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El Rey Vampiro Vio a Su Sirvienta Entrenar a Su Hija Ciega — y Se Quedó Sin PalabrasPARTE 1Don Emilio Valdés escuchó los...
10/08/2026

El Rey Vampiro Vio a Su Sirvienta Entrenar a Su Hija Ciega — y Se Quedó Sin Palabras
PARTE 1

Don Emilio Valdés escuchó los golpes antes de abrir la puerta de la cripta.

—Crac. Crac. Crac.

Madera contra madera.

Rápido.

Preciso.

Aquello no tenía sentido.

La cripta de la Hacienda Los Cuervos estaba prohibida para los sirvientes y casi siempre permanecía vacía.

Emilio descendió las escaleras sin hacer ruido.

Cuando empujó ligeramente una de las puertas, lo que vio hizo que la furia le subiera por el pecho.

Su hija Lupita, de doce años, estaba en medio de la habitación sosteniendo un bastón de madera.

Lupita era ciega desde que nació.

Frente a ella estaba Xóchitl, la silenciosa empleada doméstica que Emilio había contratado meses atrás.

—Escucha el aire —ordenó Xóchitl—. Un golpe comienza antes de tocarte.

Atacó.

Lupita levantó el bastón.

¡Crac!

Bloqueó perfectamente.

Emilio quedó inmóvil.

Xóchitl atacó nuevamente.

Tres golpes.

Lupita detuvo dos, pero el tercero rozó su costado.

—¿Qué hiciste mal? —preguntó Xóchitl.

—Esperé que mantuvieras el mismo ritmo.

—Exactamente. Un enemigo mentirá con sus movimientos. Confía en tus oídos.

Emilio ya no pudo soportarlo.

Abrió las puertas de golpe.

—¿QUÉ DEMONIOS ESTÁS HACIENDO CON MI HIJA?

Xóchitl giró.

Pero en vez de asustarse, dio un paso delante de Lupita.

Protegiéndola.

Aquello enfureció todavía más al rey vampiro.

—Le estoy enseñando a defenderse —respondió ella.

—¡Es ciega!

—Y sus enemigos lo saben.

Lupita apretó los dientes.

—Papá, puedo hacerlo.

—Ve a tu habitación.

—Pero…

—Ahora.

La niña dejó caer el bastón.

Antes de marcharse, volvió el rostro hacia su padre.

—Me tratas como si estuviera hecha de cristal.

Su voz tembló.

—Pero el cristal también puede cortar.

Cuando Lupita desapareció por las escaleras, Emilio mostró los colmillos.

—Estás despedida.

Xóchitl no se movió.

—No.

Emilio apareció frente a ella en un instante.

—¿Qué dijiste?

—Que no va a despedirme porque sabe que tengo razón.

Xóchitl sostuvo su mirada sin miedo.

—Ha llenado esta casa de guardias. Pero los guardias pueden ser comprados.

Emilio quedó en silencio.

—Su jefe de seguridad tiene deudas de juego —continuó ella—. El Sindicato Solís lo sabe. También conocen la rutina de Lupita.

La expresión de Emilio cambió.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque sus enemigos llevan semanas observándola.

Xóchitl se acercó un paso.

—Usted cree que proteger a su hija significa impedir que algo malo le suceda.

Negó lentamente.

—Yo creo que significa enseñarle qué hacer cuando usted no esté allí para salvarla.

Aquellas palabras lo persiguieron durante toda la noche.

Incluso Don Ricardo, el consejero más antiguo de la familia, estuvo de acuerdo con Xóchitl.

Y finalmente Lupita enfrentó a su padre.

—No quiero pasar mi vida escondida detrás de guardias.

—Lupita…

—Quiero aprender.

La niña levantó el rostro hacia él.

—Deja de verme como algo roto.

Emilio sintió que aquellas palabras le atravesaban el pecho.

Por primera vez comprendió que quizá su miedo estaba convirtiéndose en otra prisión para su hija.

Pero aún había una pregunta.

¿Quién era realmente Xóchitl?

Una simple empleada doméstica no conocía las debilidades de sus enemigos.

No se movía como una sirvienta.

Y definitivamente no miraba a un antiguo rey vampiro sin sentir miedo.

Emilio investigó.

Una pista lo llevó hasta un viejo gimnasio clandestino en Azcapotzalco.

Allí, un anciano le mostró una fotografía.

Una mujer joven aparecía dentro de una jaula de combate.

Su cuerpo estaba lleno de cicatrices.

Tenía sangre en el rostro.

Y levantaba un puño mientras una multitud rugía alrededor.

Emilio reconoció aquellos ojos grises inmediatamente.

—Xóchitl…

El anciano negó lentamente.

—Antes de llamarse así, el mundo clandestino la conocía por otro nombre.

Emilio sintió un escalofrío.

—¿Cuál?

El anciano señaló la fotografía.

—La Espectra de Hierro. Cuarenta y siete combates. Cuarenta y siete victorias. Jamás derrotada.

Emilio miró la fotografía otra vez.

