27/08/2026
Gutiérrez Arenas convoca a Bach en el faro de Santander
El chelista interpreta la integral de las Suites para chelo de Bach en una "sesión de espiritismo" que conmovió al público del Festival Internacional cántabro.
El Confidencial - Rubén Amón
“El faro de Cabo Mayor se prestaba al equívoco. A las nueve de la noche, cuando el sol empezaba a retirarse sobre Santander y el Cantábrico adquiría esa gravedad mineral que precede a la oscuridad, el Festival Internacional había convocado al público para escuchar a Bach. La escena tenía algo de ceremonia clandestina. Un grupo reducido de espectadores, un violonchelo de tres siglos, el mar detrás y un intérprete dispuesto a desaparecer dentro de la música. Faltaba una mesa que levitara para que pudiéramos hablar propiamente de espiritismo.
No hizo falta. Adolfo Gutiérrez Arenas ejerció de médium en trance durante dos noches y Johann Sebastian Bach compareció con una puntualidad sobrenatural. La integral de las seis Suites para violonchelo se convirtió así en unrito iniciático, favorecido por la singularidad del lugar y por el estado de sugestión de quienes habían acudido hasta el faro. Conviene desconfiar de la escenografía cuando compite con la música. Aquí sucedió lo contrario. El paisaje no ilustraba a Bach. Lo prolongaba.
También porque estas suites contienen una extraña paradoja. Fueron escritas para un solo instrumento y, sin embargo, nunca parecen estar solas. El violonchelo insinúa armonías que no toca, convoca voces que no existen, organiza arquitecturas enteras a partir de cuatro cuerdas. Bach compuso una polifonía virtual que exige al intérprete algo más difícil que la destreza. Tiene que persuadirnos de que escuchamos lo que físicamente no está sonando, involucrar la idea misma del misterio.
Gutiérrez Arenas lo consiguió con una autoridad extraordinaria. Su virtuosismo carece de exhibicionismo y su hondura no necesita impostar solemnidad. La técnica aparece subordinada a una idea musical muy consciente, a una administración del arco que permite ensanchar o adelgazar la materia sonora, modificar su temperatura, hacerla áspera, sedosa, aérea, expresionista o terrenal. El Francesco Ruggieri de 1673 dejó de comportarse como un objeto inanimado. Fue una voz humana, un coro de voces, un órgano de Leipzig y, en los pasajes más recogidos, la plegaria de un ermitaño que hubiera elegido Cabo Mayor para negociar con Dios.
El virtuosismo de Gutiérrez Arenas carece de exhibicionismo y su hondura no necesita impostar solemnidad
La primera sesión reunió las Suites primera, cuarta y quinta. La segunda completó el itinerario con la segunda, la tercera y la sexta. El orden evitaba la pedagogía cronológica y favorecía los contrastes. Desde la familiaridad luminosa del Preludio de la Primera hasta la severidad de la Quinta, desde la introspección de la Segunda hasta la expansión casi orquestal de la Sexta, Gutiérrez Arenas hizo perceptible que la integral no consiste en repetir seis veces una misma fórmula. Cada suite propone un carácter, una respiración y una manera distinta de ocupar el silencio y el mundo.
Fue especialmente reveladora su relación con los registros graves. El sonido descendía entonces hacia una zona telúrica y parecía provenir menos del instrumento que del propio acantilado. El efecto podía atribuirse a la acústica, a la noche o a la predisposición de un público ya entregado a la hipnosis. Importaba poco. La música también sucede en la imaginación de quien la escucha. Y pocas veces resultaba tan evidente como en Cabo Mayor, donde cada resonancia parecía encontrar una prolongación en el aire y cada pausa adquiría la densidad de una pregunta.
La música también sucede en la imaginación de quien la escucha. Y pocas veces resultaba tan evidente como en Cabo Mayor
Bach sonaba antiguo y vanguardista al mismo tiempo. Antiguo porque las danzas conservan la memoria de un mundo desaparecido. Vanguardista porque dos siglos largos de romanticismo, modernidad y experimentación no han agotado la radicalidad de esta música desnuda. No necesita orquesta ni aparato. Le basta una línea para sugerir un edificio entero. La austeridad termina resultando opulenta.
Quizá esa sea la razón de la condición metafísica que adquirieron los conciertos. No porque Bach requiera incienso ni porque el faro obligue a la trascendencia. Ocurrió algo más sencillo y más raro. Durante unas horas se suspendió la percepción convencional del tiempo. Las suites avanzaban, el sol desaparecía, el mar se oscurecía y el violonchelo parecía permanecer inmóvil en un lugar anterior a todos nosotros.
Dividir la integral en dos sesiones permitió además que la experiencia conservara una dimensión hedonista. La devoción no derivó en penitencia. Se acudía al faro a escuchar una de las cumbres de la literatura para violonchelo, pero también a disfrutar del sonido, del paisaje, de la proximidad física del intérprete y de esa sensación privilegiada de asistir a algo irrepetible. El Festival de Santander encontró uno de esos acontecimientos en los que programación y lugar terminan confundiéndose.
Al término de la segunda noche, el faro seguía cumpliendo su función. Emitía señales en la oscuridad. También lo había hecho Gutiérrez Arenas. Bach llevaba trescientos años enviándolas.”
https://www.elconfidencial.com/cultura/2026-08-27/bach-suites-violonchelo-cabo-mayor-1hms_4412867/
Iberkonzert. Festival Internacional Santander. Adolfo Gutiérrez Arenas. Juan Carlos Sancho.