Café, Locos y Lectores

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Nuestro Café está cumpliendo su primer año, compartimos esta frase que nos define muy bien, y esperamos verlos pronto. 🎂...
01/06/2020

Nuestro Café está cumpliendo su primer año, compartimos esta frase que nos define muy bien, y esperamos verlos pronto.
🎂🎉🎈
¡FELIZ CUMPLEAÑOS!
"Será necesario que soporte dos o tres orugas, si quiero conocer las mariposas; creo que son muy hermosas. Si no ¿quién vendrá a visitarme? Tú estarás muy lejos. En cuanto a las fieras, no las temo: yo tengo mis garras".
-El Principito, Antoine de Saint-Exupery.

Recordar todos aquellos momentos importantes que ha atravesado nuestro Café nos llena de nostalgia pero también nos ilus...
01/06/2020

Recordar todos aquellos momentos importantes que ha atravesado nuestro Café nos llena de nostalgia pero también nos ilusiona con un futuro mejor.
Hoy cumplimos nuestro primer año, y nuestro deseo es verlos de nuevo muy pronto.

Montese al bus de Café, Locos y lectores. 🤪

18/05/2020

"Los hombres me han llamado loco; pero aún se ignora si la locura es o no una forma de la inteligencia más sublime…"
Edgar Allan Poe

NO OYES LADRAR LOS PERROS.Un cuento de Juan Rulfo.De: El llano en llamas, 1953.–Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si...
16/05/2020

NO OYES LADRAR LOS PERROS.
Un cuento de Juan Rulfo.
De: El llano en llamas, 1953.

–Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte.
–No se ve nada.
–Ya debemos estar cerca.
–Sí, pero no se oye nada.
–Mira bien.
–No se ve nada.
–Pobre de ti, Ignacio.
La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante.
La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda.
-Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los perros. Acuérdate que nos dijeron que Tonaya estaba detrasito del monte. Y desde qué horas que hemos dejado el monte. Acuérdate, Ignacio.
-Sí, pero no veo rastro de nada.
-Me estoy cansando.
-Bájame.
El viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.
-¿Cómo te sientes?
-Mal.
Hablaba poco. Cada vez menos. En ratos parecía dormir. En ratos parecía tener frío. Temblaba. Sabía cuándo le agarraba a su hijo el temblor por las sacudidas que le daba, y porque los pies se le encajaban en los ijares como espuelas. Luego las manos del hijo, que traía trabadas en su pescuezo, le zarandeaban la cabeza como si fuera una sonaja.
Él apretaba los dientes para no morderse la lengua y cuando acababa aquello le preguntaba:
-¿Te duele mucho?
-Algo -contestaba él.

No oyes ladrar los perros
Fotocomposición a partir de un retrato de Juan Rulfo y una fotografía tomada por el autor mexicano.


Primero le había dicho: “Apéame aquí… Déjame aquí… Vete tú solo. Yo te alcanzaré mañana o en cuanto me reponga un poco.” Se lo había dicho como cincuenta veces. Ahora ni siquiera eso decía. Allí estaba la luna. Enfrente de ellos. Una luna grande y colorada que les llenaba de luz los ojos y que estiraba y oscurecía más su sombra sobre la tierra.

