparcidas por el suelo. Había carne picada por toda la chabola. En el piso, mezclada con tierra y basura, pegada a las paredes, en el techo, sobre la silla, la mesa y la cama. De pronto, un escalofrío lo recorrió. Allí donde las sombras se espesaban, creyó entrever algo que se movía. -Un perro.- se dijo. Lentamente, metió la mano bajo el jergón y fue palpando hasta encontrar la barra de acero que le servía de arma defensiva. La aferró con fuerza y, empuñándola ahora sobre su cabeza, se irguió. Poco a poco se fue acercando a la misteriosa figura que, silenciosa, se retorcía en la semioscuridad. A punto estaba de descargar el primer golpe cuando algo lo detuvo. Fue una intuición más que una certeza. Aquello no era un perro. Bajó la palanca e intentó acomodar su visión a la penumbra. El intruso retrocedió sin emitir sonido alguno hasta ovillarse en la esquina más oscura de la chabola. Zacarías dejó resbalar la barra metálica entre sus dedos cuando dos ojos amarillos prendieron como antorchas en mitad de la noche. Un terror frio le hizo retroceder hasta caer de espaldas en su camastro. Pensó en salir corriendo de allí pero ya era tarde. La gran debilidad del vagabundo era su curiosidad. Muchas veces lo había metido en problemas y más de una vez había sufrido dolorosamente sus consecuencias, pero cuando se apoderaba de su ser era tan ineludible, tan acuciante como la sed del borracho. Así que se levantó de nuevo para acercarse más y más a la figura que ahora parecía temblar en el sombrío rincón. Zacarías mostraba las palmas de las manos en alto. –Tranquilo.- repetía con cada paso. Se encontraba a menos de un metro de la criatura cuando, de repente, dio un gran salto y se plató en medio de la estancia. Un haz de luz puso al fin al descubierto su misteriosa naturaleza. El pelo rojo ardía en ensortijados rizos sobre la pequeña cabeza, las pupilas centelleaban con extraños reflejos ambarinos, la cara blanca y pecosa llevaba pegados junto a la boca varios trozos resecos de carne picada. La niña miraba fijamente al vagabundo.
-…-
Zacarías seguía absorto a la niña que desnuda deambulaba, libre y confiada, tocándolo y olisqueándolo todo. Aunque entendía que se había comido toda la carne picada, la chica parecía hambrienta. Sus ojos amarillos lo miraban de cuando en cuando interrogándolo. El vagabundo le ofreció un paquete de galletas rancias que la cría devoró al instante. En un santiamén la pequeña acabó con las pocas existencias de su anfitrión. Zacarías rebuscó en una gran caja de cartón junto a la cama. Una camiseta gris y unos pantalones cortos de tergal fueron las prendas más pequeñas que encontró. Se las mostró a la invitada cómo pidiendo su aprobación. Ella se acercó para olfatearlas y así se produjo el primer contacto físico entre ambos. La niña aceptó de buen grado el tacto del viejo y se dejó vestir. Su pelo, de un rojo terroso, contrastaba bruscamente con el gris sucio de la camiseta. El pantalón hubo de ser sujetado a su cinturita con una cuerda de nylon. Unas viejas chanclas de goma azules completaron la pobre indumentaria. La pequeña observaba sus ropajes con gesto curioso. Ningún sonido había escapado de su garganta ni ella había realizado gesto alguno que delatase la intención de hablar. Finalmente, Zacarías la puso frente a un espejo. La niña hizo un ademán de sorpresa al descubrir su imagen, como si nunca hubiese estado ante su propio reflejo. Luego, se acercó despacio y, tras tocar la pulida superficie del cristal, por primera vez sonrió.
-…-
Estaba de pié junto a la puerta de la iglesia con su pálida manita extendida. Del interior del templo comenzaban a salir los feligreses. Todo el que reparaba en la pequeña era incapaz de no abandonar tres o cuatro monedas en su palma. Ella los miraba con una sonrisa tan blanca como las nubes del paraíso. No necesitaba dar las gracias. Ningún católico decente podría resistirse a semejante candidez. Cuando el sagrado recinto se vació de almas caritativas, Zacarías se acercó a la niña. En diez minutos había recaudado más que él en una semana. Un cura gordo vestido con sotana abordó a la pareja. Con gesto altivo y dirigiéndose al viejo, le preguntó.
-¿Es tu hija?
-Sí.
-¿Y no te da vergüenza ponerla a pedir?
Zacarías apretó el puño en el que guardaba el dinero al tiempo que, bajando la cabeza, adoptó la ensayada postura del desvalido. Pero el párroco no mostró compasión alguna sino que, dando un paso decidido, cerró su manaza alrededor de la muñeca del pobre y apretó con la fuerza de una tenaza.