La humilde mujer que limpiaba los pisos de su casa…

era una de las cazadoras y luchadoras más temidas que el mundo vampírico había conocido.

Rey Vampiro Viudo se Escondió para Poner a Prueba a su Amada con Trillizos… Pero Empleada DescubrióPARTE 1El rey Luciano...
09/08/2026

Rey Vampiro Viudo se Escondió para Poner a Prueba a su Amada con Trillizos… Pero Empleada Descubrió
PARTE 1

El rey Luciano Draven llevaba tres días escondido dentro de su propio castillo.

Nadie lo sabía.

Ni el consejo.

Ni los guardias.

Y mucho menos Sarafinia Velo, la hermosa noble con la que todos esperaban que se casara.

Oficialmente, Luciano había viajado al norte para negociar una alianza.

En realidad, permanecía encerrado en una torre olvidada, rodeado por siete espejos encantados capaces de mostrar cada rincón del Castillo de Obsidiana.

Necesitaba descubrir la verdad antes de entregar a otra mujer la corona que había pertenecido a Evely.

Su esposa.

La madre de sus tres hijos.

La mujer que había mu**to después de dar a luz a Aiden, Silas y Rowan.

Antes de morir, Evely había tomado su mano.

—Prométeme que nadie que no los ame realmente se acercará a nuestros hijos.

Luciano lo juró.

Pero seis meses después, el dolor y la presión política habían debilitado su juicio.

Sarafinia parecía perfecta.

Hermosa.

Elegante.

Atenta con los bebés cuando había nobles mirando.

Sin embargo, Luciano había comenzado a notar pequeños detalles.

Su sonrisa desaparecía demasiado rápido cuando los niños lloraban.

Su paciencia existía únicamente frente a testigos.

Así que decidió observarla sin que ella lo supiera.

Lo que vio la primera mañana convirtió sus sospechas en horror.

Aiden comenzó a llorar.

Luego Silas.

Después Rowan.

Sarafinia entró en la guardería.

Pero no levantó a ninguno.

Los miró con desprecio.

—Otra vez ustedes… ¿por qué tenían que ser tres?

Luciano apretó los puños.

Sarafinia se acercó a las cunas.

—Todo lo que hacen es llorar, exigir y molestar.

Aiden extendió sus pequeñas manos buscando que lo cargaran.

Ella retrocedió.

Después murmuró:

—Si yo gobernara, los tres acabarían en un monasterio, lejos de aquí. El castillo sería mucho más sencillo sin ustedes.

Luciano estuvo a punto de abandonar su escondite.

Pero necesitaba pruebas.

Entonces Sarafinia salió.

Los bebés continuaron llorando.

Pasaron largos minutos.

Nadie apareció.

Hasta que una puerta secundaria se abrió.

Una mujer con vestido azul y delantal blanco entró corriendo.

Mara Lorena.

Una simple mujer de limpieza.

Luciano apenas conocía su nombre.

Mara tomó a Rowan.

Acomodó a Silas contra su hombro.

Colocó una mano sobre Aiden.

—Estoy aquí, pequeños. No están solos.

Y comenzó a cantar.

Luciano dejó de respirar.

Conocía aquella canción.

Era la nana de Evely.

La canción que su esposa había cantado durante el embarazo.

La misma que había susurrado junto a las cunas poco antes de morir.

Solo tres personas la conocían.

Evely.

Luciano.

Y una joven sirvienta que había estado presente durante el parto.

Mara.

Los bebés dejaron de llorar.

Mara los besó suavemente.

—Su madre los amaba más que a las estrellas.

Las lágrimas comenzaron a caer por el rostro de Luciano.

Durante meses había estado buscando una mujer capaz de reemplazar el vacío que Evely había dejado.

Sin darse cuenta de que alguien ya llevaba seis meses protegiendo silenciosamente a sus hijos.

Pero la revelación más terrible todavía no había llegado.

Aquella noche, otro espejo mostró a Sarafinia reunida en secreto con un hombre encapuchado.

—Los niños son el obstáculo —dijo ella—. Una vez desaparezcan, Luciano estará vulnerable.

El hombre asintió.

—El monasterio está preparado.

—Quiero que desaparezcan completamente.

Sarafinia sonrió.

—Y cuando yo sea reina… nos ocuparemos también del rey.

Luciano se levantó lentamente.

Sus ojos se volvieron completamente carmesí.

Entonces Sarafinia pronunció la frase que convirtió aquella prueba de confianza en una sentencia:

—Los tres príncipes deben desaparecer como si jamás hubieran existido.

La echaron por dar a luz a gemelas… hasta que el Rey Vampiro dijo: “Ven conmigo”PARTE 1Aila Quetzali todavía sangraba po...
09/08/2026

La echaron por dar a luz a gemelas… hasta que el Rey Vampiro dijo: “Ven conmigo”
PARTE 1

Aila Quetzali todavía sangraba por el parto cuando su esposo la arrojó a la nieve.

Llevaba a sus dos hijas recién nacidas apretadas contra el pecho y apenas podía mantenerse en pie.

