21/10/2025
TRISTE HISTORIA DE UNA MADRE QUE NO VERÁ CRECER A SU HIJA.
Dayanna: una historia de amor, esperanza y negligencia
Era martes 14 de octubre, en Manta.
Dayanna ingresó al Hospital Rodríguez Zambrano con un cuadro de preeclampsia. Su embarazo tenía 35 semanas, y los médicos determinaron que debían realizarle una cesárea de emergencia.
A pesar del miedo, Dayanna estaba tranquila. Sabía que pronto tendría en brazos a su hija.
La cirugía fue aparentemente un éxito. La pequeña Alaia nació rodeada de amor. Los médicos la colocaron sobre el pecho de su madre, y durante unos segundos el tiempo se detuvo.
El calor de Dayanna ayudaba a regular el ritmo cardíaco de la bebé, mientras ella la miraba con ternura y sonreía.
Cristhian, su esposo, y Nicolás, su hijo de ocho años, estaban llenos de felicidad. Por fin, la familia que tanto soñaron estaba completa: ellos tres y la recién llegada Alaia.
Pero la felicidad comenzó a desvanecerse demasiado pronto.
Dayanna fue llevada al área de recuperación, donde apenas estuvo una hora. Poco después, ya en su habitación, comenzó a sentir un dolor profundo, insoportable. Llamaba a las enfermeras, pedía ayuda, gritaba.
Según testigos —otros familiares de pacientes—, los pedidos de auxilio eran constantes. Pero las enfermeras, sin empatía ni urgencia, respondían que era “normal, producto de la cesárea”.
En la madrugada del 15 de octubre, Dayanna sufrió dos paros cardíacos. Fue llevada a cirugía de emergencia, donde le extrajeron el útero y un ovario.
Después, los familiares recibieron respuestas vagas, sin explicaciones claras. Días más tarde, se supo que los órganos no fueron preservados correctamente y ya no servían para realizar la biopsia necesaria.
Un hecho que encendía las primeras luces de negligencia.
Dayanna fue trasladada a la UCI, en estado crítico.
Su cuerpo empezó a hincharse, no orinaba y mostraba fallos en sus órganos. Los médicos ordenaban una larga lista de medicamentos que el hospital no tenía.
Entre ellos, la epinefrina, que debían conseguir los familiares por su cuenta.
La epinefrina era escasa en toda la ciudad, pero los médicos la pedían en grandes cantidades: 20 ampollas cada dos horas.
Los familiares recorrieron Manta entera, de madrugada, yendo de farmacia en farmacia, buscando ampollas sueltas, reuniendo pocas unidades en cada lugar.
Con el corazón en la mano, cruzaban la ciudad entre la desesperación y el cansancio, intentando sostener con su esfuerzo la vida de Dayanna.
Esa misma tarde, mientras Cristhian visitaba a Alaia y a Nicolás en casa, su hijo le hizo una pregunta que le desgarró el alma, aunque él intentó mantener la calma:
—“Papi, ¿mi mami ya estará bien para mi cumpleaños? ¿Vendrá pronto a casa?”
El jueves 16 de octubre, los médicos comunicaron que la pequeña Alaia podía recibir el alta.
Fue un momento agridulce. Mientras Dayanna seguía entre la vida y la muerte, su bebé salía del hospital en brazos de su abuela.
La madre de Dayanna, con el alma hecha pedazos, preguntó entre lágrimas si ya no iban a hacerle nada más a su hija.
Pero solo recibió miradas vacías, silencios y respuestas inciertas: ni ellos sabían qué más hacer, ni siquiera lograban determinar de dónde provenía el sangrado.
Con el corazón roto, tomó una decisión durísima: llevarse a su nieta a casa, para cuidarla como alguna vez cuidó a Dayanna.
Ya no volvió al Hospital Rodríguez Zambrano, ni más tarde al de Portoviejo.
Tal vez ya no soportaba ver sufrir a su hija.
Tal vez, en su corazón de madre, ya presentía el final.
Esa misma tarde, el hospital permitió que todos los familiares pudieran ingresar a verla, uno por uno.
Nadie entendía por qué, si antes ni siquiera dejaban pasar al esposo o a la madre.
Tal vez por arrepentimiento, o por el simple deseo de dar un último adiós.
Dayanna estaba irreconocible.
Su rostro hinchado, su cuerpo lleno de tubos.
Y los familiares, sin guantes, sin batas, sin gorros, apenas con algo de alcohol en las manos y una mascarilla, eran guiados a su lado.
El personal médico tampoco cumplía los protocolos de bioseguridad.
