16/06/2026
Como creyentes en Jesucristo, debemos recordar que nuestra lealtad suprema no está en un partido político ni en un candidato, sino en Cristo y en Su Palabra.
La Biblia nos enseña que todo pensamiento, toda decisión y toda acción deben estar sometidos a la voluntad de Dios. Por eso, cuando llega el momento de votar, no podemos hacerlo únicamente por simpatías personales, ideologías o promesas humanas. Debemos examinar si las convicciones y propuestas de quienes aspiran a gobernar son compatibles con los principios revelados en las Escrituras.
Romanos 12:2 dice:
«No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta».
Asimismo, Proverbios 14:34 declara:
«La justicia engrandece a la nación; mas el pecado es afrenta de las naciones».
Por esta razón, muchos creyentes entendemos que no debemos respaldar a candidatos que abiertamente rechazan a Dios, promueven principios contrarios a la Palabra o buscan establecer una visión de sociedad que se opone a la verdad bíblica.
Esto no significa que apoyemos a otro candidato porque lo consideremos santo, perfecto o necesariamente un creyente genuino. Ningún político puede ocupar el lugar de Cristo. Todos los hombres son pecadores y necesitan la gracia de Dios.
Sin embargo, sí debemos distinguir entre quienes promueven valores más cercanos al orden moral establecido por Dios y quienes abiertamente trabajan en contra de ese orden.
Proverbios 29:2 nos recuerda:
«Cuando los justos dominan, el pueblo se alegra; mas cuando domina el impío, el pueblo gime».como esta gimiendo el pueblo hoy a causa de actual gobierno.
Como iglesia, nuestro llamado no es odiar, insultar ni despreciar a quienes piensan diferente. Debemos hablar la verdad en amor, orar por nuestras autoridades y procurar el bienestar de nuestra nación.
Efesios 4:15 dice:
«Sino que siguiendo la verdad en amor, crezcamos en todo en aquel que es la cabeza, esto es, Cristo».
Mi llamado es que cada creyente ore, estudie las Escrituras, examine las propuestas de los candidatos y vote con una conciencia cautiva a la Palabra de Dios. Que nuestra decisión no sea guiada por emociones, propaganda o intereses personales, sino por el deseo de honrar a Cristo en todo.
Porque al final, nuestra esperanza no está en un presidente, sino en nuestro Señor Jesucristo, el Rey de reyes y Señor de señores.