—Llévate a esas niñas inútiles y desaparece —había escupido Damián Rojas antes de cerrar la puerta.

No hubo abrigo.

No hubo comida.

Ni siquiera una manta adecuada para las bebés.

Solo una bolsa vieja y dos pequeños cuerpos temblando contra ella.

Aila caminó hasta que sus piernas dejaron de responder.

Terminó sentada en una parada de carruajes abandonada mientras la tormenta cubría Villa Invernal.

Miró a sus hijas.

—Leonora… Marina…

Había elegido los nombres en secreto porque Damián ni siquiera había preguntado cómo quería llamarlas.

Los labios de las bebés comenzaban a ponerse pálidos.

Aila las abrazó con desesperación.

—Perdónenme.

Sus párpados se cerraron.

El frío había dejado de doler.

Y sabía lo que eso significaba.

Entonces los copos de nieve quedaron suspendidos en el aire.

Un carruaje negro apareció entre la tormenta.

De él descendió un hombre alto, vestido con una capa oscura bordada en plata.

Cabello casi blanco.

Piel pálida.

Ojos rojos.

Un vampiro.

Aila quiso retroceder, pero no tenía fuerzas.

El desconocido se arrodilló frente a ella.

—No vas a morir esta noche.

Aila apretó a las gemelas.

—No… toque a mis hijas.

Algo cambió en los ojos del hombre.

No hambre.

Dolor.

Se quitó la capa y la colocó alrededor de las tres.

El calor envolvió inmediatamente a las bebés.

—Ven conmigo.

—¿Por qué?

El vampiro observó brevemente a Leonora y Marina.

—Porque llevas algo que he estado buscando durante siglos.

Aila sintió miedo.

—¿Quiere a mis hijas?

—No.

La respuesta fue inmediata.

—Quiero protegerlas.

Extendió una mano hacia el carruaje.

—Puedes quedarte aquí y morir con ellas… o confiar durante una noche en un extraño que no acostumbra arrodillarse ante nadie.

Aila miró a sus hijas.

Después tomó una decisión.

Subió.

Durante el viaje descubrió que su salvador era Eric Villen, rey del Dominio Medianoche.

Pero cuando preguntó por qué había aparecido precisamente aquella noche, Eric finalmente reveló la verdad.

—Tus hijas tienen marcas.

Aila apartó las telas.

En el hombro de Leonora había una delicada media luna plateada.

Marina tenía otra en la mano.

Aila sintió que el corazón se le detenía.

—Siempre pensé que eran marcas de nacimiento.

—No lo son.

Eric inclinó ligeramente la cabeza.

—Llevo siglos esperando que aparezcan.

El carruaje atravesó una barrera invisible.

La tormenta desapareció.

Frente a Aila surgió un reino imposible bajo tres lunas: torres negras, puentes de plata y una fortaleza que parecía construida con noche solidificada.

—¿Dónde estamos?

—En mi mundo.

Eric miró a las gemelas.

—Aquí tu esposo no podrá tocarlas.

Una curandera llamada Mina examinó a las niñas.

Cuando vio las marcas, perdió el color del rostro.

—Por las lunas ancestrales…

—¿Qué sucede? —preguntó Aila.

Mina miró a Eric.

Después a ella.

—Existe una profecía muy antigua. Habla de una mujer mortal que daría a luz dos gemelas marcadas por la luna durante el reinado del último rey de sangre pura.

Aila abrazó a sus hijas.

—¿Y qué pasaría con ellas?

Mina guardó silencio demasiado tiempo.

—Serían un puente entre el mundo mortal y el inmortal.

—Son bebés.

—Sí.

La curandera bajó la voz.

—Pero podrían cambiar ambos mundos.

Marina comenzó a llorar.

En ese instante, escarcha plateada se extendió por el suelo.

Leonora abrió los ojos.

Todas las sombras de la habitación se inclinaron hacia su cuna.

Los vampiros presentes retrocedieron.

Incluso Eric.

Aila sintió un frío diferente recorrerle el cuerpo.

No venía de la habitación.

Venía de ella.

Sus propias manos comenzaron a brillar.

Mina la observó con verdadero temor.

—La profecía no habla únicamente de las niñas.

Aila tragó saliva.

—¿Entonces de quién más?

La curandera levantó lentamente la mirada.

—De su madre. Tú eres la Portadora Lunar… y tus hijas son las gemelas que pueden salvar nuestro reino… o destruirlo.

La niña dijo: “Señor… mi mamá no volvió a casa anoche…” — Y el Rey Vampiro la siguióPARTE 1La tormenta había enterrado l...
09/08/2026

La niña dijo: “Señor… mi mamá no volvió a casa anoche…” — Y el Rey Vampiro la siguió
PARTE 1

La tormenta había enterrado las calles de Friópolis bajo una capa de nieve tan profunda que hasta los adultos evitaban salir.

Pero Elara Morales tenía cinco años.

Y estaba sola.

Su madre, Esmeralda, jamás había dejado de regresar a casa.

