19/08/2025
La vida se quema...y el tiempo arde;
Antes del calor, estaba el silencio. Un silencio tejido con el susurro de mis hojas, el murmullo de los arroyos y el latido compartido de mil corazones. Yo era un solo ser, un tapiz de raíces entrelazadas y ramas que buscaban el mismo sol. Desde el roble más anciano hasta el más humilde de los musgos, todos éramos uno. Sentía el correr del cervatillo en mis entrañas y el batir de las alas del azor en mi copa. Éramos la vida, en su perfecta e ignorante armonía.
El primer indicio fue una punzada ajena. Un olor acre que no pertenecía a la resina ni a la tierra húmeda. Luego, una columna de humo en el horizonte, una mancha sucia en mi cielo azul. Mis pájaros se callaron primero, sus cantos reemplazados por un silencio tenso, premonitorio. Mis raíces sintieron una vibración lejana, una discordia en la sinfonía de la tierra. El miedo, un veneno lento, comenzó a filtrarse en mi savia.
Llegaron las máquinas, bestias de metal que rugían y desgarraban. No entendían mi lenguaje, mi unidad. Para ellos, yo era solo combustible. Con sus garras de acero, me arrancaron trozos de mí mismo. Los arbustos, mis hijos del sotobosque, gritaron en silencio mientras sus raíces eran separadas de la tierra madre. Crearon una herida, una franja de tierra desnuda que llamaron cortafuegos. Una amputación con la vana esperanza de salvar el resto del cuerpo.
Entonces, llegó él. El Fuego. No como una criatura, sino como un hambre. Una entidad anaranjada y crepitante que lo devoraba todo. Se arrastró por el suelo, lamiendo la hojarasca seca, y trepó por mis troncos como una plaga voraz. El aire se llenó de cenizas y del grito ahogado de un millón de vidas diminutas: los insectos, las arañas, los arquitectos de mi suelo, convertidos en pavesas en un instante.
Escuché el pánico de mis criaturas. Una cierva corría, con los flancos humeantes, buscando un refugio que ya no existía. Su cervatillo, demasiado joven, tropezó y fue engullido por el mar de llamas. Sentí su último balido como una cuchillada en mi propio corazón de madera. No había escapatoria. El calor era absoluto, la muerte era el aire que se respiraba.
Una familia de conejos se acurrucó en su madriguera, confiando en la protección de la tierra. Pero el calor penetró la arcilla, cociendo el aire, robándoles el aliento. Sentí su sofocación, sus pequeños corazones latiendo hasta detenerse. Su tumba fue su hogar, un monumento silencioso a la inocencia perdida.
Intenté luchar. Mis árboles más viejos, los gigantes de corteza gruesa, intentaron resistir. Mis pinos, en un último acto de sacrificio, liberaron su resina, ardiendo con una furia explosiva para crear una corriente de aire que desviara al enemigo. Mis raíces más profundas buscaron la humedad subterránea, un último sorbo de vida para resistir la sequía abrasadora. Fue inútil. El hambre del fuego era infinita.
El cielo se volvió naranja, luego negro. El sol desapareció tras un velo de humo. El mundo se redujo a un rugido y un calor insoportable. Mis hojas, mis pulmones, se convirtieron en ceniza y flotaron en el aire viciado. El dolor era total, una agonía que recorría cada fibra de mi ser, desde la raíz más profunda hasta la rama más alta. Estaba muriendo.
Y luego, lentamente, el hambre del fuego comenzó a saciarse. Donde antes había vida, ahora solo quedaban esqueletos negros apuntando a un cielo gris. El silencio regresó, pero era un silencio diferente. Un silencio de muerte, pesado y lleno de fantasmas. El suelo, cubierto de ceniza, estaba caliente al tacto, como una fiebre que se niega a ceder.
Ahora espero. Soy una memoria, una cicatriz en la piel del mundo. Mis raíces, aunque quemadas, aún se aferran a la tierra. En la oscuridad y el silencio, siento un pulso débil, una promesa lejana. Quizás, algún día, de esta ceniza, un brote verde se atreva a nacer. Pero el bosque que fui, el tapiz de mil corazones, nunca volverá a ser el mismo. El eco de los gritos silenciosos permanecerá para siempre en mi alma calcinada.