-No veo ya por dónde voy -decía él.
Pero nadie le contestaba.
El otro iba allá arriba, todo iluminado por la luna, con su cara descolorida, sin sangre, reflejando una luz opaca. Y él acá abajo.
-¿Me oíste, Ignacio? Te digo que no veo bien.
Y el otro se quedaba callado.
Siguió caminando, a tropezones. Encogía el cuerpo y luego se enderezaba para volver a tropezar de nuevo.
-Éste no es ningún camino. Nos dijeron que detrás del cerro estaba Tonaya. Ya hemos pasado el cerro. Y Tonaya no se ve, ni se oye ningún ruido que nos diga que está cerca. ¿Por qué no quieres decirme qué ves, tú que vas allá arriba, Ignacio?
-Bájame, padre.
-¿Te sientes mal?
-Sí.
-Te llevaré a Tonaya a como dé lugar. Allí encontraré quien te cuide. Dicen que allí hay un doctor. Yo te llevaré con él. Te he traído cargando desde hace horas y no te dejaré tirado aquí para que acaben contigo quienes sean.
Se tambaleó un poco. Dio dos o tres pasos de lado y volvió a enderezarse.
-Te llevaré a Tonaya.
-Bájame.
Su voz se hizo quedita, apenas murmuraba:
-Quiero acostarme un rato.
-Duérmete allí arriba. Al cabo te llevo bien agarrado.
La luna iba subiendo, casi azul, sobre un cielo claro. La cara del viejo, mojada en sudor, se llenó de luz. Escondió los ojos para no mirar de frente, ya que no podía agachar la cabeza agarrotada entre las manos de su hijo.
-Todo esto que hago, no lo hago por usted. Lo hago por su difunta madre. Porque usted fue su hijo. Por eso lo hago. Ella me reconvendría si yo lo hubiera dejado tirado allí, donde lo encontré, y no lo hubiera recogido para llevarlo a que lo curen, como estoy haciéndolo. Es ella la que me da ánimos, no usted. Comenzando porque a usted no le debo más que puras dificultades, puras mortificaciones, puras vergüenzas.
Sudaba al hablar. Pero el viento de la noche le secaba el sudor. Y sobre el sudor seco, volvía a sudar.
-Me derrengaré, pero llegaré con usted a Tonaya, para que le alivien esas heridas que le han hecho. Y estoy seguro de que, en cuanto se sienta usted bien, volverá a sus malos pasos. Eso ya no me importa. Con tal que se vaya lejos, donde yo no vuelva a saber de usted. Con tal de eso… Porque para mí usted ya no es mi hijo. He maldecido la sangre que usted tiene de mí. La parte que a mí me tocaba la he maldecido. He dicho: “¡Que se le pudra en los riñones la sangre que yo le di!” Lo dije desde que supe que usted andaba trajinando por los caminos, viviendo del robo y matando gente… Y gente buena. Y si no, allí está mi compadre Tranquilino. El que lo bautizó a usted. El que le dio su nombre. A él también le tocó la mala suerte de encontrarse con usted. Desde entonces dije: “Ése no puede ser mi hijo.”
-Mira a ver si ya ves algo. O si oyes algo. Tú que puedes hacerlo desde allá arriba, porque yo me siento sordo.
-No veo nada.
-Peor para ti, Ignacio.
-Tengo sed.
-¡Aguántate! Ya debemos estar cerca. Lo que pasa es que ya es muy noche y han de haber apagado la luz en el pueblo. Pero al menos debías de oír si ladran los perros. Haz por oír.
-Dame agua.
-Aquí no hay agua. No hay más que piedras. Aguántate. Y aunque la hubiera, no te bajaría a tomar agua. Nadie me ayudaría a subirte otra vez y yo solo no puedo.
-Tengo mucha sed y mucho sueño.
-Me acuerdo cuando naciste. Así eras entonces. Despertabas con hambre y comías para volver a dormirte. Y tu madre te daba agua, porque ya te habías acabado la leche de ella. No tenías llenadero. Y eras muy rabioso. Nunca pensé que con el tiempo se te fuera a subir aquella rabia a la cabeza… Pero así fue. Tu madre, que descanse en paz, quería que te criaras fuerte. Creía que cuando tú crecieras irías a ser su sostén. No te tuvo más que a ti. El otro hijo que iba a tener la mató. Y tú la hubieras matado otra vez si ella estuviera viva a estas alturas.
Sintió que el hombre aquel que llevaba sobre sus hombros dejó de apretar las rodillas y comenzó a soltar los pies, balanceándolos de un lado para otro. Y le pareció que la cabeza, allá arriba, se sacudía como si sollozara.
Sobre su cabello sintió que caían gruesas gotas, como de lágrimas.
-¿Lloras, Ignacio? Lo hace llorar a usted el recuerdo de su madre, ¿verdad? Pero nunca hizo usted nada por ella. Nos pagó siempre mal. Parece que, en lugar de cariño, le hubiéramos retacado el cuerpo de maldad. ¿Y ya ve? Ahora lo han herido. ¿Qué pasó con sus amigos? Los mataron a todos.
Pero ellos no tenían a nadie. Ellos bien hubieran podido decir: “No tenemos a quién darle nuestra lástima.” ¿Pero usted, Ignacio?
Allí estaba ya el pueblo. Vio brillar los tejados bajo la luz de la luna. Tuvo la impresión de que lo aplastaba el peso de su hijo al sentir que las corvas se le doblaban en el último esfuerzo. Al llegar al primer tejaván se recostó sobre el pretil de la acera y soltó el cuerpo, flojo, como si lo hubieran descoyuntado.
Destrabó difícilmente los dedos con que su hijo había venido sosteniéndose de su cuello y, al quedar libre, oyó cómo por todas partes ladraban los perros.
-¿Y tú no los oías, Ignacio? -dijo-. No me ayudaste ni siquiera con esta esperanza.