Trabajaba hasta tarde en una pequeña botica del barrio bajo, moliendo hierbas y preparando remedios, pero siempre volvía antes de que Elara despertara.

Aquella mañana, la cama de Esmeralda seguía vacía.

Elara buscó en la botica.

En el mercado.

En la fuente donde su madre descansaba algunas noches.

Nada.

Entonces recordó algo que Esmeralda le había dicho:

“Si alguna vez tienes mucho miedo y no sabes a quién acudir, ve a las grandes puertas negras de la colina.”

Allí vivía el hombre al que todos temían.

El rey vampiro.

Gael Argente.

Elara caminó hasta que dejó de sentir los pies.

Cuando alcanzó las puertas de la Hacienda Torre Oscura, cayó de rodillas.

Las enormes rejas se abrieron.

Gael apareció entre la nieve.

Alto, pálido, vestido de negro, con cabello plateado y ojos carmesí.

Escuchó el débil latido de la niña y se movió de inmediato.

La atrapó antes de que cayera completamente.

Elara abrió apenas los ojos.

—Señor… mi mamá no llegó a casa anoche.

Después perdió el conocimiento.

Cuando despertó, estaba frente a una enorme chimenea, envuelta en mantas.

Gael permanecía sentado cerca.

—¿Cómo se llama tu madre?

—Esmeralda Morales.

El rey quedó inmóvil.

Conocía ese nombre.

Años atrás, después de una traición que casi le había costado la vida, Gael había terminado herido en un callejón del barrio bajo.

Una joven curandera lo encontró.

Lo escondió.

Curó sus heridas.

Nunca pidió dinero.

Nunca preguntó quién era.

Aquella mujer era Esmeralda.

Gael se arrodilló frente a Elara.

—Voy a encontrarla.

—¿Lo promete?

—Lo prometo.

Pero cuando acercó la mano a la niña, percibió algo extraño.

Magia.

Vieja.

Protectora.

—Sangre Invernal —murmuró.

Elara parpadeó.

—¿Qué es eso?

—Un linaje que creíamos desaparecido.

Los antiguos Guardianes Invernales habían protegido Friópolis mucho antes del reinado de los vampiros.

Si Esmeralda también poseía aquella sangre, su desaparición no podía ser casualidad.

Gael llevó a Elara hasta la botica.

El lugar estaba destruido.

Frascos rotos.

Muebles partidos.

Símbolos verdes quemados en las paredes.

Magia de sangre.

Elara encontró una bufanda verde debajo del mostrador.

—Es de mamá.

Rompió a llorar.

Gael se agachó junto a ella.

—Está viva.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque estos símbolos son de captura, no de muerte.

Se levantó.

En el suelo había huellas quemadas que salían por la puerta trasera y continuaban hacia los campos nevados.

En ese momento llegó un mensajero.

—Mi señor, hemos visto magos de sangre por todo el norte. Docenas.

Gael miró las huellas.

Después miró a Elara.

—Se llevaron a tu madre para hacer algo con su magia.

—Entonces vamos.

—Tú te quedas.

Elara apretó la bufanda.

—No quiero perderlos a los dos.

Aquellas palabras vencieron al rey.

Siguieron el rastro hasta las ruinas de la antigua Catedral Invernal.

Allí encontraron el amuleto de Esmeralda.

Y una escalera escondida bajo la nieve.

Descendieron.

Los símbolos verdes se hicieron más fuertes.

Entonces Gael escuchó un antiguo cántico.

Señor Obsidiana… despierta… sangre y hielo abren la puerta…

Su rostro cambió.

—¿Qué significa? —preguntó Elara.

—Que quieren despertar algo que debería seguir enterrado para siempre.

Llegaron a una cámara subterránea.

Una figura apareció entre las sombras.

—¡Mamá! —gritó Elara.

Esmeralda abrió los brazos.

—Ven conmigo, mi amor.

Elara corrió.

Gael la sujetó.

—No.

—¡Pero es mamá!

—Mira su sombra.

Elara miró.

La sombra de Esmeralda se movía por sí sola.

Sus ojos brillaban verdes.

Gael desenvainó su espada.

—Es una ilusión.

La falsa Esmeralda sonrió.

Y detrás de ella comenzó un lento aplauso.

Un hombre salió de la oscuridad.

Elara lo había visto antes en el castillo.

Era uno de los consejeros de Gael.

Don Dante.

Ya no llevaba las vestiduras reales.

Su cuerpo estaba cubierto de símbolos de magia de sangre.

Detrás de él aparecieron decenas de hechiceros.

Dante sonrió.

—Majestad…

Sus ojos verdes se clavaron en Elara.

—Qué amable de su parte traer personalmente a la niña que necesitábamos para terminar el ritual.

Mamá está enferma, así que vine". La niña entró en el castillo del Rey Vampiro — y él se congeló alPARTE 1—Disculpe, su ...
09/08/2026

Mamá está enferma, así que vine". La niña entró en el castillo del Rey Vampiro — y él se congeló al
PARTE 1

—Disculpe, su majestad. Vine a trabajar por mi mamá. Hoy no pudo levantarse de la cama.

