26/05/2026
Hace trece años, el 4 de febrero de 2013, tuve el privilegio de conversar largamente con Ramón Oviedo previo al día de su cumpleaños número 89.
Aquella visita a la galería, que comenzó como una conversación informal entre amigos, terminó convirtiéndose en un testimonio extraordinario sobre la historia del arte dominicano, sus protagonistas, sus conflictos, sus afectos y sus heridas.
Oviedo habló sin filtros.
Recordó a Gilberto Hernández Ortega, José Gausachs, Paul Giudicelli, Ada Balcácer, Guillo Pérez y José Gómez Sicre.
Reflexionó sobre los concursos, los galeristas, los coleccionistas, la pérdida de cierta mística en el arte y la necesidad del dibujo como raíz esencial de la pintura.
Pero también apareció el hombre detrás del artista: el compositor de canciones, el observador irónico, el creador consciente del paso del tiempo y de la fragilidad de la vida.
Hoy, al releer aquellas páginas, comprendo que no se trató únicamente de una entrevista. Fue una conversación irrepetible con uno de los grandes maestros de la pintura dominicana, sostenida desde la confianza, la cercanía y la memoria viva de una generación que transformó nuestra plástica nacional.
Conservar este documento es también preservar una voz, una manera de pensar y una época del arte dominicano que no debería perderse en el olvido.
En sus palabras quedó retratado un país culturalmente intenso, donde el talento convivía con las rivalidades, las pasiones y las búsquedas personales. Escucharlo era asistir a una lección de historia oral, pero también a una confesión íntima sobre el oficio de crear.
Muy pronto compartiré fragmentos de aquella conversación, que hoy adquiere todavía más valor como documento de memoria y patrimonio cultural dominicano.
— Juan José Mesa