13/12/2025
𝓡𝓸𝓫𝓮 𝓘𝓷𝓲𝓮𝓼𝓽𝓪, 2025. Oil on canvas. | La verdad es que rara vez pinto sin la presencia del ser frente a mí, pero a Robe lo pinto desde otro lugar. Lo retrato desde lo que imagino que sería su alma si estuviera sentado frente a mí, aun sabiendo que sería siempre mucho más de lo que alcanzó a intuir. Pintar a Robe a sido más un acto de escucha que de observación. Pintar a partir de una fotografía es un ejercicio distinto, casi un diálogo con un reflejo congelado en el tiempo. La foto nos da la apariencia, los rasgos, la luz pero no nos entrega la respiración ni la energía que emana en un ser vivo. Es un reto y, a la vez, una libertad. Porque sin la presencia física me obligo a llenar los huecos con intuición y memoria, con lo que siento y recuerdo. La pintura deja de ser solo una copia: de convierte en un encuentro entre la imagen, la imaginación y la emoción propia. Pintar así es, en cierto modo, un acto de amor y de audacia: un intento de dialogar con alguien que no está ahí, de tocar su esencia a través de mi propia mirada y de dejar en el lienzo un eco de lo que intuyo que su alma podría ser.
No quise embellecer sino capturar su pulso humano y libre, esa fuerza que nunca se domestica, reflejar su arte en su alma.
Es mi pequeño regalo, un pedacito de mí entregado para que un camino quede en el presente: un eco silencioso de gratitud, un instante compartido entre su música y mi pintura, entre su alma y la mía.
Gracias Robe por tanto. Vuela alto. ☄️💫