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21/06/2026

Y sin embargo, se gobierna para el pueblo. Los efectos del gobierno han de juzgarse en función de lo que éste haga al pueblo. Por muy desinformada, ignorante o incluso estúpida que se presente la “voluntad del pueblo”, por inadecuados que sean los métodos para descubrir en qué consiste, esa voluntad es indispensable. ¿De qué otro modo podríamos valorar la forma en que las soluciones técnico-políticas que damos a los problemas que ocupan a la humanidad ¬–por muy especializadas y técnicamente satisfactorias que resulten en otros aspectos– influyen en los seres humanos de carne y hueso? Los sistemas soviéticos fracasaron porque no existía una comunicación de doble sentido entre quienes tomaban las decisiones “en interés del pueblo” y aquellos sobre quienes se imponían tales decisiones. En los últimos veinte años, la globalización del ‘laissez-faire’ ha cometido el mismo error.

21/06/2026

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20/06/2026
El presentadorA Luis Fernando Quiroz, con afectoLlegué al café del parqueadero del Éxito diez minutos antes de la cita, ...
19/06/2026

El presentador

A Luis Fernando Quiroz, con afecto

Llegué al café del parqueadero del Éxito diez minutos antes de la cita, por previsión que es mi costumbre. Como es normal, aún no había llegado la persona con quien concertara el encuentro, y según es la gente por lo común, podría demorarse más de lo esperado. En casos así, siempre me dispongo a dejar ir el tiempo. Nunca llevo un libro para distraer el rato, y hoy, veinte años después, procuro no mirar el celular. Tampoco suelo comprar nada de comer antes de verme con el otro.

Pueden entonces pasar muchas cosas y no pasar nada. En ese café de ese parqueadero suelen sentarse pensionados a charlar, y si uno aguza el oído, se entera de la actualidad con sus comentarios. Al lado hay unos cajeros bancarios automáticos en cuyas filas de usuarios me gusta escrutar el rostro de la humanidad. Del gran almacén entran y salen personas con paquetes disformes que me quedo mirando. Yo el día anterior había vuelto a fumar, así que me alejé un poco y encendí un cigarro.

Esa mañana –por esos tiempos, en verdad– andaba nervioso. Aunque llevaba más de un año sin meter coca ni fumar yerba, sabía que en la ciudad tenía una fama de adicto quizás imposible de borrar. Además, corría un escándalo por mis inconformidades políticas en mi trabajo en un famoso centro cultural de la ciudad. Debido a eso estaba ya sin empleo, y me preocupaba el modo en que me vieran todos, y ahora, especialmente, aquel con quien me iba a encontrar: Builes, un viejo compañero de periodismo.

Sin embargo, mis expectativas con Builes habían cambiado desde el día en que le pedí el favor por el cual suponía que me había citado. De hecho, la propia cita me extrañaba. Al fin y al cabo, demoró meses en responder a mi pedido de que me tuvieran en cuenta en el canal de televisión donde él trabajaba, para que me probaran como presentador del noticiero de la noche, el más visto de la región. En realidad, no podía ser otra la razón para que me dijera que habláramos, aunque yo ya no quería nada.

El día anterior había sucedido algo imprevisto tan pronto Builes y yo cuadramos la cita y colgamos el teléfono. Tomé una decisión y cometí un acto cuyas consecuencias iban a afectar lo que fuera el diálogo con mi compañero. Después de escasas semanas de haber reingresado a los estudios que dejara inconclusos hacía años, volví a caer en el vicio y decidí dejar otra vez la universidad. Todo por lo que sucedió donde Rufo Puerta, a quien me dio por visitar durante la edición de su nueva película.

¿Qué me llevó allí? Tal vez fuera algo providencial, pero en todo caso fue una corazonada correspondiente al deseo de hallar trabajo estable con Builes y así poder evitar dos o tres años convicto en las aulas. Visitar a Rufo fue meterse en la boca del lobo, pues su entorno de decadencia provocaba en mí el puro cultivo del caos. Yo había salido de mi proceso de rehabilitación por toxicomanía hacía seis meses, y, en mi afán loco de conocimiento real, salvaje y mágico, necesitaba estar concentrado y sobrio.