Antes de entrar, le hicieron escuchar un audio de su hijo Nicolás:
“Hola mami, te quiero mucho, ya quiero que regreses pronto.”
Aquella voz inocente quebró el alma de todos.
Era el eco de un niño que aún no entendía lo que pasaba, que solo quería ver regresar a su mamá.
Mientras tanto, Cristhian permanecía en silencio, sentado en la oscuridad del hospital.
Le hablaba en voz baja, con el alma hecha pedazos.
Le decía cuánto la amaba, cuánto la necesitaban.
Le pedía que se levantara, que no se rindiera, que Nicolás y Alaia la esperaban en casa, que su hogar no era el mismo sin ella.
A su alrededor, el dolor era insoportable.
Su hermana Nicole, su padre, su madre y demás familiares oraban, lloraban y se abrazaban intentando sostenerse unos a otros.
Nadie encontraba consuelo.
Horas más tarde, una enfermera sugirió buscar una clínica privada con UCI y diálisis, pues los riñones de Dayanna ya no respondían.
Los familiares se movieron de inmediato, llamando a todas las clínicas de Manta.
Pero ninguna aceptaba sin un diagnóstico médico formal, documento que el hospital se negaba a entregar.
Sabían que cuando llegara, ya sería tarde.
De pronto, el hospital comunicó a Cristhian que Dayanna sería trasladada al Hospital de Especialidades de Portoviejo.
No hubo papeles que firmar, ni explicaciones. Todo “ya estaba gestionado”. Aquella rapidez era extraña.
Los familiares sospechaban que solo querían trasladarla para evitar que muriera allí, en el Rodríguez Zambrano.
La ambulancia que la trasladó no pertenecía a ninguno de los dos hospitales.
Dayanna fue llevada con su abdomen cubierto de forma improvisada, sin el cuidado que un ser humano merece.
Cristhian insistió en acompañarla, pero el personal de UCI y los paramédicos se negaban.
Mientras los familiares grababan la situación y protestaban desde fuera, finalmente permitieron que un familiar subiera a la ambulancia.
Durante el trayecto, el silencio era tenso.
El personal médico hablaba en voz baja, usando palabras en clave.
Atrás, Cristhian y otros familiares seguían la ambulancia, rezando, temiendo lo peor.
Contra todo pronóstico, Dayanna resistió el viaje.
Al llegar al Hospital de Especialidades de Portoviejo, el personal de guardia se mostró sorprendido: nadie sabía del traslado.
Era viernes 17 de octubre, feriado por las fiestas de cantonización, y no había camas disponibles.
La diálisis, dijeron, se haría el lunes 20.
Por gestiones de la familia, lograron que le asignaran una cama y recibiera atención básica.
Esa noche, hubo un destello de esperanza: los exámenes indicaban que Dayanna estaba más estable de lo que se creía.
Por un instante, todos pensaron que el milagro era posible.
Pero al amanecer, los médicos informaron que su frecuencia cardíaca había bajado a 30.
Cristhian llamó varias veces, rogando por noticias. Poco después, recibió la llamada que nadie debería recibir.
Dayanna había sufrido otro paro cardíaco. No resistió.
El silencio se apoderó del pasillo.
Su madre, desde casa, lloró desconsoladamente, recordando cómo su hija solo soñaba con tener una niña mientras sostenía a su nieta entre brazos.
Su padre y su hermana Nicole, destrozados, lloraban sin consuelo.
Y Cristhian, con el alma hecha pedazos, solo pensaba en sus hijos:
en Nicolás, que aún esperaba escuchar “mamá ya viene”,
y en Alaia, que nunca sentiría el calor del pecho que la trajo al mundo.
Durante el velorio, Nicolás, entre lágrimas, abrazó a su abuela y le dijo con inocencia y tristeza:
“Prométeme que siempre estarás conmigo y no me abandonarás como lo hizo mi mami.”
Ella, sin poder decir palabra alguna, lo abrazó con todas sus fuerzas, llorando desconsoladamente, mientras los familiares que escucharon aquellas palabras se quebraban en silencio.
Y así, entre lágrimas, todos se hacen la misma pregunta:
¿Es justo que un padre y una madre vean morir a su hija?
¿Es justo que unos hijos crezcan sin el amor y los brazos de su madre?
¿Es justo que una bebé recién nacida no sienta el calor de quien le dio la vida, que no pueda ser amamantada, ni abrazada, ni cuidada por ella?
Dayanna merecía vivir.
Su familia merece respuestas.
Y Manta, su ciudad, merece justicia.
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