13/04/2025
El Eco del Bisonte
Se sentó al pie del árbol como quien vuelve a casa. El sol se filtraba entre las ramas secas, y el viento arrastraba el silencio antiguo de la tierra. No venía a buscar respuestas, sino a escuchar.
Su brazo derecho, marcado con los bisontes de Altamira, no era solo un tatuaje: era una ofrenda. Cada línea evocaba el aliento de los primeros hombres, cada curva, el latido de los que pintaron en la oscuridad con fuego, sangre y fe.
Cerró los ojos. Del otro lado del tiempo, alguien lo observaba.
Un hombre de piel curtida, cubierto de pieles y ceniza, lo miraba desde una cueva iluminada por brasas. Estaba en la misma postura, con la misma calma. En su muro de piedra, los bisontes danzaban como espíritus guardianes.
No hablaron. No hizo falta. El tatuaje vibró levemente, y los animales comenzaron a cruzar el umbral: de la piel al pigmento, del presente al pasado.
Entonces comprendió: no era el primero, ni el último. Era solo un eco más, resonando en la cueva infinita de la memoria humana.
Y en ese instante, el hombre y el bisonte volvieron a caminar juntos