Don Gael Cuervo Blanco levantó lentamente la mirada.

En más de un siglo de reinado había recibido embajadores, asesinos, generales y nobles suplicando por sus vidas.

Nunca una niña de seis años.

Aria estaba parada en la entrada de su despacho con un delantal demasiado grande, un paño doblado bajo un brazo y unas ramas de lavanda en la otra mano.

Sus rizos dorados brillaban bajo las antorchas violetas.

—¿Cómo llegaste hasta aquí? —preguntó Gael.

—Caminando.

Gael frunció el ceño.

—¿Sola?

Aria asintió.

—Mami me enseñó qué calles evitar porque hay monstruos.

Aquella respuesta hizo que hasta el rey vampiro guardara silencio.

—¿Por qué viniste?

La niña bajó la mirada.

—Mami lleva días enferma. Hoy estaba temblando y tosió algo negro. Pero dijo que si faltaba otra vez podríamos perder nuestra habitación.

Apretó el paño con fuerza.

—Así que vine a hacer su trabajo.

Gael observó aquella pequeña criatura durante varios segundos.

—Tienes seis años.

—Pero sé doblar sábanas.

Por alguna razón, eso le dolió.

Gael canceló todas sus reuniones.

Ordenó que alimentaran a Aria y que nadie permitiera que regresara sola.

Después hizo algo que jamás hacía.

Preguntó por una sirvienta.

Viviana Solís.

La madre de Aria.

Descubrió que llevaba casi siete años trabajando discretamente en el castillo, evitando llamar la atención.

Había llegado con una bebé recién nacida y sin familia.

Pero había algo todavía más extraño.

Cada vez que Aria atravesaba una habitación, la magia del castillo reaccionaba.

Las velas ardían más fuerte.

Las antiguas runas brillaban.

Incluso las defensas que debían bloquear a los humanos parecían abrirse para dejarla pasar.

Y había otra cosa.

Su rostro.

Gael llevaba un siglo intentando olvidar aquel rostro.

Cabello dorado.

Ojos azules.

La misma expresión obstinada.

La misma forma de sonreír.

Liana.

La única mujer mortal que Gael había amado.

La mujer que, según el consejo, había sido ejecutada hacía cien años por violar las leyes que prohibían las relaciones entre humanos y vampiros.

Gael bajó personalmente hasta la humilde habitación de Viviana.

La encontró agonizando.

Venas negras recorrían su cuello.

Tosía una sustancia oscura.

Gael reconoció el veneno.

—Mal de la Noche.

Viviana abrió los ojos y, al verlo, entró en pánico.

—Por favor… no lastime a Aria.

—No voy a tocar a tu hija.

Gael se acercó.

—Pero alguien te envenenó deliberadamente.

Viviana palideció.

Gael comenzó a hacer preguntas.

Al principio ella evitó responder.

Hasta que comprendió que quizá no sobreviviría.

—Hay algo que nunca conté —susurró.

—Dímelo.

Viviana cerró los ojos.

—Mi familia guardó durante generaciones el secreto de una mujer que escapó de una ejecución.

Gael quedó inmóvil.

—¿Quién?

—Una mujer de cabello dorado y ojos azules.

Los dedos del rey se cerraron.

—Su nombre.

Viviana comenzó a llorar.

—Liana.

El mundo pareció detenerse.

—Eso es imposible.

—No murió aquella noche —continuó Viviana—. Logró escapar.

Gael sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

—¿Dónde está?

Viviana negó lentamente.

—Murió años después.

Gael cerró los ojos.

Otra pérdida.

Pero entonces Viviana añadió:

—Antes de morir… tuvo un hijo.

Gael abrió los ojos.

—¿Qué dijiste?

—Liana estaba embarazada cuando el consejo intentó matarla.

La respiración de Gael se detuvo.

Viviana giró lentamente la cabeza.

Aria estaba en la puerta.

Pequeña.

Rubia.

Con aquellos imposibles ojos azules.

—El hijo sobrevivió —susurró Viviana—. Su sangre pasó de generación en generación, escondida para que el consejo jamás pudiera encontrarla.

Gael miró a Aria.

Las runas del castillo comenzaron a iluminarse.

Viviana extendió una mano temblorosa hacia la niña.

—Aria no se parece a Liana por casualidad.

Gael sintió algo que un inmortal no debería sentir.

Miedo.

—Entonces… ¿quién es ella?

Viviana lo miró directamente.

—Es descendiente de Liana… y también de usted, mi señor.

Su esposo la expulsó por ser estéril… hasta que Rey Vampiro con cinco hijos la eligió como su reinaPARTE 1Vanessa Fuente...
09/08/2026

Su esposo la expulsó por ser estéril… hasta que Rey Vampiro con cinco hijos la eligió como su reina
PARTE 1

Vanessa Fuentes llevaba horas sentada en una banca cuando comenzó a dejar de sentir los dedos.

La nieve se acumulaba sobre su cabello.

No tenía abrigo.

No tenía dinero.

