07/12/2021
Hace un tiempo, hablaba con alguien sobre una carga que me he puesto a lo largo de los años.
Es una carga pesada, incómoda, una carga que me impide caminar bien, una carga que me lleva a creer que «debo» ser perfecta y que en el más mínimo error que yo cometa, —pienso—, que todo lo demás, habrá sido en vano.
Esa carga se llama perfeccionismo.
Y está conmigo desde que era una niña.
Algunos piensan que debería verla como una «virtud». Como si de un don se tratase y dicen: “No es tan malo ser perfeccionista, ¿sabes? eso te ha permitido hacer las cosas lo mejor posible”.
Lo que no saben es que puede hacernos mucho daño, que si no se habla (y se maneja) puede enfermarte. Enfermarte mucho. Desorientarte. Sentirte en un callejón sin salida.
Pero, hay una preciosa verdad que debo recordarme cada día:
Jesús no vino por personas perfectas, porque solo Él lo es. Él vino por personas dañadas, heridas, incapaces, que reconocen su profunda necesidad.
No se trata de alcanzar un estándar moral, porque Él tomó nuestro lugar.
Y eso no es todo:
¡Él también promete darnos descanso!
Un descanso que perdura.
Un descanso para el alma.