22/09/2026
Los pobres siempre han luchado por tener y ser familia
La familia también ha sido una lucha de los sectores populares
Cuando hablamos de la familia solemos presentarla como una institución natural, permanente e inmutable. Sin embargo, la historia muestra algo diferente: las formas de construir familia han estado profundamente condicionadas por las relaciones económicas, sociales y de poder existentes en cada época.
Para los sectores populares, para quienes han vivido de su propio trabajo y para aquellos grupos históricamente excluidos, formar y mantener una familia nunca ha sido simplemente una cuestión privada. Ha sido también una lucha por las condiciones materiales necesarias para vivir juntos, criar a los hijos, protegerse y desarrollarse.
Por eso, cuando hablamos de la familia de los sectores populares, debemos preguntarnos no solamente cómo se relacionan sus integrantes, sino también qué condiciones sociales permiten o dificultan que esa familia pueda desarrollarse plenamente.
La familia antes de la propiedad privada
Los estudios de Lewis Henry Morgan, retomados posteriormente por Friedrich Engels, permitieron cuestionar la idea de que la familia tal como la conocemos actualmente haya existido desde siempre.
Las formas familiares han cambiado históricamente junto con las transformaciones de la sociedad, de la producción y de las relaciones de propiedad. Engels, particularmente en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, relacionó estos cambios con el desarrollo de la propiedad privada y de las sociedades divididas en clases.
No se trata de idealizar las formas familiares del pasado ni de afirmar que existió una única manera de vivir en comunidad. Lo importante es comprender que la familia es también una construcción histórica y social.
Y en esa historia existe un elemento que muchas veces queda oculto: los sectores subordinados no siempre tuvieron siquiera el derecho efectivo a construir una familia con autonomía.
La esclavitud: cuando formar una familia no pertenecía al esclavizado
Uno de los ejemplos más brutales lo encontramos en la esclavitud.
Las personas esclavizadas eran consideradas jurídicamente como propiedad en los sistemas esclavistas. Su vida, su trabajo y, en muchos contextos, sus vínculos familiares estaban sometidos al poder del propietario.
Los hijos podían ser separados de sus madres y padres. Las parejas podían ser separadas. La reproducción podía ser tratada como parte de la reproducción de la propia fuerza de trabajo esclavizada.
Es decir, para millones de seres humanos, la posibilidad de vivir en familia dependía de una relación de poder que no controlaban.
La familia de los sectores dominados fue, por lo tanto, también una lucha por el derecho a permanecer juntos, criar a los hijos y decidir sobre la propia vida.
El mundo feudal y la realidad de los trabajadores del campo
Con el desarrollo de las sociedades feudales y posteriormente de distintas formas de explotación agraria, la situación cambió, pero las relaciones de dominación continuaron condicionando la vida familiar de los sectores populares.
En Chile, esta realidad puede observarse históricamente en la figura del inquilino, sometido a relaciones de dependencia respecto del terrateniente.
El trabajador rural no solamente entregaba su trabajo. Su existencia cotidiana estaba determinada por una estructura social profundamente desigual.
La dependencia económica, los abusos y las relaciones de poder existentes en el campo chileno tuvieron consecuencias profundas sobre la vida de las familias populares.
No es casual que la historia social chilena esté atravesada por la figura del huacho. La expresión "Chile, país de huachos" ha sido utilizada para describir una realidad histórica en la que muchos niños crecieron sin la presencia estable de ambos progenitores, en un contexto marcado por profundas desigualdades sociales y relaciones de dominación.
Esto nos muestra nuevamente que la posibilidad de formar una familia estable no depende únicamente de la voluntad individual.
La clase trabajadora y la lucha por el tiempo para vivir
Con el desarrollo del capitalismo aparece una nueva forma de explotación.
El trabajador vende su fuerza de trabajo a cambio de un salario. Pero el problema no termina en el salario.
También está en juego el tiempo de vida.
Cuando una persona debe trabajar jornadas extensas, realizar horas extraordinarias, tener dos o incluso tres trabajos para poder sobrevivir, el tiempo disponible para sus hijos, su pareja, sus padres y su comunidad disminuye.
El trabajador puede tener una familia, pero puede carecer del tiempo necesario para vivirla.
Puede tener hijos, pero pasar gran parte del día fuera de la casa.
Puede amar a su pareja, pero llegar agotado después de una extensa jornada laboral.
Por eso, la explotación no afecta solamente el bolsillo de la clase trabajadora. También puede afectar sus relaciones humanas y familiares.
La vivienda: el cuerpo material de la familia
Aquí aparece un elemento fundamental: la vivienda.
Podemos decir que la familia es una célula fundamental de la sociedad, pero toda célula necesita un cuerpo material donde desarrollarse.
Ese cuerpo, para la familia, es la vivienda.
No estamos hablando simplemente de cuatro paredes.
Una vivienda permite tener intimidad, descansar, conversar, estudiar, criar, compartir y resolver conflictos. Permite que padres, madres, hijos, hijas y otros integrantes de la familia tengan espacios propios y puedan construir relaciones más estables.
Por eso, la lucha por la vivienda también es una lucha por la familia.
Y esto no significa defender exclusivamente un modelo de familia nuclear. Las familias pueden ser nucleares, extensas, monoparentales, homoparentales, ensambladas, adoptivas y adoptar muchas otras formas.
Lo fundamental es que las personas que componen una familia puedan desarrollar sus vínculos en condiciones dignas.
Allegamiento, arriendo y precariedad
En los sectores populares, muchas familias viven en condiciones de allegamiento, comparten viviendas pequeñas o deben destinar una parte excesiva de sus ingresos al arriendo.
Cuando varias generaciones deben compartir pequeños espacios, se producen tensiones que no necesariamente tienen su origen en una "mala familia".