Y, por primera vez después de siete años de matrimonio, tampoco tenía marido.

Marco la había echado de casa después de repetirle las mismas palabras que llevaba años utilizando para destruirla:

—Eres inútil. Estéril. Nadie va a quererte.

Vanessa había escuchado aquello tantas veces que ya no sabía dónde terminaba la voz de Marco y comenzaban sus propios pensamientos.

Así que permaneció allí.

Temblando.

Convencida de que quizá él tenía razón.

Hasta que un carruaje negro se detuvo frente a ella.

Primero bajaron cinco niños de piel pálida.

Después apareció el hombre que viajaba con ellos.

Era alto, de cabello plateado y ojos rojizos que parecían brillar bajo la nieve.

Vanessa debería haber sentido miedo.

En cambio, sintió algo mucho más extraño:

seguridad.

—Se está congelando —dijo él.

—Estoy bien.

El desconocido miró sus muñecas.

Allí estaban los moretones que Marco había dejado.

Su expresión cambió.

—No. No lo está.

La niña más pequeña dio un paso hacia Vanessa.

—Tiene frío, padre.

El hombre se quitó su pesado manto y se lo colocó alrededor de los hombros.

—Soy Alonso Draco.

Vanessa conocía ese nombre.

Todo el mundo lo conocía.

El rey vampiro del Dominio Nocturno.

Retrocedió.

—No quiero problemas.

—Yo tampoco —respondió Alonso—. Ya tengo cinco hijos. Créame, tengo suficientes.

Por primera vez en semanas Vanessa casi sonrió.

Alonso le ofreció comida y refugio.

Ella dudó.

—No puedo pagarle.

—No se lo he pedido.

—¿Entonces por qué ayudarme?

El rey permaneció en silencio.

—Porque todavía sigue aquí. Eso significa que aquello que intentó destruirla fracasó.

Vanessa sintió que algo dentro de ella se quebraba.

Subió al carruaje.

Cuando despertó, ya no estaba en el mundo humano.

La Fortaleza de Obsidiana parecía construida con noche solidificada.

Tres lunas iluminaban sus torres.

Curanderas vampiras habían tratado su hipotermia y desnutrición.

Alonso permanecía cerca.

—Estuvo a punto de morir.

—Entonces debería irme.

—Primero debe ser capaz de mantenerse en pie.

Una curandera examinó su brazo izquierdo.

De repente se quedó inmóvil.

—Majestad…

Alonso se acercó.

En la piel de Vanessa había una mancha oscura que ella siempre había considerado una marca de nacimiento.

La curandera palideció.

—Esto no es natural.

—¿Qué significa? —preguntó Vanessa.

Alonso observó el símbolo.

—Es un sello de confinamiento.

—¿Confinamiento de qué?

Nadie respondió.

Durante los días siguientes, los cinco hijos de Alonso comenzaron a buscarla constantemente.

Luciano, el mayor, intentaba comportarse como adulto.

Emilio era imposible de mantener quieto.

Eric hablaba poco.

Mara dibujaba todo lo que veía.

Y Saúl, el más pequeño, no había pronunciado palabra desde que su madre había sido asesinada dos años atrás.

Pero Saúl se sentaba junto a Vanessa.

Le permitía abrazarlo.

Incluso comenzó a sonreír.

Una tarde Mara le entregó un dibujo.

Cinco niños.

Y Vanessa en medio.

—Te dibujé con nosotros.

—Yo no soy parte de su familia.

Mara la miró con absoluta sencillez.

—Podrías serlo.

Vanessa sintió miedo.

No de ellos.

De necesitar aquello demasiado.

Poco después, mientras ayudaba a los niños a leer, un dolor insoportable atravesó su brazo.

Vanessa cayó al suelo.

El supuesto lunar comenzó a brillar.

Alonso la llevó inmediatamente a la cámara de curación.

—El sello está rompiéndose —dijo la curandera.

Colocó las manos sobre su brazo.

Vanessa gritó.

Imágenes desconocidas explotaron en su mente.

Una mujer idéntica a ella usando una corona hecha de luz.

Un vampiro tomando la mano de una mortal.

Una antigua guerra.

Una traición.

Un linaje escondido durante miles de años.

Cuando Vanessa abrió los ojos, la curandera la miraba como si hubiera dejado de ser una paciente.

Y se hubiera convertido en algo sagrado.

—Majestad…

Alonso tensó la mandíbula.

—Hable.

La mujer tragó saliva.

—Vanessa desciende directamente de Serafina Espina, la primera reina mortal que unificó a los clanes vampíricos hace tres mil años.

Vanessa sintió que el aire desaparecía.

—Eso es imposible.

La curandera negó lentamente.

—Su sello no estaba ocultando una enfermedad.

Miró directamente a Vanessa.

—Estaba ocultando su sangre, su poder… y también estaba suprimiendo su fertilidad.

Vanessa quedó paralizada.

Siete años.

Siete años creyendo que estaba rota.

Y ahora acababa de descubrir que…

Marco le había hecho odiarse por algo que jamás había sido culpa suya.

