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DIÁLOGOS EN EL LABORATORIO DE ERRORES
​Autoentrevista / Dan Miravalles Pendas
​Mi otro yo: Suena rap en el estudio, a un ritmo de vértigo, el volumen justo para apagar el ruido exterior y encender la inercia. Tienes las manos manchadas, rodeadas de cables, circuitos, chapas industriales y restos que otros llamaron desecho. ¿Cómo es el chispazo exacto? ¿Eres tú el que arrastra esos componentes al lienzo o es el material el que te exige esa velocidad salvaje?
​Yo: Yo no preparo el momento. El momento no se calendariza ni se fuerza; llega cuando tiene que llegar. Aparece cuando tropiezo con una herramienta que me asiste, una imagen que me sacude o un trozo de materia cruda que provoca algo violento e inmediato en mis manos. Ese es el único comienzo posible: una imagen, un residuo, un impacto. Lo que viene después no se planea, se ejecuta. El cuadro se hace a sí mismo.
​Mi otro yo: Pero entras en una inercia donde no hay espacio para la duda. Te mueves rápido. En mitad de ese caos, brota lo inesperado: un trazo desviado, una mancha imprevista, una pieza que encaja a golpes. ¿Cómo decides, en una fracción de segundo, si destruyes ese fallo o si lo dejas gobernar el lienzo?
​Yo: Es que la decisión está tomada mucho antes de coger la pintura: yo siempre me voy a quedar con lo inesperado. Con lo que el resto del mundo llama «error». Mi único deber es respetarlo y hacer todo lo posible por defenderlo. ¿Lo consigo siempre? No, porque el ser humano carga con sus inercias académicas y sus vicios unconscious, pero lo intento con rabia.
​Mi estrategia es la pura acción: actuar, actuar y actuar. No asimilo nada mientras pinto, no juzgo si es un fallo o un acierto; pum, pum, pum, impacto tras impacto. Dejo que la materia hable y luego me largo. Dejo descansar el cuadro, me voy a trabajar en otra pieza y solo cuando regreso, días después, comienza la verdadera interacción. Miro lo que el material hizo y decido cómo adecuarlo para que deje de ser un cabo suelto. No se trata de tapar el error con una capa limpia para esconderlo; se trata de colocar algo justo al lado para que ese fallo empiece a transformarse en un acierto. Es una conversación cruda entre el material y yo hasta que todo se convierte en una unidad.
​Mi otro yo: Regresar con la mente fría a un lienzo que es un campo de batalla de texturas y contrastes es complejo. ¿Cuándo se calla esa conversación? ¿En qué momento exacto decides frenar y asumir que esa unidad está cerrada?
​Yo: Esa es la frontera más difícil para cualquiera que pinte. Yo sé que una obra está acabada cuando mis ojos ya no ven aciertos ni fallos destacando de forma aislada, sino una red donde todos influyen sobre todos. No busco una armonía blanda por semejanza. Si introduzco un choque radical —como el hiperrealismo limpio de un barco estrellándose contra la crudeza del material texturizado—, quiero que ese choque sea violento, pero que responda a una sintonía interna. Las cosas que chocan también se ponen de acuerdo. Cuando dejas de ver elementos sueltos y sientes que todo el lienzo es un "sí" rotundo en su propio caos, ahí es cuando freno. Saber parar exige una disciplina tremenda.
​Mi otro yo: Quieres trasladar ese mismo choque estético al plano físico en tu próxima exposición: una instalación con andamios, luces parpadeantes y una atmósfera que respira construcción o demolición. Vas a sacar las obras de la pulcritud de la galería blanca. ¿Qué buscas provocar en el cuerpo del que entra allí?
​Yo: No sé cómo lo va a gestionar la gente ni me importa predecirlo, pero quiero que entiendan una verdad física: el error no es un paso atrás; es un salto hacia adelante. Es ensanchar el abanico, quebrar el Canon. Para ver esto hay que tener la mente despierta, muy activa y sin prejuicios.
​Quiero desafiar la lógica espacial del arte. ¿Por qué un cuadro tiene que colgarse a la altura de los ojos? ¿Por qué no se puede exponer del revés? ¿Por qué no puede estar girado mirando a la pared, obligando al espectador a intuirlo? ¿Por qué no tirado en el suelo, inclinado contra un andamio, colgado del techo o directamente roto? Son gestos que la academia califica como errores inadmisibles. Yo pregunto: ¿Quién dice que no se puede hacer y bajo qué autoridad? Mi exposición es una barricada contra esas verdades absolutas. Solo busco una cosa: que el espectador sea capaz de pensar por sí mismo, más allá de los raíles y las normas que nos imponen.
​Mi otro yo: Vivimos en una época obsesionada con el consumo visual rápido, donde incluso la originalidad o el "ser diferente" corren el riesgo de convertirse en un dogma de consumo o una obligación social. Pedirle al espectador que piense fuera de la norma es casi un acto de desobediencia.
​Yo: Es que hoy en día se piensa poco, y cuando se hace, se piensa siempre dentro del marco de lo permitido. Me da igual el terreno artístico; hablo de la sociedad, de la vida. Necesitamos desesperadamente aprender a pensar fuera de las normas, e incluso fuera de las leyes si estas se vuelven obsoletas o artificiales. Las grandes mutaciones de la historia nunca ocurrieron obedeciendo los manuales vigentes.
​Mi otro yo: Para exigirle esa desobediencia al espectador, tú tuviste que aplicártela primero en el taller. ¿Cuál ha sido el mandamiento o la imposición externa que más te costó reventar para poder crear en absoluta libertad?
​Yo: Aprender a mirar únicamente hacia mi interior y apagar por completo la mirada de los terceros. El sistema te domestica desde niño: entras en una academia y te imponen que el único fin noble es dominar el realismo. Creces, avanzas en las instituciones y de repente el academicismo se sustituye por la moda o el movimiento institucional de turno que dicte la universidad. Al final, todo son dogmas externos. Yo decidí mandar todo eso a la mi**da.
​Mi única norma actual es rechazar la comodidad. ¿Por qué demonios voy a encajonarme a hacer únicamente aquello que ya sé que hago bien, cuando puedo arriesgarme a explorar caminos donde soy torpe pero donde el aprendizaje es infinito? Especializarse y cerrarse en una sola receta con treinta o cuarenta años me parece una soberana idiotez, una muerte en vida. Tengo cuarenta y pico años; me queda más de media carrera por delante, menos de media vida para seguir buscando. Pintar es un oficio que te permite crear hasta los ochenta años si las manos aguantan. Negarse a seguir aprendiendo por miedo a fallar es renunciar a estar vivo.
​Mi otro yo: Imagina ese horizonte. Proyecta este Laboratorio de Errores cuatro décadas hacia adelante. Si tu motor es el diálogo con el fallo y el residuo, ¿cómo será tu pintura cuando seas un anciano de ochenta años?
​Yo: Para cuando llegue a esa edad, si sigo en pie frente al lienzo, habré acumulado un archivo inmenso, un mapa monumental de desvíos, accidentes y caídas. Habré pasado cuarenta años conviviendo con ellos, manipulándolos, domándolos y entendiéndolos. Tendré tanta experiencia acumulada con lo imprevisto que, en mi mirada, esos errores habrán dejado por fin de ser errores; se habrán convertido en mi orden, en mi verdad absoluta.
​Lo hermoso es que, para la sociedad y para los ojos de los demás, esos lienzos seguirán siendo vistos como fallos caóticos o provocaciones fuera del canon. El único que ya no verá ningún error sobre la pintura seré yo. Y ese será el triunfo definitivo.

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