04/01/2026
EL LIRIO BLANCO
©️ Carlos Trujillo Morales
Mi nombre es Julius Portella. Hace poco menos de un año, vivo en Los Angeles, California.
En medio de mi extensa labor como catedrático de Literatura Hispana en la Boston University, descubrí, entre los archivos de la bóveda universitaria, recónditas y señaladas referencias a El Lirio Blanco, en textos que no deberían concordar; —entre los que cuentan, un bestiario monástico del siglo XII, un tratado persa sobre geometrías, aromas y sonidos no comprobados y una crónica anónima guardada bajo siete llaves en la Biblioteca de Uppsala —cuyo manuscrito contiene además una considerable dosis de desconfianza respecto al relato mismo—. Todos ellos coinciden en lo esencial del asunto, aunque difieren en los detalles de la historia y en los personajes, lo cual, lejos de invalidarla, refuerza la sospecha de su veracidad.
La torre de esta narración aparece descrita como una construcción errónea. No en el sentido moral, sino en el geométrico. Sus ángulos, escribe fray Adelmo de Rouen, “obedecen a una lógica que no es la de este mundo, pero tampoco la de ningún otro imaginable”. La torre no fue erigida: fue permitida.
En lo alto vivía Alba-Flor.
No sabemos si ése era su nombre o una traducción piadosa. Algunos manuscritos sugieren que ella no nació, sino que fue una adaptación del numen del lugar. Su edad era indeterminable. Su conducta, repetitiva: rezaba. No a Dios exactamente, aclara un comentarista árabe, sino que lo hacía para sostener una forma.
En el centro de su vergel había un lirio blanco. Ningún texto lo describe del mismo modo. Todos coinciden, sin embargo, en que éste no crecía. Persistía. Tampoco desprendía aroma alguno, y sin embargo provocaba en el observador una nostalgia inexplicable, como si el mismo hubiera olvidado algo esencial con su propio nacimiento.
Entonces la figura del lirio para nada simbolizaba la pureza. Su relación con lo puro y noble del sentimiento humano es consecuencia de una lectura tardía, de carácter moralizante. Los documentos antiguos lo nombran como el umbral de otra dimensión.
El villano de esta leyenda, o historia, nombrado El Guardián, irrumpió en el escenario, que no es otro que el jardín, donde sobresalía el lirio, tras las primeras desapariciones que tuvieron lugar alrededor de la torre que había junto a este floral. Su función era vigilar a Alba-Flor, aunque es probable que ella fuera quien lo vigilaba a él. Dicen que llevaba una espada corva y que él no creía en nada que no pudiera aniquilar.
—¿Qué es esa cosa? —le preguntó a la muchacha, señalando el lirio.
—No es una flor —respondió Alba-Flor—. Es una continuidad.
El amuleto que dicha doncella llevaba al cuello presenta dificultades mayores. El metal no ha sido identificado. Bajo cierta luz parece absorber todo lo circundante; bajo otra iluminación aparenta deformar el entorno. Se le atribuye la capacidad de “preservar a su poseedor de la muerte”, lo cual es una afirmación imprecisa: más exacto sería decir que le retrasa el final, si no se lo prolonga.
Alba-Flor le ofreció a este caballero una demostración.
Apoyó el cuello contra un árbol seco. No hubo ningún dramatismo de su parte. No hubo nada de súplica. Fue un gesto casi didáctico.
El guardián decapitó el cuerpo.
Aquí las versiones divergen. Algunas afirman que la sangre bañó la tierra. Otras, que no cayó ni una gota. Todas coinciden en que el lirio se abrió de par en par, no como una flor, sino como una puerta hacia una nueva percepción visual y sensorial.
El guardián comprendió entonces que no había matado a Alba-Flor. Había interrumpido una función de este universo delicado y engañoso.
Más tarde —o antes, pues el tiempo en la torre no es confiable— otro hombre trepó a lo alto del balcón. Su descripción es vaga, por no decir que innecesaria. Importa más lo que ocurrió cuando intentó tocar el lirio, que ahora estaba en un ángulo de la habitación.
—No me beses —le advirtió la joven—. Si lo haces, me recordarás aún después de mu**to.
Desde entonces, la torre ha permanecido intacta. El lirio sigue allí. Alba-Flor también, aunque no en un sentido que el lenguaje tolere. Algunos sostienen que nunca fue humana; otros, que fue la forma más benigna que pudo adoptar una entidad para ser venerada sin llegar a ser comprendida.
Yo sospecho algo mucho más escabroso: que Alba-Flor no representa el sacrificio de una mártir, resucitada o no, sino que ella es el miedo del lector, a la muerte, reflejado en la trama, o el de perder a quien más quiere; el temor impostergable de lo que pasaría después; y que el lirio, por lo tanto, no es una puerta, sino un espejo.
Quien sueña con él despierta rezando palabras que no sabe dónde las pudo haber aprendido.
Quien lo arranca, escribe fray Adelmo, no muere nunca.
Simplemente deja de ser necesario.