-Dame.
Zacarías abrió el puño y el cura se apropió de sus ganancias.
-Este dinero le pertenece a la iglesia. ¿Qué has hecho tú para merecerlo?
El vagabundo aceptó su mala suerte con resignación y, cogiendo a la niña de la mano, se dio la vuelta para marcharse.
-Y como vuelva a veros por aquí llamaré a la policía.
Zacarías tiraba de la niña pero ella se negaba a moverse. No había pasado un minuto desde que el clérigo entró de nuevo cuando la pequeña arrastró a su compañero al interior de la iglesia. Aún perduraba en el frio recinto un vago olor a incienso. El anciano seguía a la niña sin adivinar su intención. Cruzaron la nave central para detenerse frente al altar. Sobre el retablo de madera un Cristo crucificado los observaba fijamente. La pequeña sorteo el altar, pasó junto a la cátedra y se detuvo ante el sagrario. Lo observó un momento y luego intentó abrirlo. El viejo no podía creer lo que estaba viendo. Tras varios intentos, la niña logró su objetivo, introdujo las manitas en el sagrado depósito y extrajo un cáliz dorado que, lleno, bien podía contener un litro de vino. No obstante, la operación no fue realizada sin ruido, de manera que el orondo sacerdote apareció al instante. Al contemplar a la niña en posesión de la más valiosa reliquia de la parroquia, el cura se abalanzó sobre ella gritando amenazante.
-¡Deja eso en su sitio, ladrona!
Comenzaron a forcejear por el recipiente de la sangre de Cristo. La chiquilla se resistía con sorprendente fuerza y valor. Incapaz de arrebatarle el cáliz a tirones, el sacerdote empezó a golpearla. -¡Suéltalo, pequeña bruja!- le espetaba al tiempo que descargaba su puño con feroz violencia sobre la roja cabecita.
-¡Déjala! ¡No le pegues!
Zacarías fue el primer sorprendido al escuchar las palabras que, en voz muy alta, salieron de su boca. El vagabundo trató de interponer su cuerpo entre el furioso portavoz de Dios y la pequeña pelirroja. Entonces, el sacerdote, desentendiéndose de la niña y del cáliz, la emprendió a puñetazos con el anciano hasta hacerlo caer. Ya con su oponente en el suelo, comenzó a patearlo sin miramientos. Los gruesos zapatones de cuero negro impactaban en la cabeza, en la cara, en el estómago, en el pecho y la espalda del viejo que, sobre el frio suelo de mármol, recibía la lluvia de golpes cada vez más desmadejado, más desvalido. -¡Cabrón! ¡Hijo de p**a!- gritaba el clérigo fuera de sí, el rojo rostro bañado en sudor, los ojos desorbitados inyectados en sangre, la boca espumeante, los puños apretados hasta poner blancos los nudillos, sin dejar de pisotear el maltrecho cuerpo que se ofrecía a su furia cada vez más indefenso, cada segundo más entregado a su suerte. Que estúpida manera de morir era aquella, pensó Zacarías. En una iglesia y machacado a pisotones por un cura. Pero, de repente, como para la tormenta de verano, la paliza se detuvo. Desde el suelo, el vagabundo buscó titubeante a su agresor. Al girarse, encontró la sebosa cara del párroco a escasos centímetros de la suya, pegada a las frías baldosas de mármol, la mirada fija y un creciente charco de sangre bajo ella. Antes de perder la conciencia, el anciano creyó ver a la niña, envuelta en un halo de blanca luz, derramando el vino rojo del cáliz en generosa ofrenda a todos los dioses.
-…-
Cuando volvió en sí estaba en su cama. Había manchas de sangre y sudor por todo el colchón. Tenía la mente embotada y un terrible dolor de cabeza. En realidad, le dolía todo. No había un centímetro cuadrado de su piel que no sintiera la punzada del daño. La luz del mediodía se colaba en haces afilados por las grietas de la puerta. Era su chabola, su casa, pero todo le parecía diferente. El calor húmedo del cuartucho, la oscuridad veteada de reflejos ambarinos, el olor a insana podredumbre, el aire, tan espeso que parecía a punto de licuarse. A duras p***s se incorporó. Lo primero que llamó su atención fue un grueso cáliz dorado que reposaba en el centro de su humilde mesa de pobre. La copa, que parecía irradiar su propia luz, tenía algo de cosa viva, latente. Un no sé qué sin sonido le hizo desviar la vista hacia el lugar más oscuro de la estancia. Allí se movía, entre un montón de bandejas abiertas de carne picada. Zacarías buscó instintivamente la barra de hierro bajo el colchón y, sujetándola sobre su cabeza, se fue acercando despacio al rincón en cuya negrura ardían ahora dos pupilas amarillas.
-Un perro.- se dijo.