04/07/2026
Mi amor preciosa, mi tía Mayra, con su pelo rubio y sus ojos verdes, fue siempre como un sol. Cada vez que uno se acercaba a ella, solo recibía amor y alegría. Evidentemente, algo le podía estar doliendo o preocupando, porque era un ser humano, pero el amor y la alegría siempre terminaban ganando en ella.
Qué ser humano tan bonito supo ser. Qué obra de arte de la mano de Dios.
Sin necesitar de mucho, supo desarrollar el arte de la alegría de manera magistral. Me atrevo a decir que la hizo una flor muy especial en el jardín de Dios. Sus ojitos coquetos, que tengo clavados en el pecho, veían belleza, amor y razones para vivir en todo.
Pero además fue una flor sumamente fuerte y resiliente. Superó retos con la gracia de un ave del paraíso, siempre serena, firme, bella en todos los aspectos.
Siempre olía delicioso. Sé que era porque nunca le podía faltar un buen perfume, pero en medio de su coquetura también se colaba el olorcito de su alma.
Nunca nadie nos preparó para decirle adiós, porque la fortaleza de su espíritu nos hizo creer que era eterna.
Y estábamos en lo correcto.
Hoy ella no está físicamente, pero no puedo evitar sentirla presente: en la fuerza del río, en la grandeza pacífica de la montaña y en la frescura del árbol frente a mi ventana. Mi esposo tuvo el privilegio de compartir con ella en dos ocasiones y sintió lo mismo: sintió su alma en la gracia de la naturaleza esta mañana, la primera en la que ella ya pasó hacia lo eterno e ilimitado.
Tía Mayra, verte vivir fue un regalo de Dios. Verte morir duele, pero también nos recuerda que lo que nace del amor es eterno.
No te has ido del todo, porque todos los que quedamos te llevamos en el día a día, como un recordatorio de la bondad de Dios.
Te amaremos por siempre.