El 16 de mayo de 1836 Edgar Allan Poe se casó con su prima Virginia Eliza Clemm él tenía 27 años y ella 13, sus obras re...
16/05/2020

El 16 de mayo de 1836 Edgar Allan Poe se casó con su prima Virginia Eliza Clemm él tenía 27 años y ella 13, sus obras reflejan el sentir de Poe al fallecer su joven esposa, los ejemplos más notorios son Annabel Lee, en el que menciona la trágica muerte de una doncella, Eleonora cuenta la historia de un hombre a punto de contraer matrimonio con su prima; la trama de La caja oblonga expone el lamento de un hombre tras la pérdida de su amante, y hay quien afirma que el famoso relato El cuervo resalta el “nunca más” a través de la sentencia del espectro demoníaco, como un cruel recordatorio.

Un día como hoy, 13 de Mayo de 1854 nace Pedro Bonifacio Palacios  en La Matanza, Argentina, conocido como ALMAFUERTE, e...
13/05/2020

Un día como hoy, 13 de Mayo de 1854 nace Pedro Bonifacio Palacios en La Matanza, Argentina, conocido como ALMAFUERTE, escribió este bello poema:

Piu avanti!
No te des por vencido, ni aún vencido,
no te sientas esclavo, ni aún esclavo;
trémulo de pavor, piénsate bravo,
y acomete feroz, ya mal herido.

Ten el tesón del clavo enmohecido
que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo;
no la cobarde estupidez del pavo
que amaina su plumaje al primer ruido.

Procede como Dios que nunca llora;
o como Lucifer, que nunca reza;
o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua, y no la implora...

Que muerda y vocifere vengadora,
ya rodando en el polvo, tu cabeza!

𝐷𝑖𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑖𝑑𝑖𝑜𝑚𝑎𝐷𝑖𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑙𝑖𝑏𝑟𝑜    edupíldoras   https://t.co/eRBfG50nq7 @ Café, Locos y Lectores
23/04/2020

𝐷𝑖𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑖𝑑𝑖𝑜𝑚𝑎
𝐷𝑖𝑎 𝑑𝑒𝑙 𝑙𝑖𝑏𝑟𝑜
edupíldoras https://t.co/eRBfG50nq7 @ Café, Locos y Lectores

“𝑺𝒐𝒍𝒐 𝒔𝒆 𝒑𝒖𝒆𝒅𝒆 𝒗𝒆𝒓 𝒃𝒊𝒆𝒏 𝒄𝒐𝒏 𝒆𝒍 𝒄𝒐𝒓𝒂𝒛𝒐𝒏, 𝒍𝒐 𝒆𝒔𝒆𝒏𝒄𝒊𝒂𝒍 𝒆𝒔 𝒊𝒏𝒗𝒊𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆 𝒂 𝒍𝒐𝒔 𝒐𝒋𝒐𝒔".𝐴𝑛𝑡𝑜𝑖𝑛𝑒 𝑑𝑒 𝑆𝑎𝑖𝑛𝑡-𝐸𝑥𝑢𝑝𝑒𝑟𝑦.
23/04/2020

“𝑺𝒐𝒍𝒐 𝒔𝒆 𝒑𝒖𝒆𝒅𝒆 𝒗𝒆𝒓 𝒃𝒊𝒆𝒏 𝒄𝒐𝒏 𝒆𝒍 𝒄𝒐𝒓𝒂𝒛𝒐𝒏, 𝒍𝒐 𝒆𝒔𝒆𝒏𝒄𝒊𝒂𝒍 𝒆𝒔 𝒊𝒏𝒗𝒊𝒔𝒊𝒃𝒍𝒆 𝒂 𝒍𝒐𝒔 𝒐𝒋𝒐𝒔".
𝐴𝑛𝑡𝑜𝑖𝑛𝑒 𝑑𝑒 𝑆𝑎𝑖𝑛𝑡-𝐸𝑥𝑢𝑝𝑒𝑟𝑦.

19/04/2020

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Café, locos y lectores nace años atrás, en un sueño casi inalcanzable de llegar a las personas que comparten nuestro amor por la literatura universal, hoy hecho realidad y con el caballero de la triste figura de testigo, que ha visto nacer nuevos amores por las historias de terror y fantasía.