Lo que encontré fue, por supuesto, una fiesta sin principio ni fin. Al otro día, en el parqueadero, comprobé que no estaba temblando, que no quedaban rastros de lo que fuera mi recaída y que, pese a mis nervios, estaba seguro de mí. Pero la experiencia con Rufo había sido abrasadora. No bien hube saludado al genio, se vino encima lo que había vivido eternidades con él y nuestros amigos hasta hacía algo más de un año –cuando debí iniciar mi recuperación, roto por los infinitos excesos–.

Estaban bebiendo ron a las cinco de la tarde, la botella iba en la mitad. Era martes. Para mí, el ver eso era un reto. El solo salir de casa había sido un reto que mis padres asumieron con inquietud. Yo me dispuse a presenciar las labores de montaje de la película que Rufo acababa de rodar con su gente, pero estar con ellos imponía ciertos protocolos que me afectaban y me llevaron –sin necesidad, claro está, pero con gran alegría– a aceptar los tragos que me ofrecieron.

'Padrenuestros ajenos' era una película de la mafia. La historia la escribió Rufo nada menos que con Max, Mad Max, un polémico aliado en sus lides de empresario audiovisual. Era una historia real. El mismo Max, veterano de la rumba, era el protagonista, y no demoró en llegar al apartamento donde hacía días, poco a poco, Rufo adelantaba el montaje del material rodado. A las seis de la tarde éramos varios los que atendíamos como testigos privilegiados al extraordinario evento.

En un momento dado, con un par de rones en la cabeza, me di cuenta de que iba a caer de nuevo en la tentación de la co***na. Me dije a mí mismo: tranquilo, toma el ritmo de Rufo, que es hábil en esto. Así lo hice. Y es que el suyo parecía un ritmo sabio. Cada cuarto de hora, un sorbo de ron; cada media hora, una fumada de yerba; cada hora, un ligero pase de co***na. La verdad es que a las ocho yo estaba borracho y a las nueve y media veía las ventanas del apartamento girar alrededor mío.

Volví a casa sin saber cómo me despedí, ni cómo llegué, ni cómo dormí. Lo que tenía claro es que no volvería a la universidad. En la mañana, mis padres no se atrevieron a despertarme. Yo recordaba la cita con Builes, y conservaba reservas de sobriedad y paz interior. Había escrito sin ver, antes de acostarme, un poema desatado (lo llamé 'Tempestad'), harto del sano pero estrecho rigor de la academia, y lo boté sin dolor al canasto. Me comí un pan con café y salí.

¿Acaso me dejaría esperando Builes? Ya llevaba yo veinte minutos aguardándolo. No me inmuté. No quise pensar en la fatalidad que sería para mí retornar al camino de la droga, ya sabía que la normalidad no es lo mío. Y esta certeza no surgía del daño físico ni de la tortura espiritual ni del condicionamiento mental en que me sume la droga. Lo que marcaba el rumbo de un extravío incluso más decisivo era otra cosa. Era mi diálogo de la noche anterior con el renegado y exitoso, adinerado Mad Max.

De pronto, siento una mano en mi hombro. “¿Qué hace tan solo la mayor autoridad del documental colombiano?”, me preguntó, bromista, Builes. “No hablés mierda”, me reí. “Qué gusto verte”, dijimos al mismo tiempo, y la coincidencia no mereció menos que un abrazo. “¿Qué ha sido de tu vida?”, me preguntó con un gesto escéptico que supuse parte de su amistad bullosa, y me di cuenta de que venía acompañado por una bella mujer sonriente, gruesa, ataviada con un largo manto de seda negra.

Nos hicimos a una mesita. “Los presento”, fue formal Builes. La chica pronunció su nombre y sacó un computador portátil. “Le venía contando a Cata que en la universidad vos eras la guía de mi generación, y me dijo que te conoce desde niña”. Cata asintió. “Yo a usted lo veía en televisión cuando yo estaba en el colegio”, se explicó. “¿De verdad?”, me asombré. No era la primera persona que me contaba algo parecido. Ciertamente, yo había sido una celebridad cuando joven.

Lo que pocos se preguntaban y nadie sabía responderse era por qué había terminado siendo no solo adicto, sino réprobo, alguien temido y odiado en las principales instituciones culturales de Medellín. Justo hacia allí enfocó Builes la charla, de manera disimulada. Me preguntó por el trabajo y se sorprendió, o aparentó sorprenderse, cuando le dije que había renunciado hacía poco a mi simple puesto de colaborador en la principal revista de cine del país y Latinoamérica.