En La Boda De Su Ex Y La Amante, Ella Llegó Con Su Hijo Y Un Regalo Que Dejó Mudos A TodosPARTE 1—Papá… mamá dice que es...
08/08/2026

En La Boda De Su Ex Y La Amante, Ella Llegó Con Su Hijo Y Un Regalo Que Dejó Mudos A Todos
PARTE 1

—Papá… mamá dice que esta es la última carta que vamos a traerte.

La voz de la niña atravesó el salón justo cuando Diego Valcárcel estaba a punto de pronunciar el “sí”.

La música se detuvo.

Más de doscientos invitados giraron hacia la entrada.

Allí estaba Alba Serrano, su exesposa.

Y junto a ella, una niña de seis años con los mismos ojos grises de Diego.

Nuria, la novia, soltó lentamente su mano.

—¿Quién permitió que entraran?

Ramiro Valcárcel, padre de Diego, hizo una señal a seguridad.

—Sáquenlas.

—No será necesario —respondió Alba—. Solo hemos venido a entregar algo.

La niña avanzó con una caja atada con una cinta verde.

Diego no podía apartar la mirada de ella.

Durante años había creído que Alba había perdido al bebé poco antes de divorciarse y que después había abandonado Madrid.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

—Lucía Serrano.

La pequeña tragó saliva.

—Pero mamá dice que también debería llevar tu apellido.

Un murmullo recorrió el salón.

Ramiro avanzó.

—Diego, no abras esa caja.

Alba lo miró.

—Usted sabe perfectamente qué contiene. Por eso tiene miedo.

Diego arrancó la cinta.

Dentro encontró decenas de sobres.

Todos estaban dirigidos a él.

Diego Valcárcel Ledesma.

Todos habían sido enviados al antiguo despacho jurídico de la familia.

Y todos habían regresado con el mismo sello:

RECHAZADO POR EL DESTINATARIO.

Debajo había una pulsera de hospital con el nombre de Lucía y una fotografía de Alba sosteniendo a una recién nacida.

Diego sintió que el aire desaparecía.

—Me dijeron que habías perdido al bebé.

Alba lo sostuvo con la mirada.

—Y a mí me dijeron que tú no querías saber nada de nosotras.

—¿Cuántas cartas mandaste?

—Treinta y siete.

—¿Durante cuánto tiempo?

—Durante seis años.

Nuria intervino rápidamente.

—Esto no demuestra nada. Cualquiera puede fabricar documentos.

Sofía, hermana de Diego, tomó uno de los sobres.

—El sello es auténtico. Pertenece al antiguo sistema interno del grupo.

Ramiro palideció.

Diego lo vio.

Pero también vio algo más.

Nuria no estaba mirando la fotografía.

Miraba un sobre azul situado casi al fondo de la caja.

—¿Por qué miras esa carta? —preguntó Diego.

—No la estaba mirando.

Él tomó el sobre azul.

Uno de los bordes había sido abierto y pegado nuevamente.

Alba regresó unos pasos.

—Ese sobre salió de mis manos completamente cerrado.

Diego examinó el sello.

Había algo imposible de explicar.

La marca de apertura estaba debajo del sello de devolución.

Alguien había leído la carta dentro del edificio Valcárcel antes de enviársela de regreso.

—¿Quién abrió esto?

Nadie respondió.

Lucía tomó la mano de su madre.

—Mamá, vámonos.

Alba miró a Diego.

—No busques un único culpable para sentirte inocente. Ellos pudieron esconder mis cartas, pero tú pasaste seis años sin comprobar si lo que te contaban era verdad.

Aquello le dolió más que cualquier insulto.

Diego miró nuevamente a su padre.

—¿Las recibiste tú?

Ramiro mantuvo la barbilla alta.

—Estabas destrozado. Hice lo necesario para proteger tu futuro.

—Mi hija era mi futuro.

Alba y Lucía comenzaron a caminar hacia la salida.

Diego quiso seguirlas.

—No —advirtió Alba—. No corras ahora hacia una niña que lleva toda su vida escribiéndote sin recibir respuesta. No eres un padre perdido que ella pueda recuperar en cinco minutos.

Las puertas se cerraron tras ellas.

Entonces Diego volvió hacia el altar.

Nuria todavía llevaba el velo.

—Podemos solucionar esto —susurró ella—. En privado.

Diego levantó el sobre azul.

—Primero voy a descubrir quién lo abrió.

Y por primera vez desde que comenzó aquella pesadilla…

Nuria bajó la mirada.

"¡HABLA CON MI HIJO SORDO!" — SE BURLÓ EL MILLONARIO ARROGANTE... PERO LA CAMARERA LO CALLÓPARTE 1—Si eres tan lista, ca...
08/08/2026

"¡HABLA CON MI HIJO SORDO!" — SE BURLÓ EL MILLONARIO ARROGANTE... PERO LA CAMARERA LO CALLÓ
PARTE 1

—Si eres tan lista, camarera, habla con mi hijo y hazlo sonreír delante de todos.

