27/04/2026
La casa de Bernarda Alba llega a Sala Àgape Teatro Barcelona:
“TRIBUTO A LORCA” (1936–2026)
🎭 FUNCIONES:
Sábados 6, 13, 20 y 27 de junio
🎬 DIRECCIÓN y Puesta en Escena:
Rafael Bieladinovich
🎭 ELENCO:
Bernarda: Olga Abuin
Poncia: Izaskun Martinez
Criada y Angustias: M. -AAnanda Noguer
María Josefa: Exequiel Vaca
Magdalena: Pilar Menbrives
Martirio: Lara Corujo Mansilla
Adela: Ananda Rozzi
🏛️ PRODUCCIÓN:
Asociación Cultural Ágape Cuerpo y Arte de Barcelona
📍 C/ Pallars 74-76, Barcelona (Poblenou)
✨ Una obra clásica que respira en el presente.
🔥 Un grito silencioso que atraviesa generaciones.
🎭 Teatro que incomoda, despierta y transforma.
Hay obras que no pertenecen a una época, sino a una herida. La casa de Bernarda Alba es una de ellas. Escrita en 1936, al borde de un país que estaba a punto de fracturarse, la última obra de Federico García Lorca no solo retrata una casa cerrada: revela un sistema invisible de fuerzas que atraviesan generaciones, modelando identidades, deseos y destinos.
En su aparente sencillez —una madre, cinco hijas, una casa en luto— se despliega una arquitectura emocional profundamente compleja. Bernarda no es solo un personaje: es la encarnación de una estructura heredada, de un orden sostenido por el miedo.
Un miedo ancestral al cambio, a la pérdida de control, a la vida misma cuando se manifiesta libre y sin forma.
Noventa años después,la obra resuena con una vigencia inquietante, esa autoridad represora ya no vive únicamente en el interior de una casa. También se manifiesta con crudeza en el mundo. En conflictos actuales donde el poder se impone desde la fuerza, donde la ley del más fuerte aplasta al más vulnerable, donde se bombardea no solo territorio, sino dignidad, memoria y futuro. Donde la violencia se vuelve paisaje cotidiano y lo insoportable corre el riesgo de normalizarse.
Como en la casa de Bernarda, el miedo se convierte en sistema. Y el sistema, en justificación.
Las hijas de Bernarda habitan un espacio sin aire, pero también sin conflicto aparente. Un lugar donde la obediencia se confunde con la seguridad. Donde la renuncia se convierte en norma. Y sin embargo, bajo esa superficie inmóvil, late una energía contenida que busca salida.
Adela y María Josefa representan esa grieta. No son solo personajes disidentes: son impulsos vitales que desafían la inercia. Pero en un sistema construido para sostenerse a sí mismo, toda tentativa de libertad es percibida como amenaza. Y por tanto, castigada.
En este sentido, la tragedia no reside únicamente en el desenlace, sino en el origen. En esas raíces profundas, retorcidas, que preceden a los personajes y que parecen dictar sus acciones antes incluso de que puedan elegir. Una herencia emocional que no se cuestiona, que se perpetúa, que se impone.
La figura de Bernarda se vuelve entonces paradójica: es víctima y verdugo. Como en el mito de Saturno, devora aquello que ha creado, pero también es devorada por el mismo sistema que defiende. Su rigidez no es solo crueldad; es también fragilidad disfrazada de autoridad.
Hoy, al revisitar esta obra, no estamos mirando al pasado. Estamos observando un espejo. Un reflejo de las estructuras que aún operan en nuestras relaciones, en nuestras instituciones, en nuestros propios límites internos… y también en el mundo que habitamos, donde la vida puede ser sometida, controlada o extinguida bajo discursos de orden, poder o seguridad.
Cada representación de La casa de Bernarda Alba es distinta porque la sociedad que la observa también cambia. Y en ese diálogo constante entre texto y contexto, la obra crece, se transforma y se vuelve más precisa.
Quizás por eso sigue siendo necesaria. Porque nos enfrenta a preguntas incómodas y esenciales:
¿En qué momento comenzamos a aceptar como normal lo que en esencia es violencia?
¿Dónde trazamos el límite entre el orden y la opresión?
¿Y qué parte de Bernarda —esa que controla, que teme, que somete— sigue viva en nosotros… mientras el mundo arde frente a nuestros ojos?
Y, más aún, ¿qué precio estamos dispuestos a pagar por no dejarla caer?