Muchas veces el problema está en las condiciones materiales en las que esa familia está obligada a vivir.
Un padre y una madre pueden querer acompañar a sus hijos, pero no disponen de un espacio adecuado.
Los hermanos pueden tener dificultades para estudiar porque comparten una habitación.
Una pareja puede no tener privacidad.
Los adolescentes pueden pasar gran parte del tiempo fuera de la vivienda porque dentro de ella no existen las condiciones necesarias para desarrollar su vida.
Por eso debemos evitar responsabilizar exclusivamente a las familias por problemas que también tienen un origen social.
La vivienda propia y el desarrollo de la familia proletaria
Para la clase trabajadora, acceder a una vivienda propia no significa solamente dejar de pagar arriendo.
Significa conquistar una base material desde la cual desarrollar la vida.
Cuando una familia logra acceder a una vivienda adecuada, pueden producirse transformaciones importantes en las relaciones entre sus integrantes.
Puede mejorar la relación entre hermanos.
Puede existir mayor privacidad y estabilidad en la relación de pareja.
Puede mejorar la relación entre padres e hijos y entre hijos y padres.
Los niños pueden disponer de un espacio más adecuado para estudiar y descansar.
La familia puede relacionarse de otra manera con su barrio y con su comunidad.
Por eso, la vivienda debe ser comprendida como una política social, familiar y comunitaria, y no solamente como una política habitacional.
Cuando la sociedad abandona a la familia
Existe además un problema que debemos mirar con especial atención.
Cuando una familia vive permanentemente en condiciones de precariedad, hacinamiento, allegamiento, inseguridad y pobreza, sus posibilidades de protección disminuyen.
Si los padres deben trabajar prácticamente todo el día, ¿Quién acompaña a los niños?
Si la vivienda no tiene condiciones adecuadas, ¿Dónde estudian?
Si los adolescentes no encuentran espacios de encuentro y participación dentro de su hogar y comunidad, ¿Dónde construyen sus relaciones sociales?
Si el barrio está marcado por la violencia, el narcotráfico o la delincuencia, ¿Qué alternativas concretas tiene un niño o adolescente para desarrollar su vida?
Aquí aparece una cuestión fundamental: no podemos entregar exclusivamente a la policía la responsabilidad de enfrentar la delincuencia, del mismo modo que no podemos entregar exclusivamente a los profesores la responsabilidad de educar a nuestros hijos.
La familia como espacio de protección y desarrollo
La familia es uno de los primeros espacios donde aprendemos a hablar, relacionarnos, expresar emociones, resolver conflictos y comprender el mundo.
Pero para que pueda cumplir adecuadamente esa función necesita condiciones materiales y sociales.
Una familia sometida permanentemente al endeudamiento, al desempleo, a la inseguridad habitacional, a largas jornadas laborales y a la precariedad puede experimentar niveles importantes de estrés.
Por eso, cuando hablamos de problemas como violencia intrafamiliar, consumo problemático de dr**as, delincuencia, deserción escolar o dificultades de salud mental, debemos evitar explicaciones simples.
No se trata de decir que la pobreza automáticamente produce delincuencia o violencia. Sería falso.
Pero tampoco podemos ignorar que las condiciones materiales influyen en la vida familiar y en las oportunidades de desarrollo de niños, jóvenes y adultos.
La lucha por la familia continúa
La historia de los sectores populares también puede leerse como una historia de lucha por construir y proteger familias.
Desde las personas esclavizadas que lucharon por permanecer junto a sus hijos, pasando por los trabajadores rurales sometidos a relaciones de dependencia, hasta las actuales familias trabajadoras que enfrentan arriendos elevados, allegamiento, empleos precarios y extensas jornadas laborales, existe un elemento común:
la lucha por tener las condiciones materiales para vivir y desarrollarse como familia.
Por eso, la lucha por la vivienda no debe reducirse a conseguir una propiedad.
Es también una lucha por el derecho a tener tiempo, intimidad, seguridad, educación, salud, trabajo digno y espacios comunitarios.
Es una lucha por recuperar para las familias trabajadoras algo que el sistema económico muchas veces les quita: el tiempo y el espacio para vivir.
Conclusión
Los pobres siempre han luchado por tener y ser familia.
No porque exista una única forma correcta de familia, sino porque las personas necesitan vínculos de cuidado, afecto, protección y pertenencia para desarrollarse.
La historia demuestra que los sectores populares han tenido que luchar no solamente contra la explotación económica, sino también contra las condiciones que dificultan la construcción de una vida familiar estable.
Por eso, cuando un poblador lucha por una vivienda, no está luchando solamente por una casa.
Está luchando por sus hijos.
Por su pareja.
Por sus padres.
Por sus hermanos.
Por el derecho a tener un espacio donde conversar, descansar, estudiar, criar y construir una vida.
La vivienda es el cuerpo material de la familia.
Y cuando una familia no tiene vivienda adecuada, debe pagar un arriendo que consume gran parte de sus ingresos o vive permanentemente en condiciones de allegamiento, la vida familiar se vuelve más difícil.
En esas condiciones, muchos niños y adolescentes terminan pasando gran parte de su tiempo en la calle. Y cuando la familia, la comunidad y el Estado no generan alternativas suficientes, otros actores pueden ocupar ese espacio: la violencia, el narcotráfico y la delincuencia.
Por eso, defender a la familia de los sectores populares no significa volver al pasado ni imponer un determinado modelo familiar.
Significa garantizar las condiciones materiales y sociales para que todas las familias, cualquiera sea su forma, puedan desarrollarse dignamente.
La lucha por la vivienda, entonces, es también una lucha por la vida.
GUILLERMO GONZALEZ CASTRO.
Movimiento de Pobladores y Pobladoras En Lucha
(MPL)