Para mí, un apolítico, una luz iluminaba mi criterio después del diálogo con Mad Max. Lograba darme cuenta de que, si Builes lo orientaba todo hacia las políticas culturales, hacia el electrizante pero un tanto frívolo asunto del apoyo del Estado o las empresas a la llamada cultura, en el fondo se agitaban cuestiones más delicadas. Yo había salido de la revista por tocar temas que no se podían tocar en esos días en Colombia sin ser acusado, estigmatizado y perseguido por “terrorista”.

Builes truena la garganta, Catalina se reacomoda en el asiento y mi amigo se levanta y nos pregunta a ambos, señalándonos con el dedo amistosamente: “¿Quieren un café?”. “Un vienés”, pide ella. “Yo un campesino, pero te acompaño”, le digo, y vamos hasta el mostrador. Builes está malencarado. “Lo que pasa es que aquí la guerra, Santi, no es una guerra regular, o declarada”, me dice Builes. “Así es, pero no te olvidés que esto lo empezó el paramilitarismo”, le respondo. “Ay”, se queja él.

Volvemos en silencio con los cafés. Builes está evidentemente molesto y le habla al oído a Cata, que lo mira con gesto de decepción. “¿O sea que para vos la guerrilla nació del paramilitarismo, y no es al contrario?”, me pregunta él. “Vos sabés que las raíces de esto están en las masacres de los años treinta, después del bautizo de las bananeras”, afirmo. “Pero la cosa no es un efecto dominó”, argumenta Cata. “Es cierto, es como dice el refrán: siembra vientos y cosecharás tempestades”, aventuro.

“Hablemos de otra cosa”, impone Builes, y propone: “¿Por qué no hablamos de cine y ya?”. Yo suspiro. “Estamos hablando de cine, Builes”. “No me has dicho lo que opinás de los Óscar”, enfatiza él en lo que para muchos es el cine. “¿Los Premios Misión?”, me río yo, recordando el nombre del espectáculo con que, en nuestra universidad, los estudiantes imitaban la ceremonia del Óscar. “Eso, eso”, trata de celebrar mi amigo con tristeza. No hay cómo entendernos.

Cata cierra el portátil con el ceño amargo. “Este muchacho no tiene remedio”, comenta Builes, y se pone a contarle a su amiga la anécdota de mi intervención en una de las ceremonias de los Premios Misión, cuando con mis colegas de un colectivo audiovisual participé en la competencia con un par de videos, a cuál más incendiario y patán, que nadie se esperaba, porque habíamos inscrito otros, más formales, y a última hora hicimos el cambio y prendimos el ambiente.

El regreso a casa es tranquilo, pero agobiante. Mad Max, el mafioso, me había dado una lección de historia que la profesora de ciencia política, en la universidad, hubiera negado caprichosamente, pero al ahora actor protagonista de 'Padrenuestros ajenos' no le faltaban autoridad, ni citas, ni fuentes reales, para sostener lo que decía. “Vos no vas a ser presentador de noticias, vos sos más inocente que los inocentes, todos alimentamos esta guerra, Santiago”, iba diciendo.

Con un palillo entre los dientes, Mad Max miraba al vacío mientras me hablaba. No tocaba vicio, no bebía licor, no fumaba. Comía aceitunas. Celebraba las ocurrencias de Rufo, y con palabras cortas y secas se burlaba de mis idealismos y de mis conceptos. Nunca le hablé de anomia, y él supo entenderme cuando nada más le describí ese fenómeno, pero sonrió de lado, se chupó los labios, me dijo que Dios era grande, ¿vos sabés qué es eso? “Sermones”, concluyó, “simples sermones”.

Esa misma tarde, la guerrilla mataría al gobernador secuestrado, un pacifista, acosada por el rescate del ejército. Fue el gobernador provisional –el mismo que hubiera sido mi jefe en el noticiero, si yo hubiera sido presentador– quien diera la orden para ese operativo irresponsable. Entre tanto, se hablaba de un futuro salvador de la patria que ese mismo año llegaría a la presidencia con las consignas de una guerra justiciera que acabara con el mal en este mundo.

En el escritorio, desarrugado, alguien regresó el poema a su lloroso hijo calavera.

* Por Santiago Andrés Gómez

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