21/08/2021
La tropa cómplice de “El submarino invisible del capitán Nemo” está dirigida por Iván Darío Álvarez, dramaturgo, co-director y co-fundador del teatro La Libélula Dorada.
El domingo 22 de agosto, a las once y media de la mañana, en nuestra sede de La Libélula Dorada,(Carrera 19 #51 - 69) estaremos presentando: ¡Que duermas bien Alfonso! Los invito a verlo y les comparte este texto de Joe Broderick
QUE DUERMAS BIEN ALFONSO
Fui a ver esta obra dos veces. Acudí la segunda vez no sólo para gozarla de nuevo, sino también con el fin de descubrir, si fuese posible, el secreto de su magia. Confieso que no pude dar con el punto. No podía decir exactamente por qué salía de la sala, después de cada función, con un n**o en la garganta y lágrimas en los ojos. A ver si ahora, al escribir estas notas, alcanzo a definir su cualidad excepcional.
En primer lugar, me había conmovido la sencillez con que los titiriteros de La Libélula Dorada habían contado un episodio tan cotidiano en la vida de los niños. Y de sus padres también, pues ¡Que Duermas Bien Alfonso! está concebida para incluirlos a ellos. E incluso a los abuelos como yo.
Llevábamos a los chiquitines a un espectáculo que creíamos meramente “infantil” – ¡como si esa fuera una categoría menor! – y La Libélula nos sorprendió con una pieza de teatro que toca, con delicadeza, con hermosura, tantas fibras de una realidad cotidiana: la relación entre padres e hijos.
Lo primero que llama la atención es el título; los autores pusieron al niño el nombre de Alfonso, cuando otros habrían puesto lo obvio: Alfonsito. Inmediatamente, y muy sutilmente, se elevó el tema a otro nivel. A un nivel de respeto, de no reducir al niño con un diminutivo, por más cariñoso que pueda aparecer. Automáticamente se establece una relación de cierta igualdad entre padre e hijo; el padre trata a Alfonso con autoridad, pero el niño conoce todos los trucos para mantenerlo a raya, para evitar cualquier exceso de autoritarismo. “Cara de cucho”, le dice. Y el padre responde con un epíteto no menos franco, ni menos cariñoso: “!Hasta mañana, cabezón!” Cuando el padre dice que es demasiado tarde para leer un cuento, el niño recurre a la amenaza: “Tu no eres más mi amigo y me voy a conseguir otro papá”. Finalmente el padre duerme primero, agotado por una larga jornada de trabajo y por la no menos larga noche de esfuerzos por acostar al niño. Y es el niño que consuela a su padre, viéndolo extenuado. Sin duda es este intercambio de roles lo que contribuye a la magia de la pieza.
Otro elemento no convencional: la madre no aparece. Es el padre quien se encarga de la difícil tarea de cuidar al pequeño hijo y, al mismo tiempo, tratar de concluir un trabajo urgente, un informe que debe presentar al otro día. ¿Dónde está mamá? No lo sabemos. Puede estar trabajando. Puede estar en cine, disfrutando una noche de descanso. Puede que la pareja esté separada. No importa; la madre no está olvidada, y el padre le da al niño “un beso por mamá”. Son gestos como este, llenos de ternura y completamente naturales, los que conmueven al público.
Conmueven al público de adultos, por lo menos. A lo mejor sean otros los elementos de la obra que más disfrutan los niños. Después de todo está diseñada en primer lugar para “la edad preescolar”. Y para niños de esa edad hay imágenes muy bellas, desde los dos titiriteros con atuendos de payasos que introducen el espectáculo con una alegre canción y que estarán presentes siempre, pues no se esconden. Uno de ellos incluso trata de imponer su autoridad a Alfonso, que después de todo parecía ser nada más que un títere. Pero el títere tiene vida propia y el titiritero sale regañado: “Mire, señor, así que usted tenga la voz de mi papá, usted no es mi papá!”.
Hay animales fantásticos muy bien elaborados que divierten a los chicos, desde el ratoncito que corre por encima del biombo hasta el gran libro con sus pinturas del Cabello Verde y el mosquito gigante que asusta al niño cuando está a punto de dormir. Y el tigre que sale del closet. Hay mucha fantasía en todo, mucho para mirar.
Pero creo que a fin de cuentas lo que más toca y emociona a los pequeños es lo mismo que nos conmueve a los grandes: el hecho de estar viendo y reviviendo algo tan normal. Lo que presenciamos es una escena de todos los días, pero convertida en poesía, en magia verbal y visual. Así se explica la extraña – casi diría que hipnótica – fascinación que esta obra ejerce sobre la audiencia. Tal vez he descubierto el secreto de Que Duermas Bien Alfonso después de todo.
Joe Broderick
Bogotá 11 mayo 2010