19/08/2025
Solo queda escribir, para no llorar.
No importa el orden de las palabras,
hay un instante donde el sentimiento se desborda,
y los intelectualismos salen volando.
Me pregunto: ¿por qué sigo conversando contigo?
mientras mis manos se aferran al risco,
mientras mis latidos gritan mi nombre,
y el tiempo, cruel, se detiene.
Retrocedí.
De repente fui un niño:
lleno de miedos, incapaz de andar,
pero con la voluntad temblando en la palma.
La casa era mi mente,
un caos en cada rincón,
quería ordenarla
y me perdía entre ruinas.
Entre suspiros agónicos
te despedí —como tantas veces—,
pero nunca estabas.
Reí entonces, hablándole a la pared.
Ya no estás,
y mis cascadas no tienen cauce,
el vacío corrompe lo que existe,
tus estrellas fueron apenas fugaces.
Mis sueños parecían eternos,
pero eran un circo:
yo, un arlequín creyendo tener dominio,
cuando ya estaba conquistado
por el libreto que yo mismo escribí.
Ese libreto ahora me ahorca las entrañas.
Reír para no llorar,
escribir para no llorar.
Como si no fuera ese el bálsamo divino.
Pero cuando se es negado,
es porque el luto va por dentro.
Así serás:
un mosaico roto,
un réquiem de mi libertad,
y yo, un loco en la corte,
que llora cada vez que sonríe.