La frase de Leonardo Salvatierra provocó varias risas nerviosas alrededor de la mesa.

Clara Rivas sintió cómo todas las miradas se clavaban sobre ella.

Solo quería terminar su turno en aquel lujoso restaurante de Madrid.

Pero ahora uno de los empresarios más poderosos del país la estaba utilizando para divertir a sus invitados.

Leonardo estaba sentado junto a Mateo, su hijo de ocho años.

El niño era sordo y apenas se comunicaba con su familia.

O eso creían ellos.

Clara había observado algo diferente.

Desde que llegó a la mesa, Mateo movía discretamente los dedos debajo del mantel.

Estaba hablando.

Simplemente nadie se molestaba en escucharlo.

Clara dejó la bandeja a un lado.

Se agachó hasta quedar a su altura y preguntó en lengua de señas:

—¿Quieres hablar conmigo?

Mateo abrió los ojos sorprendido.

—¿Me entiendes?

—Sí.

Por primera vez en toda la noche, el rostro del niño cambió.

Leonardo se levantó.

—¿Qué está haciendo?

—Hablando con su hijo.

—Mi hijo tiene especialistas. No necesita que una camarera juegue a ser terapeuta.

Clara sintió una vieja herida abrirse.

Su hermano Samuel también había sido sordo.

Ella había aprendido lengua de señas por él.

Samuel murió siendo adolescente después de que varios adultos ignoraran durante demasiado tiempo lo que intentaba comunicar sobre un dolor físico.

Desde entonces Clara había jurado no volver a convertirse en la voz de nadie.

Pero Mateo la miraba exactamente como Samuel la había mirado alguna vez.

Asustado.

Invisible.

Clara volvió las manos hacia el niño.

—¿Qué quieres decir?

Mateo señaló a Leonardo.

Sus dedos se movieron lentamente.

—Papá no escucha.

Clara levantó la mirada.

—Dice que su padre no escucha.

Las risas desaparecieron.

Leonardo perdió el color por un instante.

—Eso es absurdo.

Mateo insistió.

—Papá está aquí… pero no me entiende.

Esta vez Clara tradujo palabra por palabra.

Leonardo quedó inmóvil.

Su madre, Isabel Salvatierra, intervino inmediatamente.

—Mateo está cansado. Basta de este espectáculo.

El niño se estremeció al escucharla.

Clara vio algo extraño.

Mateo no estaba mirando el rostro de Isabel.

Miraba un pequeño broche plateado con forma de hoja que llevaba sobre el vestido.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Abuela… noche… mamá lloraba…

Clara se quedó helada.

Leonardo lo notó.

—¿Qué acaba de decir?

—Quiere irse.

—Está ocultando algo.

Clara lo enfrentó.

—Estoy evitando que conviertan el miedo de un niño en entretenimiento.

El gerente apareció y ordenó a Clara disculparse.

Ella se negó.

Terminó despedida aquella misma noche.

Pero antes de salir, Mateo se aferró a su manga.

Le hizo una última seña.

—Vuelve.

Clara pasó la noche pensando en él.

Al día siguiente recibió una fotografía desde un número desconocido.

Era un dibujo infantil.

Dos personas.

Un niño y una mujer con uniforme de camarera.

Debajo había una sola palabra:

Vuelve.

Clara regresó.

No por Leonardo.

Por Mateo.

Esta vez el millonario no la recibió con arrogancia.

—Quiero aprender a hablar con mi hijo.

Clara le mostró una primera seña.

—Perdón.

Leonardo la imitó torpemente.

Mateo no sonrió, pero tampoco apartó las manos de su padre.

Durante los encuentros siguientes, Clara comprendió que el silencio de Mateo escondía algo mucho más grave.

El niño dibujaba lluvia.

Un automóvil.

A su madre, Inés.

Y siempre el mismo broche plateado.

Leonardo llevaba años creyendo que Inés había mu**to simplemente en un accidente automovilístico.

Mateo supuestamente estaba demasiado traumatizado para recordar.

Pero un día Clara colocó varias fotografías familiares frente a él.

Mateo señaló una imagen de su madre.

—Mamá dijo: corre.

—¿Corriste? —preguntó Clara.

Mateo negó.

—Cinturón. Puerta. No pude.

Sus dedos comenzaron a moverse más rápido.

—Mamá lloraba. Abuela llegó. Teléfono. Mamá pidió ayuda.

Leonardo sintió que el aire desaparecía.

—¿Mi madre estuvo allí?

En ese momento la puerta se abrió.

Isabel acababa de entrar.

Llevaba puesto el broche plateado.

Mateo se encogió contra la silla.

Isabel miró a Clara.

—Está llenando la cabeza de mi nieto con recuerdos falsos.

Mateo levantó las manos.

Clara observó sus señas.

Luego lo miró directamente a él.

—¿Estás seguro?

El niño asintió.

Señaló el broche.

Después señaló a Isabel.

Y firmó lentamente:

—Tú estabas allí.

Leonardo giró hacia su madre.

Pero Mateo todavía no había terminado.

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