04/04/2026
Reflexiones de Semana Santa.
Por El Nahual Acechador.
Es mejor apedrear al compañero que cuestionar el poder.
Condenar a Jesús y dejar libre a Barrabás.
En el escenario cultural se despliega una contradicción que parece heredera de las historias que reviven en cada Semana Santa: el colectivo decide salvar al corrupto, aquel que lo condena a la precariedad, y castigar al bueno, el que trae consigo la posibilidad de redención.
El corrupto encarna la continuidad de lo conocido, aunque ese orden esté cimentado en la injusticia. Su figura representa la costumbre, el miedo a perder lo poco que se tiene y la falsa seguridad de lo estable. El teatro que lo protege se convierte en cómplice de su propia opresión, justificando la mediocridad para evitar el riesgo de lo nuevo. Es la lógica de la resignación: mejor lo malo conocido que la incertidumbre de un cambio que exige valentía.
En contraste, el bueno simboliza la ruptura, la posibilidad de transformación y salvación. Su propuesta exige disciplina, esfuerzo y un salto hacia lo desconocido. Pero en un sector cultural habituado más a sobrevivir que a crear, esa exigencia se percibe como amenaza. La salvación es rechazada porque implica responsabilidad, porque obliga a abandonar la comodidad de la queja y asumir el desafío de la libertad.
El resultado es un espejo cruel: el teatro, que debería ser espacio de liberación, se convierte en escenario de resignación. Se elige al verdugo por miedo al sacrificio, y se condena al salvador por temor a la libertad. La paradoja es doblemente dolorosa: el arte, que en esencia debería abrir caminos, se pliega a la inercia y se vuelve guardián de su propia cárcel.
Este contraste revela una verdad incómoda: muchas veces las comunidades culturales prefieren la continuidad del poder corrupto porque les resulta más fácil adaptarse a la escasez que arriesgarse a la transformación. El bueno, el que trae la salvación, aparece como un intruso que exige demasiado, que desnuda las carencias y obliga a enfrentarlas. El corrupto, en cambio, ofrece la ilusión de estabilidad, aunque sea a costa de la dignidad.