17/06/2026
Al viejón le cayeron los Z y le pidieron que entregara su terreno, un rancho con aserradero, y que si no lo hacía en 24 horas, ya sabía por dónde iba el tiro.
Estamos hablando de don Alejo, quien tenía recién cumplidos sus 77 años. Según ellos lo amenazaron, pero sin saberlo, le habían declarado la guerra.
Y como era patrón de todos, les dijo a sus empleados: «mañana no hay trabajo», y esa misma tarde fue a su almacén de armas y sacó las que creyó mejores para hacer un desmadre cuando llegaran los malitos.
En cada ventana de la vivienda colocó rifles de grueso calibre como si fueran torretas listas para usarse estratégicamente. Puso costales como muros defensivos en distintas partes y blindó los balcones para también poder apuntar desde ahí.
Esa noche se despidió por teléfono de su familia sin explicarles nada, bebió su mejor tequila y durmió ahí mismo en su rancho.
En la mañana del siguiente día, ya se podía ver a lo lejos el polvo que levantaban los trocones. Don Alejo los esperaba desde el balcón del segundo piso con un rifle .30-06 en mano.
Los sicarios llegaron y uno de ellos avisó quemando cartucho. Pensaron que el abuelo saldría con la cabeza agachada y listo para dar las llaves, pero uno de ellos azotó contra el piso así de la nada. Digamos que ni supo que había mu**to. “Se apagó la señal” cuando recibió un plomazo desde la vivienda del don.
Todos corrieron con sus botas de lujo a resguardarse detrás de las Lobo, las Cheyenne y las Suburban. Apuntaron a quién sabe dónde y respondieron a como la suerte lo dictara.
Don Alejo ya había cambiado de lugar y ahora tenía en la mira a otro bandido. Se lo tronó mientras aquel corría de un lugar a otro, como antes él mismo acababa con los coyotes que amenazaban a sus chivos.
Ya iban dos, y al tercero le dio entre los ojos apenas asomó la jeta detrás de un árbol.
Los malitos subieron a sus trocas y se pelaron, pero don Alejo sabía que apenas comenzaba la fiesta. Aprovechó para cargar munición y posicionarse en otro lugar.
Los Z regresaron con más gente, cada uno portando armas que ni el ejército tiene. Rafaguearon la vivienda del abuelo Rambo, y este respondió desde su escondite, haciendo que otro malito se tragara una bala. Y no pasó como en los videojuegos donde aparece el monito después de picarle al triángulo del control; porque una vez tumbado, el pelao ya no volvió a salir.
Pero aquellos tenían radio y a gritos desesperados pidieron más gente. Llegaron los que tenían granadas y con miedo las aventaron mientras les llovían las balas del abuelo.
Ya eran treinta cabrones según las huellas encontradas.
Las explosiones y el humo de las granadas obligaron a don Alejo a cambiar de lugar y eso lo dejó vulnerable. Recibió una bala en el pecho que lo tumbó, pero desde ahí apuntó y le dio a uno en el hombro. Luego le dio a otro que se había confiado y lo dobló ahí mismo.
Esos dos últimos no murieron ahí, pero quedaron inconscientes.
Los sicarios vaciaron sus rifles de asalto a lo bestia y siguieron arrojando granadas como si tuvieran que derribar a Godzilla.
Les llegaron reportes por radio de que el ejército iba en camino, y se fueron del lugar.
La ley finalmente llegó y encontró cuatro muertitos y dos heridos —que después murieron—. Cuando entraron a la vivienda, descubrieron que la única persona dentro era un abuelo apuntando hacia afuera, pero ya abatido por las esquirlas de las granadas.
Ante aquel descubrimiento nació la leyenda de don Alejo, el hombre que no entregó su tierra y decidió escoger el camino de la honra, él solo, sin arriesgar a nadie. La libertad de preservar su rancho no era negociable, y lo peleó hasta las últimas consecuencias.
Y a quien piense que el viejón perdió al decidir morir en batalla, permítame argumentarle que todos vamos a morir, pero pocos seremos recordados por lo que hicimos y eso hace la diferencia entre quien pierde y quien gana. No gana el que vive más tiempo, gana el que se queda por siempre en la cultura aunque ya no viva.
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Aquello fue en noviembre del 2010, en el rancho San José, Tamaulipas, cuando se empezaba a poner bien caliente en todo el norte.
Don Alejo es un héroe moderno entre tantos héroes clásicos, y merece ser leído como parte de la historia mexicana.