10/06/2025
Un hombre se casó con una mujer muy hermosa, y la amaba profundamente. Con el paso del tiempo, ella desarrolló una enfermedad en la piel, y poco a poco comenzó a perder su belleza. Un día, su esposo tuvo que salir de viaje, y en el camino de regreso sufrió un accidente grave que le quitó la vista. Aun así, su vida de casados continuó como siempre, sin que nada cambiara entre ellos.
Con el paso de los días, la enfermedad de ella siguió avanzando, y su apariencia fue transformándose. Pero su esposo, ciego, no podía verlo. Y a pesar de los cambios, su amor seguía intacto. Él la seguía amando como siempre, y ella a él, con la misma intensidad de antes.
Hasta que, tristemente, un día ella falleció. Su muerte lo llenó de un dolor profundo. Después de despedirse de ella y cumplir con todos los rituales, decidió dejar la ciudad en la que habían compartido su vida. Entonces, un hombre se le acercó con preocupación y le preguntó:
—¿Cómo vas a caminar solo ahora? Todos estos años fue tu esposa quien te guiaba.
El hombre se detuvo, bajó la mirada y respondió:
—No soy ciego. Solo fingí serlo.
Lo hice porque sabía que si ella notaba que yo podía ver cómo su piel cambiaba por la enfermedad, eso la haría sufrir más que el propio dolor físico.
Yo no me enamoré solo de su belleza. Me enamoré de su corazón, de su forma de ser, de su alma hermosa.
—Fingí estar ciego… solo para que ella pudiera sentirse feliz hasta el final —dijo con voz suave, cargada de amor y recuerdos.
Reflexión:
Cuando amas de verdad a alguien, estás dispuesto a hacer cualquier cosa con tal de proteger su paz, su alegría, su dignidad.
A veces, vale la pena “hacerse el ciego” y no señalar los defectos del otro, para mantener viva la armonía y el amor.
La belleza externa se va con los años, pero el alma… el alma no envejece.
Ama por lo que hay dentro, no solo por lo que se ve por fuera.